|
MARÍA MANTILLA LAS CARTAS A LAS
"NIÑAS" Hasta que murió en la ciudad de Los Angeles, en 1962, no se había dado a conocer la fecha del nacimiento de María Mantilla. Después encontró su partida de bautismo David Masnata y de Quesada, y la envió a su tío Gonzalo de Quesada, quien la publicó en La Habana. La bautizaron el 6 de enero de 1881 en la iglesia Saint Patrick, de Brooklyn, donde era párroco el cubano Abraham Sánchez, y donde habían sido bautizados tres de sus hermanos: dos niñas que murieron el mismo año de su nacimiento, en 1873 y 1874, y Ernesto, en 1878; los otros se llamaban Manuel, diez años mayor que ella, y Carmen, siete. Cuando llegó Martí a Nueva York, menos de once meses antes de nacer María, el matrimonio Mantilla Miyares tenía, pues, tres hijos: Manuelito, Carmita y Ernesto; luego él fue padrino de María, la más pequeña de la casa.
Jamás, en público, habló de Martí María Mantilla como si fuera su padre. En contraste con las afirmaciones de su hijo César Romero, insistiendo en que era nieto de Martí, María, ni antes ni después de morir su madre en 1925, o de quedar viuda, en 1950, se refirió a él de otra manera que como "Martí" o "mi padrino". Pero tampoco recusó al hijo ni negó a los que hablaban del parentesco. En 1952 Manuel Pedro González, que también vivía como ella, en Los Angeles, le hizo una entrevista donde la llamó "la hija bien amada de José Martí", y María guardó silencio; veinte años más tarde el mismo profesor español publicó el Epistolario de Martí, y allí hablaba de sus visitas a María Mantilla; y dijo: "Sus recuerdos de Martí se mantenían frescos y nítidos, y su devoción por él era auténticamente filial, pero en nuestros diálogos solamente lo llamaba Martí..." Hay otros testimonios semejantes. Lo mismo decía Félix Lizaso, uno de los martianos que más contacto tuvo con ella, a quien le facilitó, para su reproducción facsimilar, cartas que conservaba de Martí, y que luego la acompañó, en La Habana, cuando fue invitada por Batista para los actos del Centenario. Y en las únicas páginas que escribió sobre el asunto, un breve artículo titulado "Recuerdos de mis primeros quince años", mantiene igual distancia: "Viví junto a Martí por muchos años y me siento orgullosa del cariño tan grande que tenía por mí... De Martí, el caballero, quedan grabados en mi mente tantos detalles de delicadeza y galantería con las damas, como decía él... Cuando a veces mi hermano Ernesto nos hablaba con rudeza, o alzaba la voz, Martí le decía: A que tú no le hablas así a la niña vecina... Recuerdo también, cuando yo tenía siete años, un día que yo iba con Martí por el campo pues estábamos en Bath Beach y sentados los dos bajo un árbol, me picó una abeja..." Aunque Jorge Mañach, como en general todo ensayista, era más dado a "la interpretación personal" y a "transmitir sus impresiones" que a agotar las pruebas documentales sobre lo que iba a escribir, no tenía, en consecuencia, mayor estima por el investigador, o no la mostraba. Sin embargo, antes de escribir Martí, el Apóstol dedicó mucho tiempo y energías, a enterarse bien de su asunto, como lo hubiera hecho el más acucioso académico. En su biografía de Martí hay una relación agradecida de las personas que lo ayudaron en su empeño, pero no dice de sus visitas a bibliotecas y archivos, y como prueba de esa actividad está su descubrimiento en la Biblioteca Pública de Nueva York de los trabajos de Martí en el periódico The Hour; ni tampoco habló entonces de su conversación de todo un día con María Mantilla, en Bradley Beach, New Jersey, donde vivía entonces con los suyos.
En abril de 1988, el autor de estas páginas, desde la residencia de su amigo el Dr. Pastor Rodríguez Prada, muy relacionado con la familia de Mañach, tuvo una conversación por teléfono con Margot Baños, la viuda de Mañach, entonces en Puerto Rico, y pudo confirmar, con lo que ella le dijo, el gran esfuerzo de su marido a fin de lograr la mayor cantidad de datos para su Martí, el Apóstol; y, por supuesto, le preguntó sobre la visita que le hicieron a María Mantilla a principios de los años treinta. Margot Baños recordaba de ella lo que después siempre María repitió: que Martí era muy bondadoso y patriota, y que la quería mucho a ella y a su hermana Carmita; pero en un momento de la conversación, quizás sin querer, o para ver cómo reaccionaba, hablando de Martí, Mañach le dijo algo como esto: "Bueno, pero él, como padre suyo al fin...", y ella saltó, interrumpiendo la conversación con cara de reproche para decirle nada más que "¡Doctor!", como advirtiéndole que tuviera cuidado con lo que decía, y negando el parentesco le aclaró enseguida: "Martí era mi padrino..." Mañach se disculpó como pudo, me contó su viuda, y siguió la entrevista sin otro incidente, pero, según ella, Mañach murió casi convencido de que María era hija ilegítima de Martí, como les sucedió a muchos martianos, entre otros, a Gonzalo de Quesada y Miranda, Félix Lizaso, Néstor Carbonell, Carlos Márquez Sterling, Juan Marinello, Emilio Roig y Manuel Pedro González... Y es natural que tuvieran esa creencia toda vez que no supieron lo que hoy ya se ha hecho público sobre el asunto. Hablando de María Mantilla afirmaba Blanca Zacharie de Baralt tan cerca de Martí y de la familia Mantilla entre 1886 y 1895 que María "fue el ser que más amó [Martí] en el mundo". Si juzgamos por las galas de la expresión y por la ternura de sus sentimientos quizás nunca igualadas en cartas en nuestro idioma las de Martí a María confirman esa preferencia del gran amador. Las ocho que se conservan son de 1894 y 1895, y en ellas está siempre el cariño vivísimo y ávido: una vez el galanteo obsequioso, otra la queja cordial. La declaración constante: "¿Y cómo no te querré yo, que te llevo siempre a mi lado, que te busco cuando me siento a la mesa, que cuanto leo y veo te lo quiero decir, que no me levanto sin apoyarme en tu mano, ni me acuesto sin buscar y acariciar tu cabeza?" Y enseguida le preguntaba celoso: "¿Y tú no me querrás, o te distraerás de mí, y querrás más a quien te quiera menos que yo?". Y en una ocasión en que le escribió cariñosa a Fermín Valdés Domínguez, Martí protesta: "¿Conque Fermín es queridísimo y yo no soy más que querido? Así dicen tus cartas... A ver si piensas en mí, que te cuido y te quiero tanto, cuando todos estén alegres, y yo no esté donde tú estás".
En 1894 Martí fue a México para recaudar fondos para la guerra; y visitó con frecuencia la casa de su amigo Manuel Mercado: las hijas lo atendían y mimaban, y él aprovechó la querencia para excitar en una carta a María: "Las tres hijas cantan... Acá ahora tengo muchas hijas... Me han puesto la mesa llena de rosas y nardos... y me pongo a pensar, y me pregunto si tú me querrás así... Tiemblo de miedo de que tú no me quieras como aquí me quieren..." Al año siguiente, ya desde Santo Domingo, mientras prepara el viaje a Cuba, recibió una carta de ella en la que mostró algún gusto imprudente, y con una inmodestia rarísima en él, le reprochaba:
Y le da tantos consejos que se declara "predicador"; le dice: "No hagas nunca nada que me dé tristeza o yo no quisiera que tú hicieses. Que te respeten todos, por decorosa y estudiosa"; y en otra carta: "Estudia, mi María, trabaja y espérame", y en otra "Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia y más poderío a la mujer que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera". La idea de que Martí fue el padre de María Mantilla ha sido tan aceptada que se citan y glosan esas cartas como prueba suficiente: un cariño de esa naturaleza parece poner en evidencia la paternidad: La llama "hija" muchas veces, "mi Maricusa", y otras caricias del nombre. Se pasan entonces por alto las cartas que él dirigió a la hermana de María, a Carmita, ya una mujer de 22 años. En un cotejo simple lleva ventaja en regalos la menor, pero es que no se le habla igual a una joven que a una niña. Cuando Martí llegó a Nueva York, Carmita tenía 7 años, y también la quiso entrañablemente. En vista de la diferencia de edades, en comparación, poco tiene que envidiarle Carmita a María: en las cinco cartas para ella que se conocen, de la misma época de las otras, está de nuevo el recelo y la duda de ser querido; le pregunta, "¿Y yo? ¿Ya soy nube, y cosa ida? ¿Iré yo pensándote, deseando, con mi ternura mayor, que la vida respete y premie tu virtud, tu verdad, tu piedad, y tú recordarás poco a los viajeros, con la golosina de Nueva York?". También los requiebros para estimular la conducta: "Tú eres honrada, laboriosa, compasiva, sencilla, enérgica..."; y de nuevo el "predicador": "Tú me volverás a ver. Aún me queda mucho que sufrir. Ahora, sálvate del mundo, desdeña, como sabes, lo que tanta mujer ligera persigue sin decoro, que es la falsa distinción, y la publicidad dañina...". Y nunca menos que con la hermana el vuelo afectivo: "Cuando te vuelva a ver te he de tener mucho tiempo abrazada, aunque esto es siempre así, aunque tú no lo sientas, porque yo velo por ti, y estoy siempre junto a ti, y te defenderé de todas las penas de la vida..."; y en otra ocasión: "Tú sabes que yo quisiera hacerme como un manto de mis entrañas, y abrigarte del mundo con ellas: te quiero como a hija... te veo cuando el sol se pone y cuando el sol se levanta". A María le dijo que llevaba, para protegerse, "al pecho tu retrato"; y a Carmita le escribe: "Llevo tu carta conmigo, como los caballeros de antes el lazo de colores. Sobre cartas así resbalan las balas..." Unidas siempre en su afecto, a la madre, su compañera generosa, le confiesa de María y de Carmita: "Cuba ya tiene escritos sus nombres con mis ojos en muchas nubes del cielo y en muchas hojas de árboles".
También se igualan las hermanas en el regalo del Diario de Montecristi a Cabo Haitiano. Esas páginas de maravillas con observaciones del viajero sobre costumbres, gentes y paisajes las hizo para las dos, para entretenerlas y enseñarlas; dijo cuando se las envió: "Mis niñas: Por las fechas arreglen estos apuntes, que escribí para Uds., con los que les mandé antes. No fueron escritos sino para probarles que día a día, a caballo y en la mar, y en las más grandes angustias que pueda pasar un hombre, iba pensando en Uds." Junto a las cartas del revolucionario la otra vertiente de sus querencias, llenas asimismo de luces, presagios y esperanzas, resulta inevitable recordar la que escribió para el hijo, breve y severa, la única, del primero de abril de 1895: "Hijo: Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo". Porque había perdido el hijo llenó el vacío con los niños de Mantilla, en particular con Carmita y con María. Si no ¿qué iba a hacer con aquel caudal de padre, y también de madre, que llevaba en su alma? Sentía, además, la inclinación natural por los niños que siente cualquier hombre sensible: "De todas las congojas de la vida", dijo, "premian los hijos buenos, y no tiene el mundo aplausos que valgan lo que el beso de vuelta de una frente pura"; y en 1886 le confesó a Mercado: ".... el amor de mis amigos y el amor de los niños es lo único que hoy conmueve mi alma aterrada". Así se prodiga de padre, como se le vio con los hijos de este mexicano. Muchos años después uno de ellos decía: "Individualmente [Martí] investigaba lo que sabíamos, explicaba historia de México y nos llevaba a museos". Igual que a los niños de Mantilla. Y ¿de qué fuente, sino de ésta, vienen dos de sus publicaciones más importantes, Ismaelillo (para el "hijo") y La Edad de Oro ("dedicada a los niños de América")? Como a hijo trató a Gonzalo de Quesada: a él le confió el testamento literario; le dijo: "Y si V. me hace, de puro hijo, toda esa labor cuando yo ande muerto... "; y, más que a ninguno, a Francisco Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez, porque era contemporáneo del suyo; le dice al general en una carta el 28 de mayo de 1894: "Pancho me tiene enamorado... y a mí me llena el corazón porque es como si me hubieran devuelto el hijo que he perdido"; y por esos días, cuando le escribe a su madre en La Habana, le cuenta: "Pasé allá, en Central Valley, unos días, con el hijo de Gómez, que me va sirviendo de hijo". Y es su dolorosa orfandad la que lo lleva al halago de los niños de las casas que visita: de Manuel F. Barranco, de Fernando Figueredo, de Néstor Leonelo Carbonell, de Benjamín Guerra, de Juan Peoli y de Rita Tamayo, entre otras; y a la simpatía y aficción por los que cruzaban su camino: desde los privilegiados del colegio de Estrada Palma hasta los menesterosos que iban de caridad a tomar el sol en Bath Beach. A pesar de que algunos escritores cubanos se negaron a participar en los actos de 1953, por el golpe de Estado de Batista, y de que trataron de impedir que asistieran sus colegas del extranjero, muchos de éstos aceptaron la invitación oficial. Pero el gran acontecimiento fue la visita de María Mantilla. A algunos les pareció que con su presencia Martí aprobaba la dictadura, y el aprecio popular no era solamente para la persona que tanto quiso él: en la mente de todos aquella mujer de 73 años era "la hija del Apóstol". Batista la recibió en el Palacio Presidencial y ella le entregó el grillete que tuvo Martí en el presidio. A María Mantilla, que fue acompañada de la hermana mayor de César Romero, se la disputaron los políticos, las organizaciones cívicas y los escritores. Tanto acaparó la atención nacional que muy pocos se acordaron de María Teresa Bances, la viuda de José Martí y Zayas Bazán, quien protestó en una carta al Diario de la Marina por el olvido; decía allí: [algunas personas] "han manifestado extrañeza por el hecho de que siendo yo la viuda del general Martí y Zayas Bazán, que con tanta dignidad supo llevar siempre el nombre glorioso de su padre, y de cuya devoción tengo más hondo recuerdo que nadie, que no haya ido yo a ciertos actos oficiales con motivo del Centenario...", y la razón fue, agregaba, que no la invitaron... Había rivalidad entre ellas, y, a todas luces, la prefrida era "la hija", no la nuera del Apóstol; por eso "Teté" Bances, que siempre sintió desprecio por ella, cada vez que se le presentaba la oportunidad destacaba, y no para hacerle un favor, el gran parecido entre la Mantilla y Martí, porque así la desacreditaba, resaltando su origen bastardo.
Hasta polémicas hubo durante la visita de María en La Habana: de un lado, los más conservadores, no miraban con buenos ojos a la Mantilla para ellos, una extranjera, ajena a Cuba, desasida del culto martiano, con recuerdos vagos y pedestres de la gran figura a la que calificaban de "bastarda" e "intrusa": eran los legitimistas que defendían los derechos de la Bances, no muy grato personaje para los más liberales por su posición social y económica, los que nunca dieron mayor importancia al derecho de sangre del general Pepito Martí, a quien habían llamado hasta su muerte, en 1945, irreverentes, por su poco brillo y aludiendo al monumento del Parque Central de La Habana, "El hijo de la estatua". Pero nadie puso en duda el que Martí fuera el padre de María Mantilla, aunque la prensa, discreta, la llamaba siempre "la ahijada", "la hija espiritual", "la niña que Martí sentó en sus rodillas..." Sin la explicación que ahora se intenta en estos trabajos no es fácil entender el extrañamiento de María Mantilla, y de su familia, de Cuba independiente. La presencia de la viuda de Mantilla entre la emigración cubana de Nueva York había sido muy notable, no sólo por su relación con Martí, sino también por su ayuda en las faenas revolucionarias; así contaba con el aprecio de quienes fueron luego figuras prominentes en la República: Tomás Estrada Palma, Enrique José Varona, Gonzalo de Quesada, Enrique Collazo, Fermín Valdés Domínguez, Enrique Loynaz del Castillo... Tenía en Cuba, además, la familia, parientes conocidos, por sus dos apellidos, tanto por los Miyares como por los Peoli. Hubo como una decisión por parte de Carmita Mantilla, o de los suyos, de sustraerse de lo cubano, y prefirió las estrecheces y el anonimato de Nueva York, para ella y para sus hijos, que viajar a Cuba. En 1910, dando la impresión de que no lo quería conservar, le envió a Manuel Sanguily, entonces Secretario de Estado, el original del Diario que Martí había escrito para sus "niñas". Carmita Mantilla murió el 17 de abril de 1925, poco después que Sanguily, quien había muerto el 23 de enero, y el hijo de éste le escribió a María para que autorizara la publicación de aquellos "Apuntes". Ella, por supuesto, accedió, pero le hizo esta sorprendente confesión en su carta, luego reproducida en el libro Páginas de un Diario": "Deseo manifestarle que tanto mi hermana Carmen como yo, ignorábamos que dicho Diario hubiese sido enviado a su señor padre..." ¿Cómo, si no es por un destanciamiento mayor, y absoluta indiferencia por todo lo relacionado con Martí, se puede entender que durante quince años ni Carmen ni María Mantilla se hubiesen enterado de que la más preciosa reliquia que les dejó Martí ya no estaba en poder de la familia?
En la entrada correspondiente al 3 de abril, en ese mismo Diario, Martí escribió: "En el medio del mar recuerdo estos versos: 'Un rosal cría una rosa / Y una maceta un clavel. / Y un padre cría a una hija / Sin saber para quién es.'" |
|
|