Acaba de aparecer el estudio del profesor y escritor cubano Roberto D.
Agramonte, Martí y su concepción de la sociedad, publicado por el Centro de
Investigaciones Sociales de la Universidad de Puerto Rico. La obra de Agramonte se apoya
en sus trabajos sobre sociología, filosofía e historia. Desde ellos ha podido analizar y
ofrecer a sus compatriotas acertadas valoraciones y textos del pensamiento nacional: de
José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz, Enrique José Varona. Aunque ya
se había adentrado en el estudio de Martí, y aun algunos de sus escritos anunciaban los
más recientes ("Martí y el mundo de lo colectivo", de 1941, en la Revista
Mexicana de Sociología, y "Sentido ecuménico del pensamiento de Martí",
en Jornada Cultural, de San Salvador, en 1947), es a partir de 1970 que empieza a
dar la imprenta el resultado de sus lecturas martianas. Su vocación por lo cubano sigue
esta recomendación de Martí: "cada cual se ha de poner en la obra del mundo, a lo
que tiene más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno, y más
fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor, y más naturalmente,
en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto, y ese repartimiento de
la labor humana, y no más, es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria".
Durante los primeros años de la República, Martí era "un ilustre
desconocido", como lo calificó el escritor peruano Ventura García Calderón. La
independencia conmovió al país que, para su desgracia, había olvidado los ideales que
la hicieron posible. Los hombres y los intereses que más se opusieron a los libertadores,
los autonomistas, que defendían la tutela de España, y los anexionistas, que procuraban
la de los Estados Unidos, acapararon la curiosidad y el manejo de la nación. Además,
Martí vivió casi siempre en el extranjero y, al morir, cuando empezaba la guerra, sus
compatriotas no recibieron con la libertad el patrimonio de su sabiduría. Fue la
generación de 1923 la encargada de descubrirlo en su justo mérito de arte y pensamiento.
A los veinticinco años de "el desastre" de España, los cubanos pudieron
comprobar la ausencia de valores que asolaba su patria. El extrañamiento de lo propio,
por la influencia norteamericana , y la persistencia de los males de la colonia, los
llevó entonces a la búsqueda de sus raíces. Cuando se iniciaba el angustioso empeño
llegó a La Habana el escritor español Fernando de los Ríos (a quien el propio Agramonte
dedicó años más tarde, en ocasión de su muerte, una sentida Exégesis necrológica), y
con su prestigio y buenas razones indicó a la juventud de aquella época el camino de la
salvación: Martí. "Los grandes hombres", dijo en notable conferencia,
"son la clave con qué descifrar el enigma histórico de los pueblos, ya que ellos
son exponentes máximos de sus virtudes larvadas, latentes o potenciales". Era
imperioso, pues, ir a la gran figura para que el cubano conociera su destino y aprendiera
a amarlo.
A pesar de muy nobles esfuerzos creció más el conocimiento que la práctica de su
programa. Podría hasta decirse que, con sus doctrinas mal aplicadas, encontró el error
amparo, hasta que de tanta herejía, y por ella misma, se quebró la República. Aunque
han transcurrido cincuenta años, no deja de tener validez el consejo de Fernando de los
Ríos: más que nunca hoy urge conocer las "virtudes larvadas, latentes o
potenciales" de Cuba. Martí no es sólo lo mejor de su tierra, sino también, y por
eso mismo, la síntesis de lo mejor cubano. Nadie sabría restarle alcance, pero quizás
no se ve bien cuándo está él enriquecido por sus maestros Agramonte dedica el
último capítulo de su libro a esta materia; lo titula "Origen y desarrollo de la
conciencia filosófica vernacular".
Martí no inventó todo lo que dijo, mucho de ello le llega del pasado y, por
adivinación, del porvenir. No es fácil determinar las influencias cubanas en Martí
porque el milagro de su genio da una altura muy superior a cuanto hasta él llegó, desde
José Agustín Caballero a Rafael María Mendive. En Martí se halla, prominente, la
conciencia nacional que se concretaba en sus días, y lo que de ella le adelantó el
vaticinio.
La obra de Roberto Agramonte es utilísima guía para la investigación del modelo.
Empezando con ese admirable libro, Martí y su concepción del mundo (primer tomo
de los ocho que completan su "Repertorio Martiano") hasta el que ahora nos
ocupa, Martí y su concepción de la sociedad, Agramonte hurga con erudición y
amor ese tema que revela las posibilidades de su patria; él llama a su obra "Biblia
Martiana", y es, así también, Imitación de Martí, camino de Cuba. Algún día se
escribirá un libro titulado Roberto Agramonte y su concepción de Martí; se verá
entonces su manera de percibir el rico universo, y la técnica del estudio: coloca a
Martí en las coordenadas de la cultura para desde ellas ofrecer al lector las ideas y la
ejemplar conducta. Es el fruto de muchos años de labor: la cita siempre precisa, y
fértil la tierra en que abriga la semilla. Véase como ejemplo este pasaje con la
explicación de un concepto:
Sentado de entrada que el único obstáculo de la libertad es ella misma, construye
Martí su concepción autónoma de la persona, su idea sobre la esencia humana
análoga al Selbst, de Cohen. El análisis de este concepto de la persona
humana, descubriría vetas de la filosofía estoica tal como la del hombre digno
("dig" es la luz, en sánscrito) siempre superior a su
circunstancia; de la dignidad en sentido kantiano; del humanismo renacentista
ejemplificado en la Oración sobre la dignidad humana, de Pico Della Mirandola; del
iusnaturalismo; de la idea del hombre de la era iluminista; y de las constituciones
consagradoras de los derechos individuales emanadas de la Revolución
norteamericana, la francesa y la hispanoamericana. Pero nada de ello es menester pues lo
original en Martí radica en el modo personal con que vuelve a vivir estas ideas, y con
que, según su vital y propia experiencia, vuelve a plasmarlas.
Y enseguida la cita de Martí: "Reo es de traición a la naturaleza el que impide,
en una vía u otra, y en cualquiera vía, el libre uso, la aplicación directa y el
espontáneo empleo de sus facultades magníficas del hombre".
Es un acierto escribir un buen libro de referencias, y más aún escribir otro
instructivo y ameno, pero ya es fortuna mayor cuando en uno sólo se encuentran esas
cualidades. Por sus obras de divulgación y estudio tiene Roberto Agramonte asegurado
asiento en la cultura de Cuba. No es ya menor su presencia en la bibliografía martiana,
por la iluminación de aquel hombre singular que es también raíz y senda de su pueblo.