Con el título de "Una carta inédita de
Martí", publicó El Nuevo Herald, el domingo pasado, 10 de noviembre, una
carta que no es ni desconocida ni inédita. Según allí se lee, el original es propiedad
del señor Kenneth R. Laurence, y la transcribe y comenta el señor Frank Fernández.
Como para despertar el interés de los lectores se destacan las siguientes palabras del
escrito que la acompaña: "Esta esquela de Martí ha estado oculta por más de un
siglo, debido posiblemente al secreto y la discreción que por aquellos años
implicaba". Pero tampoco es cierto este reclamo toda vez que no contiene
"secreto" alguno que pudiera mover a nadie a ocultarla "por más de un
siglo". La carta en cuestión aparece en el tomo III, página 166 del Epistolario
de José Martí, que bajo la dirección de Luis García Pascual y Enrique Moreno Pla se
publicó en La Habana, en 1993; y un año antes ya la había dado la Editorial de Ciencias
Sociales en la página 41 del libro Documentos inéditos: de José Martí a José D.
Poyo compilados por Luis Alpízar y con una introducción de Nydia
Sarabia, y se reprodujo en su segunda edición en 1994. Algunos de esos
"documentos" aparecieron también por esas fechas en varios periódicos de La
Habana; otros, los más, en el Anuario del Centro de Estudios Martianos en el
número de 1992 se publicaron siete cartas, con una introducción de Ibrahim Hidalgo Paz,
quien no dice, por supuesto, que se hubieran mantenido ocultas por algo secreto que
contenían.
Dirigida al "Señor Presidente del Cuerpo del Consejo de Key West", que era
el patriota José Dolores Poyo, la carta que aquí interesa se reduce a pedirle que le
entregue al comandante Gerardo Castellanos el dinero (menos de "doscientos
pesos") que necesitaba para viajar a Cuba como "comisionado" del Partido
Revolucionario Cubano: allá iba a entrevistarse con varias personas con las que habría
de contar el levantamiento. Entonces, en 1892, cuando se escribió la carta, la misión
era secreta, pero terminada la guerra, ¿qué motivo podía haber para ocultarla?
"secretos" también fueron, por ejemplo, los "Estatutos" que
redactó Martí para el Partido Revolucionario Cubano, en 1891; las instrucciones
manuscritas que en muchas oportunidades dio para comprar armas, por miles de pesos,
violando así la ley de neutralidad americana; la "Orden de Alzamiento", de
enero de 1895, para iniciar la insurrección; y tantos otros actos que la preparación de
la guerra, y la guerra misma, hicieron secretos; pero después de ella, ¿qué motivo
podía haber para reservas de tal naturaleza, y menos sobre un asunto tan conocido como el
que trata esta carta de Martí?
La gestión de Castellanos, y cuanto estuvo relacionado con ella, fue del dominio
público desde 1898. El libro de 1905 por Manuel Deulofeu, La emigración, Martí, Cayo
Hueso y Tampa dio todo género de detalles sobre la misma, incluyendo las extensas
"Instrucciones" de Martí para su comisionado, ésas sí, más comprometedoras
por los nombres y juicios que contiene. Y en 1923, a raíz de la muerte del comandante
Castellanos, Gerardo Castellanos García, escribió Soldado y conspirador, la
biografía de su padre, la cual, por supuesto, abundaba en cuanto aquí interesa.
Completó los particulares de ese asunto la publicación en 1930, por Félix Lizaso, del Epistolario
de Martí, en la Colección de Libros Cubanos que dirigía Fernando Ortiz: allí, en el
tomo II, página 109, aparece una carta de Martí a Castellanos, del sábado 6 de agosto
de 1892, fecha igual a la que aquí tratamos, y que empieza: "Sólo una líneas, para
decirle que encargo a Poyo le suministre fondos..."; y en la página 110 está otra
dirigida a Poyo, también de ese día, en la que le dice: "A Gerardo, vea si me le da
los fondos cuanto antes..." Todos esos documentos sobre la gestión de Castellanos,
por supuesto, pasaron después a las Obras Completas de Martí, la de la Editorial
Trópico, de la Editorial Lex y las más recientes, de la Editorial Nacional de Cuba. Como
la carta que aquí nos ocupa no se había aun dado a conocer al salir dichas colecciones,
lo mismo que le sucedió a muchos otros escritos de Martí, no se encuentra en ellas, pero
eso no la hace "inédita" hoy, toda vez que lo inédito es lo no publicado, y
ya, como se ha visto, en tres libros había aparecido en letra de imprenta.
Se dice en la presentación de la carta aquí comentada: "La importancia que tiene
este mensaje al grupo de Cayo Hueso reside en varios párrafos de Martí, el que alejado
de sus clásica retórica poética y de la estructura literaria de sus cartas, ordena de
acuerdo con su mandato a los cubanos responsables sobre la necesidad del viaje a Cuba de
un agente y la ayuda que se le ofrezca para afrontar los gastos". Lo que
ahí se llama "clásica retórica poética" y "estructura literaria de sus
cartas" está ausente en este escrito no porque sea un mensaje de mayor importancia,
en comparación con los otros, sino porque se trata de una comunicación oficial que
obliga a Martí a distinto estilo; por eso la empieza con un lacónico "Señor
Presidente" y la termina con su "estimación más afectuosa, el Delegado José
Martí", lo que contrasta con la carta personal de ese mismo día, también a Poyo,
en que otra vez le habla de los dineros para Castellanos, que inicia con un "Amigo
mío" y termina con estas palabras: "Ni un instante más tengo, y empleo el
último en darle un cariñoso adiós, su José Martí".
Luis Alpízar, quien aparece como compilador de los Documentos inéditos antes
mencionados, era descendiente de Poyo y había recibido en depósito, de una tía, cuando
ésta se ausentó del país, varios bultos con papeles y otras pertenencias de José
Dolores Poyo. Sin saber lo que contenían jamás se le ocurrió abrirlos pensando en el
regreso de la señora, pero cuando Alpízar murió, en 1989, su viuda, Nieves Arencibia,
como también había muerto la tía, abrió los bultos y encontró las cartas de Martí.
El Centro de Estudios Martianos quiso la colección y ella se la facilitó, copiaron las
cartas, le devolvieron los originales y publicaron los libros antes mencionados. Ella
sólo pidió, como recompensa, que su esposo apareciera como compilador de los Documentos,
que le permitieran comprar a plazos un automóvil y que le hicieran algunas reparaciones
en la casa; las autoridades, por su parte, los que tienen el monopolio de esos privilegios
en La Habana, que los usan para su provecho y para el de los extranjeros que medran en la
isla, no cumplieron su promesa, y la viuda sigue esperando los arreglos a su hogar y el
automóvil que le habían ofrecido. Parece que la ingratitud de los cubanos respecto a
Poyo y su familia aún está viva: cuando el ilustre patriota regresó a Cuba, al terminar
la guerra, quiso publicar su periódico El Yara, decano de la prensa en la
emigración, pero los comerciantes, casi todos españoles, le negaron los anuncios al
viejo separatista, y fracasó en su empeño; luego el gobierno interventor lo nombró,
como gracia especial, sereno (Vigilante Nocturno de la Aduana de La Habana); poco después
lo hicieron subdirector del Archivo Nacional, a las órdenes de Vidal Morales y Morales,
quien no lo merecía más que él, y sólo al morir Morales, en 1904, ocupó Poyo la
dirección del Archivo, hasta su muerte, en 1911, "con un sueldo bastante mezquino
que apenas si le alcanzaba para atender a sus más perentorias necesidades", según
dijo su nieto su nieto Raúl Alpízar Poyo, en el libro Cayo Hueso y José Dolores Poyo,
publicado en 1947.
En fecha reciente han circulado en esta ciudad de Miami ofertas de venta de algunas
cartas originales de Martí a Poyo. Es posible que sean de la colección que estuvo en
poder de Alpízar. La que transcribió El Nuevo Herald, fue, sin duda, parte de
ella. La necesidad de dólares ha hecho que muchos tesoros de Cuba hayan salido del país
en busca de los coleccionistas que pagan precios altos por esas reliquias. ¿Quien le
impide a algunos de esos esbirritos que sirven al régimen de Castro entrar en la
biblioteca de un Instituto, de una Universidad o de un Museo, o en una privada, y
apoderarse de lo que pueden vender a turistas en dólares o a comerciantes en el
extranjero? ¿No roban sus jefes?
Ni desconocida, ni inédita es esa carta de Martí a Poyo, ni tiene razón de secreto;
preciosa sí es, por quien está escrita, y por estar dirigida a un hombre a quien Martí
le regaló su fotografía con esta hermosa y merecidísima dedicatoria: "El pundonor
de Cuba se hizo hombre y se llamó José Dolores Poyo: a su virtud, a su talento, a su
elocuencia, a su corazón dedica este tributo, su hermano, José Martí".