"La guerra contra el monstruo soviético fue una lucha
por la verdad. También fue una lucha contra el terror y la opresión, pero sobre todo,
fue una guerra contra la mentira". Esta afirmación de Robert Conquest, el biógrafo
de Stalin, es el producto de años de estudio sobre la época y el hombre que informaron
al comunismo cubano. En el homenaje que se le rindió en The Independent Institute, Elena
Bonner, la viuda de Sajarov, confirmó su juicio sobre la falsificación de la historia en
la Unión Soviética, y dijo que Conquest, por sus denuncias contra la mentira
estalinista, merecía ser tenido como Auno de los más valiosos soldados" en la
guerra que derrotó al comunismo, "el imperio más terrible de la humanidad".
Contra el marxismo-leninismo, la verdad histórica había sido el arma decisiva.
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"El caso es no
comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o
excesivos de pedirla". José Martí. |
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Todo régimen totalitario necesita acomodar el pasado para darle razón a su presente,
y necesita mentir también sobre el presente para asegurar su permanencia en el poder. La
historia contemporánea de Cuba gira alrededor de la figura de José Martí: antes de él
están los que de alguna manera lo anuncian Varela,
Céspedes, Agramonte, luego viene la República con su puñado de discípulos y la
procesión de apóstatas. Y era de esperarse que, para el crimen mayor, lo secuestraran,
porque, si lo presentan en apoyo del gobernante, deja éste de parecer culpable. Por el
silencio cómplice de los que saben que la doctrina de Martí nada tiene que ver con la
tiranía castrista, muchos en Cuba han caído en el engaño de verlo, por diversas
razones, relacionado con el marxismo, o en camino hacia él. Buen número de intelectuales
allá se han dado a la infame tarea de inventarle esperanzas y proyectos que jamás tuvo.
Ya lo advirtió Martí en su tiempo: "Todas las tiranías tienen a mano uno de esos
cultos para que piense y escriba, para que justifique, atenúe y disfrace, o muchos de
ellos, porque con la literatura suele ir de pareja el apetito del lujo, y con éste viene
el afán de venderse a quien pueda satisfacerlo. Por casa con coche y bolsa para queridas
vende su lengua o la pluma mucho bribón inteligente". En la Cuba de hoy las
prebendas son otras: el socialismo tiene su particular pesebre para los intelectuales
padrinos, atajos, publicaciones, sinecuras, influencias, abastos, viajes...
Ante el descrédito del sistema comunista buscan allá afanosos cuanto creen puede
servirles de Martí, y lo disfrazan y tergiversan. Así, cuando en la antigua
Constitución socialista, de 1976, decían estar "guiados por la doctrina victoriosa
del marxismo-leninismo", ahora dicen, en la modificada hace unos meses, estar
"guiados por el ideario de José Martí y las ideas políticas y sociales de Marx,
Engels y Lenin"; y en el artículo quinto de la vieja Constitución se decía que el
Partido Comunista de Cuba era nada más que "marxista-leninista", pero ahora lo
pasaron, convenientemente, a ser "martiano y marxista-leninista". Esa fusión no
tiene sentido, es un absurdo y, por lo tanto, una mentira, por la repugnancia de los
términos: es como hablar, con el ejemplo clásico en la filosofía, del "rectángulo
redondo". Un partido no puede ser "martiano" y a la vez
"marxista-leninista", lo mismo que un rectángulo no puede ser redondo; y la
única posibilidad de igualarlos es mentir sobre sus características, falsificarlas,
pasar por cuadrado el círculo, o viceversa. De esa especie es la falsificación que hacen
en Cuba con Martí, y, cuando se nota mucho la trampa de acercar el régimen actual a su
prédica, recurren a presentarlo como ajeno a las corrientes radicales de su época, como
si no hubiera tenido oportunidad de conocerlas, para concluir que habría llegado a Marx
de haberlo conocido mejor, o vivir más tiempo. Así queda el castrismo como el ejecutor
de la revolución incompleta de Martí, y, usando una expresión muy gustada por los
falsificadores, "en tránsito" hacia el marxismo: no estaba todavía en él,
pero poco le faltaba, y las deficiencias y limitaciones de su programa eran menores y
pronto las habría superado. El propio Fidel Castro inició la absurda disculpa: en su
discurso del 13 de marzo de 1965 dijo que Martí, al igual que Carlos Manuel de Céspedes,
no había sido marxista "porque en la época en que vivió, y en las condiciones
históricas en que se desenvolvió su magnífica lucha, no podía serlo".
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Con los inmigrantes
alemanes que llegaron a los Estados Unidos a mediados del
siglo XIX, entró en este país el marxismo. Aquí se ve un
grupo de ellos desembarcando en el Castle Garden, de Nueva
York.
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La mejor manera de desmentir esas afirmaciones es conocer el medio en que vivió
Martí, analizar las oportunidades y las opciones que se le presentaron, verlo discurrir
sobre los conflictos sociales que presenció en los Estados Unidos, y destacar los caminos
que prefirió para armarse con la mejor doctrina y fundar su república. Con ese fin, y
después de una breve revisión de las primeras manifestaciones del marxismo en los
Estados Unidos, se estudia aquí una figura no muy conocida aunque de mayor importancia en
la historia del marxismo americano, Daniel de León, cuya vida ayuda a ver precisa la
posición del cubano frente a las teorías de Carlos Marx.
Los primeros marxistas en los
Estados Unidos
Durante mucho tiempo Europa consideró a este país como un ente fuera de la historia,
ajeno a los impulsos que la mueven. El motivo era que los territorios inexplorados del
Oeste restaban fuerza a los problemas sociales. Pensando en los Estados Unidos, Hegel
llegó a decir que si Francia hubiera podido extenderse hacia el norte no hubieran los
franceses atacado la Bastilla ni tenido una revolución. Pero desde 1776 sí hubo
inconformes que protestaron contra las injusticias el negro, el obrero, el
campesino, la mujer, y dieron fuerzas a la inquietud social. "La nuestra es una
época revolucionaria", dijo Emerson en 1839 al señalar los cambios que se
avecinaban por la reducción del ser humano y la pérdida de su espiritualidad. Por
aquellos desajustes, y para la salvación del país, nacieron los grupos religiosos del
comunismo primitivo como los Shakers y las comunidades de Oneida y los del
socialismo utópico como los experimentos de Robert Owen y de Charles Fourier, entre
otros, que entendían que para reformar la sociedad bastaba con desaparecer la
competencia en favor de la cooperación y la armonía.
A mediados del siglo se abandonó la especulación para entrar en un nuevo período, el
del "socialismo científico". La sociología tuvo que madurar. Se partía de la
premisa que consideraba lo económico el fundamento de la sociedad y el motor de la
historia, y que las estructuras políticas y culturales estaban determinadas por la
economía, por lo que para cambiar la sociedad era inútil detenerse en fórmulas
filosóficas que desconocieran dicho postulado. En el Manifiesto Comunista de Marx
y Engels, en 1848, se defendía la toma del poder por el proletariado (que se convertía
así en la clase privilegiada que destruye las clases), la propiedad y la producción en
manos del Estado, el cual, decían, en un régimen capitalista, es el verdadero opresor, y
no como pretende el reformismo liberal el centro donde deben converger y equilibrarse los
intereses diversos de la sociedad. Esa fue la cuna del socialismo moderno. Ya en 1852,
lejos de la apreciación de Hegel, Marx veía las clases sociales americanas en
"constante movimiento," en conflicto, no ajenas al desarrollo histórico y campo
propicio para aplicar sus doctrinas.
El marxismo llegó a América con los inmigrantes alemanes que se establecieron en este
país a mediados del siglo XIX. Su primera figura notable fue Herman Kriege, que con 25
años desembarcó en Nueva York a fines de 1845. En Alemania, Kriege había pertenecido al
círculo de comunistas asociados a Marx. No sólo fue el primer marxista en los Estados
Unidos sino que también, impresionado por las promesas y ventajas que descubrió aquí,
hubo de convertirse muy pronto en el primer hereje del marxismo. A los pocos meses de su
llegada fundó un periódico en alemán, el que recoge su polémica con Marx y los suyos,
quienes lo denunciaron por apartarse de la ortodoxia marxista. Kriege sucumbió ante los
Estados Unidos proponiendo soluciones distintas para sus problemas que las aprendidas
junto a Marx. La influencia del utopismo agrario, muy en boga en aquellos tiempos, lo
llevó a denunciar a los teóricos del viejo continente, y la propaganda que hizo para
resolver los problemas distaba mucho de la lucha de clases que ellos propugnaban. Kriege
se unió a la National Reform Association que dirigía el inglés George Henry Evans,
editor del periódico The Working Man's Advocate, quien entendía que "el
monopolio de la tierra era el más grande monopolio y el origen de los mayores males de la
sociedad", por lo que era necesario repartirla entre los trabajadores. Impresionado
por las posibilidades de aliviar las discrepancias entre el capital y el trabajo, Kriege
dijo en elogio de los Estados Unidos: "Aquí el campesino europeo encuentra un hogar
que puede enriquecer con la labor de sus manos, y llamar propio, y gritarle con orgullo a
los tiranos de todo el mundo: '¡Esto sólo mío!'"
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Daniel de León,
antillano contemporáneo de Martí, y establecido como él en
Nueva York, fue el más inteligente pensador del marxismo
americano. |
Años más tarde, en 1886, el millonario Andrew Carnegie, dueño del monopolio del
acero, publicó su famoso libro Triumphant Democracy, el cual, a pesar de esconder
las injusticias de la sociedad de sus días, dijo con acierto que los revolucionarios
venidos de Europa traían "ideas que eran el resultado natural de las leyes injustas
de su país de origen", y que la mejor cura para sus "ismos" era vivir en
la democracia de los Estados Unidos. El caso de Herman Kriege lo probaba, que también fue
la primera manifestación de las dificultades que encontrarían los programas radicales
europeos al enfrentarse con el capitalismo norteamericano.
Uno de los miembros de La Liga para la cual Marx y Engels escribieron el Manifiesto
Comunista, fue Joseph Weydemeyer, quien también se distinguió junto a Marx en atacar
la herejía de Herman Kriege. Con el fracaso de la revolución de 1848, Weydemeyer se vio
obligado a emigrar a los Estados Unidos. Marx le aconsejó que se estableciera en Nueva
York para que allí publicara un periódico en alemán que habría de burlar la censura de
prensa decretada en Alemania. Nueva York, le advirtió Marx, era la ciudad de América
más parecida a Europa, y donde estaría a salvo de la tentación de irse al Oeste. Ante
la experiencia de Kriege le dijo: "El problema peor nuestro es que los más valiosos
alemanes son fácilmente americanizados y dejan de pensar en volver a Europa... La
facilidad con la que el exceso de población se vierte en el campo y la creciente
prosperidad del país hacen que las ideas burguesas les parezcan ofrecer un bello
porvenir".
Al mes de llegar a Nueva York, cumpliendo los deseos de Marx, Weydemeyer anunció la
publicación de un periódico, Die Revolution, donde habrían de colaborar Marx y
Engels, y en el que se iba a informar a los lectores sobre "la lucha de clases",
la cual sólo habría de terminar con "la supresión de las diferencias entre los
hombres". El semanario de Weydemeyer nada más que publicó dos números, por lo que
disgustado ante la pobre recepción de su prédica primera en favor del comunismo, le
escribió a Marx quejándose de la indolencia del obrero americano: "Esta tierra
tiene un efecto corruptor sobre la gente, por lo que todos se vuelven arrogantes y
alardean de superioridad respecto a sus camaradas europeos". Pero el periódico de
Weydemeyer dejó un rico legado para sus lectores alemanes, el famoso análisis de Marx Der
l8 Brumaire des Louis Bonaparte, que allí apareció, y que no se reprodujo en Europa
hasta 1869.
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Henry George, a la
izquierda, y Edward Bellamy, connotados escritores reformistas
que influyeron en Martí y en De León.
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Este fracaso no detuvo a Weydemeyer, quien continuó escribiendo para otro periódico
alemán contra el liberalismo burgués, y fundó en 1852 el primer partido marxista en los
Estados Unidos, el Proletarierbund, que a su vez produjo, al año siguiente, la
American Workers League. Esta Liga mostró en su plataforma cierta disposición para
acercarse a lo americano, pero allí se dijo, sin embargo, lo que iba a convertirse en el
lugar común de la crítica ante el sistema democrático: "América está libre del
yugo monárquico y de la nobleza heredada, pero eso no cambia el hecho de que el hombre
sin propiedades no tiene en sus manos más poder que el de su trabajo, y que aquí se le
oprime igual que en el otro lado del océano. La única diferencia es que allá la
burguesía es monárquica mientras que aquí la burguesía es republicana". Poco
después, con la estrecha colaboración de Weydemeyer, se fundó en Nueva York el
Communist Club, en cuyo programa se pedía "la abolición de la propiedad
burguesa" y la unión de "todos los partidarios de la Revolución que quieren
cambiar el Estado de las relaciones sociales".
Como Weydemeyer había sido oficial del ejército prusiano hasta que lo expulsaron por
sus ideas comunistas, logró el rango de coronel en la guerra de Secesión americana
luchando contra los esclavistas del Sur. Luego fue político en San Luis, y siguió
escribiendo hasta su muerte, a los 45 años. Dejó buenos discípulos en la causa a la que
había consagrado su vida, entre ellos su hijo Otto, el traductor al inglés, aunque en
versión abreviada, de El Capital, de Carlos Marx.
Pero el marxismo como doctrina no prosperaba entre los obreros americanos. Mayor
barrera que la del idioma los separaba de los alemanes el propugnar soluciones extrañas a
la realidad social de este país. Aquí había, aun con limitaciones, libertades que
estaban muy lejanas en Europa: la igualdad ante la ley, el gobierno representativo, el
sufragio; y, sobre todo, el culto ferviente a la individualidad. Martí vio el problema y
criticó las medidas radicales que traían algunos europeos; escribió:
En Alemania bien se comprende, la ira secular, privada de válvulas, estalla. Allá no
tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pavés; allá no elige
el trabajador como elige acá, al diputado, al senador, al juez, al Presidente; allá no
tiene leyes por donde ir, y salta sobre las que le cierran el camino: allí la violencia
es justa, porque no se permite la justicia... Esos alemanes, esos polacos, esos húngaros,
criados en miseria y en la sed de sacudirla, sin más cielo sobre las cabezas que el
tacón de una bota de montar, no traían, al venir a esta tierra, en los bolsillos de sus
gabanes blancos, en sus cachuchas, en sus pipas, en sus botas de cuero y dolmanes viejos,
aquella confianza de legislador que persuade y fortalece al ciudadano de las repúblicas:
traían el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de la rebelión que
desata periódicamente en los pueblos oprimidos el ansia desordenada de ejercitar de una
vez la autoridad de hombres, que les comía el espíritu, buscando salida, en su tierra de
gobierno despótico... ¡Por eso puede ser que no madure aquí el fruto, porque no es de
la tierra!
Así el marxismo americano tuvo que esperar a que entrara en escena el más inteligente
y original de sus pensadores, el que con mayor acierto estudió las posibilidades de una
revolución social en medio del capitalismo avanzado, y trató de iniciarla. Un par de
meses antes que José Martí había nacido en la isla de Curazao, frente a la costa de
Venezuela, Daniel de León. Las vidas de estos dos antillanos, que escogieron Nueva York
como su lugar de residencia, corren durante un tiempo en semejante dirección, luego
convergen y se juntan y, al final, se alejan para llevar a uno por el camino justo y
correcto y extraviar al otro en la senda perdida del marxismo-leninismo.
Daniel de León
Descendiente de una familia de judíos sefarditas, de los que España expulsó en el
siglo XV y se refugiaron en Holanda, Daniel de León nació en dicha colonia holandesa el
14 de diciembre de 1852. Para realizar sus estudios superiores viajó a Amsterdam, pero en
vez de regresar a su isla, De León se fue a vivir con un pariente a Nueva York, donde por
su inquietud política y conocimientos del español parece haber ayudado a los cubanos
allí residentes en la publicación de un periódico separatista. Dando clases de latín y
matemáticas, De León se pagó los estudios en Columbia University y obtuvo el Doctorado
en Leyes en 1878. Después de un viaje a Texas, en 1880, cuando Martí llegó a Nueva
York, ya De León tenía una oficina en el número 132 de Nassau Street. Muchas veces
debieron cruzarse en aquella calle: Martí le dedicó un artículo a "la modesta y
ocupada calle de Nassau", en La América, en 1883; y allí estaba, haciendo
esquina con Frankfort, el periódico The Sun, donde Martí colaboró desde agosto
de 1880; y Lyon and Co., donde estuvo empleado en 1882 (en el 31 & 33 Broad Street,
entre Exchange Place y Beaver Street); y el consulado del Uruguay, donde comenzó a
trabajar en 1884 (en el 17 & 19 William Street, entre las mismas calles que Lyon &
Co.).
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Foto en la primera página
del periódico Juventud
rebelde, del 30 de diciembre de 1990. Aparece junto a
Castro el actor que iba a hacer el papel de Martí en un
documental que se preparaba. Para confundir a la población, y
mentir sobre el parentesco entre los dos, llevaba la página
esta leyenda: "Dicen que era una filmación y Martí no
era Martí, sino un actor puertorriqueño. Pero dos niños
juran haberlo visto al lado de Fidel, ambos conversando en
susurros quién sabe qué remotas confidencia en medio de una
tarde habanera…"
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En 1882 Daniel de León hizo un breve viaje a Curazao para casarse con una jovencita
judía, Sara Lobo, de 16 años, con la que nunca fue feliz: al igual que a Martí, la
madre y la esposa siempre le reprocharon que supeditara los intereses domésticos a sus
actividades políticas. Al año siguiente inició su carrera de profesor en Columbia
College. Su posición antiimperialista se evidencia en los programas del curso
"History of Latin American Diplomacy", en el cual la mitad de las clases tenían
que ver con las intervenciones europeas en Latinoamérica. Y ese mismo repudio del
imperialismo es el que lo llevó a entrar más en contacto con la política, con la
candidatura presidencial de James G. Blaine, a quien calificaba de "perpetuo
imperialista". Cuando Blaine fue Secretario de Estado, durante la administración del
presidente Garfield, instruyó a los embajadores americanos en el Perú y en Chile para
lograr la terminación de la Guerra del Pacífico, pero de manera que el acuerdo
beneficiara económicamente a un amigo suyo. Se unió así De León a los Republicanos
independientes que se negaron a votar por Blaine, y publicó el folleto titulado A
Specimen of Mr. Blaine's Diplomacy: Is He a Safe Man to Trust as President?
Ya también Martí combatía a Blaine: acabada de anunciarse su candidatura, a mediados
de 1884, escribió en La Nación: "Blaine ambicioso, brillante, turbulento...
Luto sería para este país, y para la justicia, luto para algunas tierras de nuestra
América que tienen las rodillas flojas, luto para la misma libertad humana, que viniese a
la presidencia de los Estados Unidos este hombre intrépido, agudo y
desembarazado..." Por suerte ganó las elecciones el candidato Demócrata, Grover
Cleveland. Martí describió la alegría del triunfo en admirable crónica. Hasta entrada
la noche estuvo por las calles de Nueva York, y se pregunta, "¿Cómo tras campaña
tan enconada hay en la hora ansiosa tanta paz ? ...El hombre se recobra y se rejuvenece.
Se siente condueño de su patria, él, el esclavo de un martillo, de una mesa de escribir,
de un capataz huraño, de una rueda... De eso viene esta paz, de que nadie tiene celos del
poder de nadie..." Y estas consideraciones lo llevan a uno de sus elogios del
sufragio, por el que tiene tanto poder "la blusa de cuadros del albañil, como la
levita principesca del mercader, como la casaca del opulento petimetre, como el uniforme
galoneado del general, como la túnica morada del arzobispo..." Y aún lo lleva a
otra pregunta que más interesa ahora:
Allí donde con un ejército de papelillos doblados se logran victorias más rápidas y
completas que las que logró jamás ejército de lanzas... ¿cómo han de provocarse esas
batallas de odio... esas contiendas de clases, cuando al cabo de cuatro años la clase
ofendida puede enfrentar los desmanes de la que la desafía?... No en vano los que en
pueblos diferentes nacimos ambulamos por entre esa muchedumbre de reyes, ya vertiendo
dulces lágrimas de gozo de ver a los hombres redimidos, serenos y resplandecientes, ya
lágrimas de desesperación y de vergüenza...
Esta derrota de Blaine llevó a Daniel de León, también entusiasmado, a poner a su
segundo hijo, tiempo después, "Grover Cleveland".
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Huelga de los
conductores de tranvías en Nueva York. Por ese disturbio
obrero de 1886, Daniel de León abandonó su carrera de
profesor para dedicarse a la causa de los trabajadores.
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Pero se acercaban tiempos difíciles para los Estados Unidos. El paso de ser una
nación esencialmente agrícola, y de artesanos y pequeñas industrias, que transportaba
sus productos por ríos, canales y malos caminos, a ser el centro manufacturero más
grande de la tierra, con enormes fábricas y concentración de obreros en las ciudades y
extensas comunicaciones por ferrocarril, tenía su precio. En poco más de veinte años de
terminar la guerra civil, la población casi se había duplicado, había tres veces más
asalariados y se quintuplicó el valor de las manufacturas. Pero el beneficio iba a los
menos, y a los más la miseria. Martí lo resumió en una frase a mediados de 1885:
"El oro rebosa, pero el pan falta". En unos meses hubo 600 mil obreros afectados
por las huelgas. Decenas de miles se unieron para pedir la jornada de 8 horas. La
McCormick Reaper, de Chicago, llamó a la policía para proteger a sus rompehuelgas,
mataron a seis huelguistas, el anarquismo convocó una reunión en el Haymarket Square
para protestar por el abuso, y, cuando llegaron los policías, alguien les tiró una bomba
y mataron a siete. "El problema del trabajo se ha erguido de súbito, y ha enseñado
sus terribles entrañas", escribió Martí en su primera crónica sobre el asunto. De
León protestó por la condena de los anarquistas, la que calificó de "un crimen
judicial". Federico Engels estimó que en 10 meses la sociedad americana había
avanzado lo que a otro país le hubiera tomado 10 años. Poco tiempo antes la opinión
general en Europa era que en los Estados Unidos no había propiamente una clase laboral,
por lo que era imposible iniciar la lucha de clases. Ya, con una conciencia nueva,
aparecían las condiciones objetivas para que el trabajador americano se organizara en un
partido independiente, de acuerdo con las recomendaciones del Manifiesto Comunista.
El reformador y el revolucionario
En marzo de 1886 hubo una huelga de tranvías en Nueva York, la que produjo el motín
obrero más grande de su historia. La ciudad se detuvo, y no logró hacerla andar la
policía. Los conductores pedían mejores condiciones de trabajo a la empresa propietaria,
ahíta de ganancias. Vencieron los obreros. Martí la describió en una crónica:
La huelga de los conductores era justa. De mala alma se necesita ser para no sentir
cariño por estos pobres soldados de la vida, de pie día y noche en la plataforma de sus
carros, azotados por la nieve, empapados por la lluvia, arremolinados en la ventisca,
salpicados de fango, y a cuyo tesón y resistencia deben los habitantes de la ciudad el
poder ir de un lado a otro cómodos y con buen calor, a ganar la olla de la casa...
De León también estaba a favor de los obreros, pero sus colegas no: Columbia College
era la institución de enseñanza más reaccionaria de Nueva York. Pasaron los conductores
de tranvías celebrando su triunfo por Madison Avenue, donde estaba el College, y con
escándalo de los otros profesores allí reunidos, De León los aplaudió, y como lo
criticaron sin piedad, y a los obreros rebeldes, pudo ver en toda su magnitud la
injusticia, y allí mismo hizo juramento de dedicar su vida a la causa de los
trabajadores. La oportunidad se la ofrecía la candidatura de Henry George, postulado para
alcalde por el United Labor Party.
En su famoso libro Progress and Poverty, George había planteado que la causa de
la pobreza se debía al monopolio de la tierra, por lo que era necesario que el gobierno
la expropiara por medio de un impuesto único sobre todo ingreso no trabajado. Muy lejos
estaba su pensamiento del marxismo que denunciaba el monopolio de la industria y de la
mano de obra, junto al de la tierra, como origen de todos los males. El "socialismo
de Estado", decía George, "es una idea infantil que pretende que toda propiedad
y riqueza pase al Estado, y que resulta algo exótico nacido de las realidades europeas
pero que no puede florecer en tierra americana". La ayuda de León a George le costó
el puesto en Columbia: el presidente del College lo denunció por un acto dentro del
recinto universitario en el que hablaron el candidato y el profesor: no se atrevieron a
despedirlo, pero al término de su contrato no lo ascendieron, como merecía.
No menos que De León admiró Martí a Henry George, y a su valiente defensor el padre
Edward McGlynn, el cura irlandés con parroquia en la ciudad, a quien excomulgaron por
hacer propaganda en favor de las doctrinas económicas del United Labor Party. Muy cerca
estuvo Martí en aquella época, y por casualidad, de conocer personalmente a Daniel de
León, al profesor y discreto reformista. Martí asistía a muchos de los actos que se
celebraban en Nueva York y que podían interesar a sus lectores. En agosto de 1887 se
celebró en uno de los salones del Columbia College la sesión anual de la Sociedad para
el Adelanto de las Ciencias. Allá fue Martí antes de que empezara para familiarizarse
con el lugar. Un ujier le mostraba el plantel, y en un momento, según contó en una de
sus "Escenas Norteamericanas", quiso Martí saber si en el College había
profesores de Hispanoamérica: "¿Sudamericanos?" preguntó el bedel enseñando
el colegio: "Aquí tenemos un profesor sudamericano, don Daniel de León, el que
enseña Derecho de Gentes, y le llevó el premio al hijo de Blaine: está pálido, dicen
que de saber".
El peregrinar de De León lo llevó luego a la organización de los Caballeros del
Trabajo. De ella había dicho Martí que era fuerte precisamente "porque condenaba
los medios de fuerza". En la huelga de los ferrocarriles de la Missouri Pacific,
Martí defendió también la causa de los obreros, pero advirtió contra los demagogos que
aprovechaban el conflicto para adelantar programas que le parecían imprudentes: "Una
cosa es que el triste suba, y cada cual goce de todo su derecho, y otra que se dé el
gobierno del mundo a los tristes rabiosos... Para bien de la gente de trabajo, queda
probado que la orden de los Caballeros del Trabajo, que quiere hacer de los trabajadores
un ejército temible por su organización y cultura, abomina las huelgas y condena las
violencias que en ellas se provocan..."
Antes de su definitiva conversión al marxismo, y de ingresar en el Socialist Labor
Party, Daniel de León tuvo otra actividad que debe recordarse aquí: es su participación
en el movimiento "nacionalista" de Edward Bellamy, no ajeno a Martí, el cual
también le ganó su elogio aunque no con el fervor que sintió por el individualismo
agrario de George. A fines de 1889 habló del partido nacionalista "que se está
formando con lo más sesudo del país, con reverendos, con novelistas, con filántropos y
abogados, sin más diferencias que la que va del obrero hambriento al apóstol acomodado,
por la reforma plena, y de raíz, del orden industrial"; y poco después se refirió
a las actividades de los nacionalistas de Bellamy con estas palabras:
El dinerismo nos pudre y guerreamos contra el dinerismo. Antes teníamos más hombres
felices: ahora tenemos más fieras y más bestias... Y van estos bostonianos y socialistas
de salón hasta pedir que se nacionalicen las industrias, para que no haya estos magnates
tentadores y estos políticos venales, y no se trabaje para tener más que el vecino, ni
para cultivar lo grosero y feroz del hombre, sino para vivir a poco costo, en albedrío
individual, y con tiempo y gusto para las cosas del corazón y de la mente.
Ya lejos de George, a quien llegó a acusar de capitalista, De León se acercaba al
socialismo toda vez que Bellamy era un colectivista. En 1888 Bellamy publicó Looking
Backward: 2000-1887, la novela más popular de aquel tiempo. Ninguna teoría influyó
en las creencias sociales de los Estados Unidos en el siglo XIX como la que sustenta esa
fábula. "Yo soy más socialista que los socialistas", dijo Bellamy, "pero
no tengo estómago para esa palabra. Al americano le huele a petróleo y sugiere todo tipo
de novedades sexuales, lenguaje abusivo sobre la religión y banderas rojas. Prescindiendo
de lo que les guste llamarse a sí mismos a los reformadores ingleses y franceses, el
socialismo no es un nombre bueno para triunfar en los Estados Unidos".
El argumento de Looking Backward: 2000-1887 consiste en lo siguiente: un joven
de Boston se despierta en el año 2000 de un sueño provocado por la hipnosis. La sociedad
ha cambiado radicalmente: el espíritu de competencia dejó paso a una sorprendente
voluntad de cooperación y armonía, y el milagro se produjo sin violencias como
resultante natural del mismo sistema capitalista. El proceso fue el anunciado por el
marxismo: el crecimiento había acumulado la riqueza en muy pocos, y se hizo necesario que
el Estado controlara las propiedades en beneficio de los ciudadanos. Entre los 21 y los 45
años todos formaban parte del "Industrial Army", y luego se retiraban para
disfrutar de placeres intelectuales y espirituales. Lo que movía la producción eran
puros estímulos morales, y el gobierno de aquella sociedad comunista estaba en manos de
los obreros. El carácter totalitario de aquel sistema no molestaba a nadie, pues se
sabía que todo se administraba sin privilegios y en un ambiente de paz, alegría,
abundancia y completa libertad. Era como el paraíso de una humanidad nueva. Los que
creyeron en aquella promesa se llamaron nacionalistas pues todo quedaría nacionalizado,
tanto la producción como la distribución, sin lucha de clases, pues, lo mismo que los
pobres, los ricos eran el producto del infortunado sistema capitalista.
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Esta caricatura de
la época presenta a los monopolios controlando el Senado
americano. Era tal la protesta popular, que ambos partidos,
los demócratas y los republicanos, apoyaron
la Sherman Antitrust Act, que firmó el presidente
Harrison a mediados de 1890. Fue el primer paso para frenar de
manera efectiva los abusos de las grandes corporaciones.
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Muy pocos seguidores de Bellamy fueron más activos que Daniel de León, y en su labor
proselitista fue acercándose más y más al marxismo. Después de las críticas de Engels
a la teoría de Henry George (que aparecieron en el prólogo que preparó para la edición
americana de The Conditions of the Working Class in England in 1844) y de leer
otros textos marxistas, De León tuvo momentos en que mezclaba a Marx y a Bellamy. Pero
era incompatible la pacífica y gradual transición que propugnaba el americano con la
visión apocalíptica de la lucha de clases que había propuesto el alemán. Y su
rompimiento definitivo con aquel último vestigio de su etapa reformista se debió a la
resistencia de Bellamy para organizarse como partido político. Así, con un grupo de
amigos, ingresó De León en el Socialist Labor Party, en 1890, que era el legítimo
heredero del movimiento obrero internacional creado por Carlos Marx.
En 1891 el periódico The People apareció como sucesor del Workmen's
Advocate, y De León lo dirigió hasta su muerte, en 1914. The People fue la
tribuna, la cátedra y el púlpito de la ortodoxia marxista en los Estados Unidos. Desde
ese periódico Daniel de León polemizó con sus enemigos, divulgó los fundamentos del
socialismo científico y estimuló el celo y la militancia de sus discípulos. En 1918
John Reed, el autor del más vivo testimonio de la revolución de octubre, y fundador del
Comunist Labor Party, dijo que Lenin admiraba mucho la obra de Daniel de León, a quien
consideraba el único que había añadido algo al pensamiento de Carlos Marx, y que el
Estado Industrial que él había diseñado para los Estados Unidos sería el de los
Soviets en el futuro. Por otra parte, Lenin quiso hacer traducir al ruso el estudio
antirreformista de De León, Two Pages from Roman History, y se ofreció para
escribirle el prólogo.
Su extensa bibliografía, que incluye muchos editoriales de The People, el
órgano oficial del Socialist Labor Party, en sus dos épocas, que De León no firmaba,
muestra su extenso recorrido. Además de los títulos ya citados, vale recordar The
Chicago Martyrs Vindicated, Nationalism, James Madison and Karl Marx, Reform
or Revolution, Socialism versus Anarchism; y sus traducciones: de Bebel, Women
under Socialism; de Kautsky, The Capitalist Class; de Marx, The Eighteenth
Brumaire of Louis Bonaparte y The Gotha Program.
Conclusión
Solamente para falsificar a Martí, para acercarlo al marxismo-leninismo de Cuba, se le
puede suponer ignorante de cuanto sucedía en el mundo, y en los Estados Unidos: sobre
todo en Nueva York, respecto al socialismo científico de Carlos Marx, sus figuras, sus
campañas, sus actividades, sus organizaciones, sus periódicos y sus libros. La
curiosidad natural de un talento como el de Martí, y su condición de periodista, lo
mantenía al tanto de todo. Hasta 1892 en que consagró su vida a la independencia de
Cuba, Martí escribía de manera regular para La Nación, de Buenos Aires, y para El
Partido Liberal, de México, en cuyas páginas está el mejor testimonio de sus
conocimientos e intereses. Martí tenía, además, en su biblioteca, el Capital,
quizás en la traducción de 1877 por Otto Weydemeyer, según el testimonio de su amigo
colombiano Ramón Vélez, y el libro de John Rae Contemporary Socialism, el más
acabado estudio sobre su tema en aquel tiempo, del que Martí copió pasajes en su Cuaderno
de Apuntes, y que influyó en sus opiniones sobre las figuras allí representadas. El
libro de Rae es de clara factura reformista: defendía la herencia y la propiedad privada,
y creía que "la verdadera solución de los problemas sociales debía mantenerse
dentro de los límites del sistema industrial vigente, y los límites de la libertad
industrial y de la propiedad privada".
Con la perspectiva de un siglo vemos a Martí y a Daniel de León en el mismo escenario
neoyorquino, expuestos a las mismas influencias, movidos por similar celo de justicia,
partir de la misma posición antiimperialista, asomarse al Partido Demócrata, entregarse
al programa de George, aplaudir la organización obrera de los Caballeros del Trabajo, y
desembocar en la brillante utopía de Bellamy. Luego, a partir de 1889, De León cayó en
la trampa marxista porque nunca entendió la tradición americana de solidaridad, enemiga
de la lucha de clases; del pragmatismo y la conciliación, enemigos del dogma; y de la
libertad individual, opuesta al totalitarismo.
Como marxista, Daniel de León hubiera censurado a Martí, pues entendía que todo
acuerdo o arreglo dentro del sistema capitalista era un servicio a la plutocracia. En su
conferencia Reform or Revolution explicaba: "Las reformas significan cambios
externos, la revolución, pacífica o sangrienta, cambios internos. Las reformas
significan salvar el capitalismo, y logran solamente dorar la píldora capitalista. El
molestarse con reformas en los Estados Unidos es como lavar la basura antes de echarla al
basurero. ¡Afuera con la basura del capitalismo!" Jamás De León concibió, como la
Democracia Social, el camino reformista hacia el socialismo. El cambio que pretendía iba
a ser violento en el carácter y a través de la insurrección: sólo de esa manera veía
la posibilidad de sustituir el Estado burgués por la conveniente dictadura proletaria. En
otra oportunidad dijo: "La organización de nuestra revolución no debe de tener
compromisos y será la más libre de la historia. El programa de esta revolución no
consiste en un detalle particular. Exige la rendición incondicional del sistema
capitalista y su sistema de esclavitud salarial, y la completa extinción de la clase
gobernante. Nada menos que todo eso puede a estas alturas considerarse en el campo de la
revolución moderna..."
Sí, los juicios de Martí sobre los Estados Unidos se hicieron más severos con el
tiempo, no sólo porque los conflictos sociales y los excesos del capitalismo se
agudizaron, sino porque la desmedida e irresponsable "anglomanía" de
Hispanoamérica y de sus compatriotas anexionistas puso en peligro la independencia de
Cuba. Nunca la condición de revolucionario nacionalista y anticolonialista llevó a
Martí por otro camino que no fuera el de equilibrar con la mayor valentía y firmeza los
diversos intereses de la sociedad. Así creyó encontraría asiento seguro la justicia.
Martí siempre consideró la lucha de clases como un peligroso disparate: con los
pensadores de La Reforma, en México, en 1875, decía: "El derecho obrero no puede
ser nunca el odio al capital: es la armonía, la conciliación, el acercamiento común del
uno al otro". Y poco después de fundar el Partido Revolucionario Cubano escribió en
Patria contra la lucha de clases, y un año antes de su muerte le dijo en una carta
a su fraternal amigo Fermín Valdés Domínguez: "Dos peligros tiene la idea
socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas, e incompletas,
y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el
mundo empieza por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de
los desamparados. El caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados
o excesivos de pedirla..."
Mienten los que falsifican a Martí. Como se ve ahora, "en la época en que
vivió, y en las condiciones históricas en que se desenvolvió su magnífica lucha"
sí pudo ser marxista . No fue su ignorancia la que lo salvo de serlo, lo salvó de ser
marxista su saber, su intuición, su virtud y su talento.