NOTA
El costumbrismo refleja la voluntad del artista de presentar en su obra el
ambiente que le tocó vivir y la manera de ser de sus contemporáneos. Para ello recurre a
aquellos personajes y actividades que considera más representativos, especie de
arquetipos, como en la siguiente crónica, "El volcán español", que Martí
cree próximo a estallar, en la que aparecen nobles y pilluelos, modistillas, toreros y
políticos. Los escenarios son las calles de Madrid, los cafés, los teatros, el Palacio
Real y la plaza de toros.
El propósito del escritor costumbrista es a veces mejorar la conducta y los hábitos
de la sociedad, y otras simplemente entretener. Mariano José de Larra, uno de los más
famosos del siglo XIX español, redujo el programa a lo siguiente: "Reírnos de las
ridiculeces, ser leídos y decir la verdad". Como en toda la obra de Martí, hay en
estos escritos tanto de misionero, como de censor y de artista. Su crítica de algunos
aspectos de la vida española es prueba de su amor a España: cabe recordar aquí el
afortunado epigrama de su contemporáneo Joaquín M. Bartrina: "Oyendo hablar a un
hombre fácil es/ Acertar dónde vio la luz del sol:/ Si os alaba a Inglaterra, será
inglés;/ Si habla mal de Prusia, es un francés;/ Y si habla mal de España, es
español".
En los días en que se publicaron estas crónicas de Martí, el lector en los Estados
Unidos sentía curiosidad por adentrarse en la manera de ser de otros pueblos, y en
particular le atraía el pintoresquismo de lo español, que había conocido a través de
las obras de los norteamericanos Washington Irving, George Ticknor, Longfellow y William
Prescott, y de los ingleses Robert Southey, Richard Ford y Augustus Hare. En esta pintura
de costumbres, el cronista, que se firma "A Spanish Republican", dolido por la
España monárquica oficial que oprimía a Cuba, no disimula su repudio frente a lo más
negativo de las prácticas y creencias de los españoles.
Junto a un grupo de personajes populares, el inventario de políticos que menciona
Martí es amplio, y su caracterización acertada: el general Serrano "dreams of
succeeding the King"; el dramaturgo Echegaray "is a fiery genius, who is
shouting in royal palaces for reform"; de Cristino Martos opina que "his
intelligence, his true genius at improvisation, and his wonderful capacity cloak his lack
of knowledge"; y siguen jucios sobre Sagasta, quien se encuentra "at the head of
a moderate and intelligent party, bending readily to the wind of power"; sobre Ruiz
Zorrilla, a la cabeza del partido liberal "the glorious party which purified
Europe as long ago as 1812 with the air of liberty"; sobre Salmerón, "the
man of steel", jefe posible de "the Spartan, philosophical, and monumental
Republic" del porvenir; "for the impossible republic terrible,
destruc- tive, renovating, socialist", piensa en Pi Margall; y para "the
literary republic elegant, coquettish, reassuring, brilliant, conservative
there is the man of wax, Castelar". "But", se pregunta Martí al
terminar este trabajo, "can a people who love bloodshed... become a peaceful and
industrious people?" Ve las dificultades y otra vez censura lo que más le repugna de
España, después de la absurda monarquía: las corridas de toros.
Poco más de tres meses después de publicar en The Sun "The Spanish
Volcano", apareció en The Hour el otro periódico de Nueva York para el
que escribió Martí en inglés el artículo que antes se citó, "Artistas
españoles" ("Spanish Artists"), que aún no han recogido sus Obras
Completas pero que forma parte del folleto "Seis trabajos desconocidos de Martí
en The Hour", citado en la "Cronología", en el que repite las
ideas y los juicios con los que empieza la siguiente crónica; allí dijo: "Hay mucho
de los antiguos galos en los más modernos franceses, pero aún hay más de los godos en
los españoles de todas las edades... Como cualquier otra capital, Madrid reserva la mejor
acogida para los hombres y las cosas que tienen la virtud de ser extranjeros..."
En el discurso sobre Echegaray que pronunció Martí en el Liceo Artístico y Literario
de Guanabacoa el 21 de junio de 1879, poco antes de que lo desterraran de Cuba, hizo
mención preferente de las dos obras que aquí recuerda, "La esposa del
vengador" y "En el puño de la espada", y de ésta hizo, como se verá, una
descripción muy cercana a la de aquí: "... Un hijo se clava en el pecho cruel
puñal que a mantenerse al aire, fuera padrón de ignominia y sentencia de muerte para su
madre" (15, 99).
Habla de Cristino Martos como ejemplo de los políticos "prejudiced and weak"
que pierden el tiempo en conciliar asuntos inconciliables; dice: "They make
themselves conciliators in matters irreconcilable", palabras que repite casi
verbatim et literatim, en situación semejante, al referirse a los liberales ante el
nombramiento para gobernador de Madrid del general Ignacio María del Castillo: en ese
escrito, publicado el 23 de febrero de 1882, en La Opinión Nacional, dijo de
ellos: "... son vanas su humillación y mansedumbre, y pierden tiempo valioso en
conciliar lo inconciliable" (14, 375).
Como se verá, Martí habla en "The Spanish Volcano" de los "winged
albums" que tienen algunas mujeres con "autographs of illustrious persons, with
vague lines written by poets, and sketches drawn by famous artists", lo que también
aparece en uno de sus "Fragmentos" al decir: "En España, las mesas de los
poetas estaban cubiertas de abanicos-álbumes [para los que] el ingenio de los poetas, no
siempre fresco ni brillante [tenía que] crear aéreos madrigales" (22, 164). En esta
crónica asimismo afirma que el mariscal Serrano, "at his estates in Andalusia...
dreams of becoming a MacMahon... Sagasta dreams of becoming a Thiers; Canovas dreams of
being a Bismarck; Pi Margall of being a Proudhon, and everybody dreams of being a
Gambetta", ideas que están en el artículo antes mencionado sobre
"Sagasta", donde afirma: "Il y a toujours une ressemblance entre les hommes
de la politique espagnole et les hommes de la politique française. Castelar, par exemple,
rève [sic] Gambetta. Le maréchal Serrano rève [sic] le maréchal
MacMahon... Sagasta rève [sic] M. Thiers..." (14, 28) Por otra parte afirma
aquí: "There are no more fraternal adversaries than Spaniards. Their discussions are
violent, but friendly. Bad passions never warp good characters", opinión que repite
dos años más tarde, el 4 de abril de 1882 en La Opinión Nacional: "Dice
bien de España este odio al odio. Los cabecillas de los bandos se pondrán a punto de
morir; pero una vez a este punto, darán su vida por salvar del riesgo a que los han
expuesto sus rivales" (14, 441).
Hasta las figuras menores que se mencionan en "The Spanish Volcano" aparecen
en crónicas posteriores de Martí: en ésta habla de la actriz francesa Ghinazzi, la cual
"threw herself into a cage of lions to draw attention to her pretty Chinese
face", anécdota curiosa que repite el 17 de octubre del año siguiente, en el
periódico de Caracas, donde dijo, sin mencionarla por su nombre: "Una comedianta
francesa, criaturilla encantadora, por ganar notoriedad, entró en un circo en una jaula
de leones: cual si en ansia de brillante vida, la muerte le fuera preferible a una
existencia oscura..." (14, 128)
Además de cuanto se ha dicho, se confirma la presencia de Martí en esta crónica al
leer sus juicios sobre la mujer española, en particular la madrileña, sabiendo de sus
amores con una de ellas en sus días de estudiante: tal parece que con su recuerdo aquí
la describe: como hizo luego en "El centenario de Calderón" al hablar de
"las modistillas hambrientas y elegantes" (15, 120) y de las
"criadillas" de la "plaza de Oriente" (15, 124); o en el escrito antes
citado, del 23 de febrero de 1882 en el que las recuerda como aquí: "... de tanto
coser en las buhardillas frías, mueren, como a viento que segase todas las flores del
prado, frágiles mujeres, monadas de almas amantes, que se van de la tierra sin empleo,
[y] cruzan como parvadas de mariposas a quienes se están cayendo ya las alas, [o] andan
de vuelta ya al hogar que vive del jornal de la pobre hija, por aquellas estrechas
baldosas de las callejas de los barrios ruines, que alegran con su ingenuo regocijo, la
flor humilde con que sujetan al pecho la mantilla, y el taconeo sonante de sus pies
pequeños y veloces..." (14, 378) Y en "The Spanish Volcano": "The
women of Spain, born for love, are not made for vice. Ennui, the great tempter, poverty,
and the desire for sight-seeing which devours Spanish women may throw them into vice; but
when they fall, they fall into the arms of lovers really loved. The world is blotted out.
The glorious sun shuts his eyes and covers them with his great blue cloak. Sometimes they
awake to reality and weep, but they are so thoroughly enmeshed that they again return to
dreamland. Although they give themselves entirely to love, they are chaste and proud
toward those whom they do not love. Vice is really repugnant to them... In Madrid, those
poor birds of the street, though famishing with hunger, are seated upon their work
benches, in love with their poor students..."
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"Rejoneando a la
antigua usanza". Corrida de toros con motivo de la boda
real, dibujo de Perea en La Ilustración Española y
Americana. "¿Puede verse con tanta frecuencia la sangre
sin que se le entre a uno por los ojos? Esa sociedad de toros,
¿no hace toros a los hombres?"
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EL VOLCÁN ESPAÑOL
La lava y la escoria dentro del cráter. El ruido que anuncia la tormenta.
Madrid: ciudad acogedora. El carácter español. El influjo de París. La mujer. Los
chulillos. Las calles, los teatros y los cafés. Nobles y toreros. El poeta Echegaray y el
mariscal Serrano. Cristino Martos y otros políticos: Sagasta y Salmerón; Pi Margall y
Castelar. La república futura. El daño de las corridas de toros.
Nada es más grato que una amable acogida en tierra extranjera. El más pequeño favor
parece el más grande regalo. Un sentimiento de gratitud nace hacia quien nos muestra
aprecio sin conocernos. En todas partes se encuentran almas buenas. En las grandes
ciudades hay gente que recibe al recién llegado con sonrisas cordiales y un cálido
apretón de manos, pero ninguna es más acogedora que el noble y viejo Madrid. No importa
de dónde vengan, para la inteligencia, la elegancia y la belleza siempre tiene Madrid los
brazos abiertos. Si uno sabe ser amable y agradecer la mano que ayuda, se es bien
recibido. Como flor calentada por el sol, el carácter de España se abre a la luz de la
amistad, allí donde son buenas las mujeres y honorables los hombres. Los defectos del
español nacen de la fermentación del país: de la pobreza, del desempleo, del exceso de
imaginación, de las necesidades del vivir y del exagerado amor al lujo; pero sobrevive la
esencia de su espíritu: una mezcla del rudo vigor gótico y del afeminamiento moro. El
buen carácter es muy de España. En todos los hogares reciben con cariño al desconocido,
lo invitan a comer y, si acepta, verá que a nadie en la casa le estorba su presencia. En
algún momento todo español se siente un caballero de la Edad Media.
*
París es una Circe que ha manchado la tradicional franqueza y los buenos modales de
España. Por imitar lo francés, se ha perdido originalidad sin llegar a poseer la gracia
inimitable y el exquisito refinamiento de la vida parisién. Como en tiempos de Boileau,
sólo lo auténtico es hermoso. La invasión extranjera se ha consumado: para ser modista
hay que ponerse un nombre francés, y uno italiano para ser cantante; se va de compras a
la tienda extranjera, y los balnearios de moda son aquéllos donde no se habla el
castellano. Pero la española está hecha para el amor y no para el vicio. El tedio
gran seductor, la pobreza y el deseo de viajar que devora en España a la
mujer, pueden llevarlas al pecado, pero la caída es en brazos de amantes a los que en
realidad quieren. Se les acaba entonces el mundo: el sol desaparece y las deja sólo
cubiertas con el manto azul del cielo, y cuando salen del sueño y ven la tragedia de su
vida, sollozan, pero tan acostumbradas están a ese sueño que vuelven a él como por arte
de magia. Se entregan por completo al amor, pero no dejan de ser castas y orgullosas con
aquellos a quienes no aman, y ante el vicio sienten repugnancia. Pero la vida de
París es contagiosa. La española que regresa de la capital francesa vuelve frívola.
Mlle Ghinazzi entró en una jaula de leones para llamar la atención y para que la
gente viera su cara achinada y bonita. Su ejemplo es bien elocuente. Hay mujeres en
España, como las hay en París, que emplean hombres como doncellas y sirvientas. Esto,
sin embargo, aún no está de moda. En las calles de Madrid se ven letreros en francés.
Las empleadas en las tiendas tratan de hablar la lengua de Racine, y algunas compradoras
que sólo tienen una idea vaga del idioma, a veces piden encaje cuando en verdad quieren
terciopelo, y prefieren comprarlo antes de que se descubra su ignorancia. Los señoritos
españoles encargan sus trajes a los bulevares de París, y en los bailes hablan un
gracioso patois. Los temas más delicados se discuten en el lenguaje más
incorrecto. En vano los académicos han escrito un libro sobre la ausencia de la mesa del
rey del plato nacional, la olla podrida. La olla está desapareciendo como desaparecen las
viejas lámparas de aceite, los monjes gordos y risueños y la misma monarquía.
Madrid se ha convertido en una ciudad francesa. Es triste, pero el influjo de la gran
ciudad gala está perturbando y corrompiendo a las mujeres del pueblo esas criaturas
débiles que guardan en su pecho el secreto de la felicidad de las naciones. En un país
donde las esposas y las hijas de los trabajadores no son virtuosas, todo está perdido, y
perdido para siempre. En Madrid esas infortunadas aves de la calle, aunque muriéndose de
hambre, permanecen en los bancos del trabajo enamoradas de estudiantes pobres y soñando
con pasear en coche durante el invierno y en carruajes abiertos durante el verano. Cuando
el vivir es caro y los sueldos bajos, no siempre ignoran la voz que las invita a unir el
atrevimiento de París con el fuego de España. Aunque saben que les mienten, se entregan
preparadas a engañar a su vez a los que las han engañado. Un bajo nivel de moralidad
daña la virtud de las mujeres pobres de la misma manera que una falsa idea del socialismo
daña la virtud de los hombres. "¡Si no podemos mantenernos de pie", dicen,
"caemos, pero tenemos que vivir". Es un grito de desesperación en un país
donde no se saben apreciar las abundantes riquezas naturales. Así mueren el honor y la
grandeza de los pueblos.
Esa influencia perjudicial, y la visible angustia que causa la imitación de usos y
costumbres sólo entendidos en la superficie, han creado inquietud en las clases altas.
Pero, a pesar de todo, la gente conserva la franqueza de Andalucía, la espontaneidad y la
confianza en la honradez de los que acaban de conocer, rasgos que siempre han sido los
encantos de la sociedad española. Su virtud no es falsa, y hasta sus vicios no carecen de
cierto pudor. La española compensa su falta de educación con el encanto de sus ojos
lúcidos, su donaire y su hábil empleo del abanico. Por lo general los abanicos están
llenos de autógrafos de personajes ilustres, de versos de poetas y bocetos de artistas
famosos. Son como álbumes alados. Se entra en un salón, y una dama le ofrece al
visitante la mano y el abanico, y la etiqueta exige escribir en él un renglón amigo o
una copla elegante. Una vendedora de cerillas, descalza y con una capa rota, y con la cara
escondida en uno de esos singulares pañuelos que usan los chulillos especie de
niños desgraciados que ejercen todos los oficios es dueña de uno de los más
curiosos abanicos de Madrid. Los poetas y pintores que visitan el Café Suizo se lo han
adornado con artísticas obras maestras.
*
Los chulillos son interesantes criaturas. Como el Gravoche de Víctor Hugo, son héroes
en harapos. Esos pilluelos en las calles de Madrid venden periódicos, flores y cerillas.
Viven a base de pan, uvas y cerezas sin carne, porque es muy cara. No conocen ni el
calor ni el frío porque tienen la fuerza que nace de la alegría del vivir. En una helada
noche de diciembre un niño con periódicos bajo el brazo, frente al café Suizo, vendía La
Correspondencia ese diario favorito de Madrid que contiene las noticias del
día, reseñas de duelos frustrados, dramas de amor, chismes elegantes, elogios a tanto
por línea e insultos a precio fijo. Todo lo personal, aunque sea pueril, encuentra lugar
en sus páginas. Es un servil lacayo del gobierno. Su dueño, un judío, ha logrado todo
tipo de honores y condecoraciones, inclusive un escaño en el Senado, con el que no sabe
qué hacer. Era ése el periódico que el niño estaba pregonando. Un viento frío casi le
congelaba las palabras en los labios. Salió del café un caballero, y le dijo:
"Debes tener frío, muchacho". Entonces lo envolvió en su capa y lo llevó a su
casa, le dio una buena cena y lo vistió con ropas de su hijo pequeño. A la noche
siguiente otra vez el viento helado silbaba por las calles. El café estaba lleno, y el
mismo chiquillo en la puerta vestía sus viejos harapos. Al salir del lugar el generoso
caballero lo vio otra vez medio desnudo. "¿Dónde está la ropa que te di?", le
preguntó. "Tuve que venderla, caballero, para comprarle una manta a mi madre".
"¿Y no sientes tú frío también?" "Señor, ¿siente usted frío en la
cara?" "No", contestó, y el chulillo le ripostó: "Pues yo soy
todo cara", y se fue gritando "¡La Correspondencia!" Había dicho
la verdad: su madre estaría con la manta nueva. De las filas de niños como ése salen
los obreros, los vagos, los toreros y los bandidos.
*
Los cafés españoles son únicos. Allí se estrenan los oradores. Allí se discute la
esencia del amor, la teoría de Darwin, las aventuras de una marquesa y la política.
Allí se leen poesías y se analizan las mejores obras de teatro. Allí los pintores
esbozan cuadros, muestran sus diseños y cubren las mesas de mármol con sus creaciones.
Los nombres de Schelling y de Hegel, del matador Frascuelo y de Calderón, el picador,
están a la misma altura y se mencionan al mismo tiempo que el de Miguel Ángel y el de
una descarada bailarina Roteña, y se compara a Sagasta con Homero. Y a pesar de alguna de
esas maldiciones o juramentos que tanto gustan a los españoles, cuanto allí se dice se
dice bien. Cada mesa tiene su orador, y con frecuencia una mesa está rodeada de oradores.
A las tres, cuando da el sol su calor más suave, si uno mira desde el ventanal de uno
de esos cafés de Madrid, se sorprenderá del lujo que pasa por la calle. Todos, ricos y
pobres, se pasean y van bien vestidos. Mujeres de tez fresca y niños traviesos forman
grupos de pureza y de hermosura. Allá va el coche de la Marquesa de Santa Cruz, una noble
y simpática anciana; por allí viene la carroza de la condesa de Superunda, una favorita
de palacio; por otro lado cruza en su volanta la adorable condesa de Guaquí, o la de
Zenobia ODonnell, la hija orgullosa del gran mariscal, casada con el marqués de la
Vega Armijo; allí están los lacayos de la marquesa de Santiago, que fue antes bailarina,
y está también el cochero de la duquesa de Santoña, una mujer del pueblo casada ahora
con un duque que hacía sombreros. En El Retiro todas las damas saludan a la marquesa de
Portugalete, orgullosa de su gran castillo, quien mira con desprecio a todos desde su
balcón de piedra. Allá van los coches de los petimetres, los cuales, aunque necios, se
siente pena por ellos ya que no tienen fuerzas para dominar a un toro por el rabo, como el
Cid, ni dinero que perder en los caballos, como Lorillard. La gente que sufre el desprecio
de los nobles sonríe cuando ve el coche de una marquesa que se rumora tiene amores con
Frascuelo: cuando lo hirieron en la plaza, la multitud llenó las calles de Madrid,
ansiosa por saber cómo estaba el torero. La escena hacía recordar el dolor de París
cuando el gran Mirabeau estaba en su lecho de muerte. El rey mandó sus ministros a ver a
Frascuelo, pero fue la marquesa la primera en escribir su nombre en el registro de
visitas. Frascuelo había sido un chulillo, y después carnicero, pero ahora se presenta
en la plaza de toros en un magnífico caballo negro que le regaló la marquesa. El encaje
de su chaquetilla de seda azul es un recuerdo de esos amores. Cuando el toro cae herido a
los pies de ese hombre fuerte y vulgar, un pañuelo, un abanico, un anillo o una bufanda
de la marquesa vuela por el aire y cae al lado del animal que se va en sangre.
A veces se ve una encantadora criolla entre los paseantes. Aunque ya tiene casi
cincuenta años, es famosa por su gracia y por su hermosura la marquesa de Serrano. Sus
pequeñas hijas siempre la acompañan. En la boda del rey Alfonso con Cristina, la
marquesa de Serrano estaba rodeada de los más ingeniosos admiradores. Su rival era una
húngara, famosa en la corte de Viena, la soberbia y perfecta Diana, cuyo vestido nacional
enseña más de lo que esconde: es Irma Andrassy, una estatua viva. Su belleza fascina a
los elegantes invitados que se reúnen en el salón del mariscal Martínez Campos, muy
considerado por los reyes, que así rinden tributo al pueblo triunfador. Como fue la
Andrassy de dama de honor de la reina, se dijo que era más bella que rica. Las mujeres
que ha desplazado la odian y dicen que había ido a España "a buscar
marido".¡Ah, las mujeres de la Corte!
*
Dos hombres en Madrid son conocidos tanto por la belleza de sus mujeres como por el
papel que juegan en la historia de España. Son el general Serrano, un militar de
gabinete, y el poeta Echegaray. Cuando sus mujeres aparecen en los palcos del Teatro
Español atraen todas las miradas. La del poeta es una estatua griega con pelo de india.
¡Qué diferentes son los esposos! El mariscal está cargado de honores y se supone que es
el padre del rey. Todavía es mujeriego, pulcro, cortés, discreto y hábil para halagar.
Tiene una voz dulce y una sonrisa agradable. Con impaciencia espera el día en que de
nuevo será el árbitro de los destinos de España. En su hacienda de Andalucía sueña
con ser otro MacMahon.
Don José Echegaray es un genio fogoso que clama en los palacios por reformas.
"Necesitamos aire nuevo", insiste, "y no podemos esperar". Su voz es
terrible y profética. Echegaray es un orador atrevido. No aspira a ser ministro. Tiene
demasiado amor propio e independencia para aceptar el poder cuando hay que comprarlo al
precio de humillantes concesiones. En tiempos del rey Amadeo sacudió el trono desde la
tribuna. En prudente silencio espera la caída de Alfonso. Los filósofos que no creen en
los poetas están asombrados de la profundidad de su mente, y los inquietos poetas que no
creen en los filósofos se encantan con su espléndida inteligencia. Echegaray quiere
reformar el teatro y que circule sangre joven por las perezosas venas de los españoles.
Le disgustan los dramas fastidiosos y las miserables imitaciones del teatro francés que
rebajan la escena nacional. Como hombre de su época, en la que nada es seguro ni estable,
Echegaray no sabe dónde encontrar temas para nuevas y vigorosas inspiraciones. Sus ojos
están fijos en las grandezas del pasado. Al esforzarse en ser hombre de la época que
desprecia, y que ha tratado con honradez de mejorar, Echegaray quiere escribir de las
penas y vicisitudes del presente con la lengua de Calderón y la profundidad de
Shakespeare. Le molesta que haya sido un francés quien inmortalizó los rasgos mejores
del honor castellano. Después que Víctor Hugo escribió Hernani, Echegaray
presentó En el puño de la espada, un drama en que el hijo se suicida con un
puñal para que no se descubra la deshonra de su madre. Cuando se decía que la lengua de
Lope de Vega había desaparecido, escribió La esposa del vengador, en que la vieja
daga de España brilla como un diamante. Ante su conciencia muestra con brutal esplendor
las verdades y los encantos de los más terribles conflictos. Nadie ha analizado con tanta
habilidad como Echegaray los compromisos que llegan a hacer los hombres al amparo de
recriminaciones mutuas, y nadie les ha dicho con mayor franqueza lo que deben hacer.
El mariscal Serrano es un epicúreo; Echegaray, un orador, un poeta, un ingeniero
práctico y un espadachín: es un reformador único que trabaja por renovar las glorias
del pasado con la quieta autoridad de la razón y no con el entusiasmo pueril del
fanático. Serrano sueña con suceder al rey. Todos conocen la importancia de su ilustre
nombre y de sus bigotes blancos, como conocen también su pequeñez. Es el hombre indicado
para ser presidente de una república de aristócratas y de ricos. Echegaray, cuyos ojos
le brillan tras las gafas, aspira a ser el rey del drama español, preludio de la caída
del rey burgués de España.
*
Otra famosa figura en Madrid esconde su ardiente mirada tras los lentes. Algunos
hombres encarnan las ideas que profesan sin temer sus consecuencias: son los mártires.
Otros sólo hacen las cosas a medias, y por débiles y sectarios pierden tiempo valioso en
conciliar lo inconciliable: son los ministros en tiempos transitorios y de revolución.
Cristino Martos es uno de esos hombres, hijo de su talento y producto de su voluntad y de
su fuerza. Orador poderoso, fue el Mefistófeles del rey Amadeo. Martos es un gran
oportunista quien con una palabra en las Cortes destruyó la fama de su amo y señor, don
Nicolás Rivero. Martos es casi un ignorante. Por lo general sus conocimientos están
basados en la intuición. Desprecia el estudio de los enigmas cuyo desenlace en un momento
determinado podrá adivinar. Es perezoso como un napolitano, y sus ojos siguen el
movimiento universal hacia el progreso. Con una poderosa inteligencia resuelve los
problemas del porvenir, y con un lenguaje claro y enérgico expone el resultado de su
pensamiento. Los buenos políticos deben poseer un talento: el de la inercia, que es a
veces la acción. Martos posee ese talento y confía en el futuro, en lo inevitable. Su
instinto lo ha preparado para lo que viene, y no perdería una hora de sueño por
adelantar lo que de todas maneras ha de llegar. Ama sus ideas y jamás las traiciona. Sabe
cómo dividir a sus enemigos y cómo entrampar a sus adversarios más astutos, pero,
consciente de su poder, alguna vez ha permitido que su orgullo abra un abismo entre sus
propios amigos después de que abrió otro para sus enemigos. Sin la actividad de
Gambetta, tiene, sin embargo, su puntería, pero no el arte de aquél para hacerse
popular. Es dócil, suave, elocuente y terrible, pero no es fuerte. Tiene talento
político para destruir, aunque su buen gusto y su sentido artístico lo han salvado de
convertirse en un demagogo. Pero le falta la voluntad, la grandeza y la resistencia
necesarias para organizar un pueblo. El problema es igual en todas partes: el viejo mundo
ha caído, y todos nacimos sobre sus ruinas. ¿Quién será el primero en unir, y en
mantener unidos los elementos que se necesitan para formar de nuevo las naciones?
Martos tiene el juicio y la elocuencia de don Salustiano Olózaga, el orador que
primero estremeció el trono de la reina Isabel con su frase memorable: "¡Dios salve
a la reina!" Martos ha conseguido triunfos espléndidos como abogado: su inteligencia
y su genio para la improvisación esconden sus escasos conocimientos. En defensa de
delincuentes políticos ha demostrado su maravilloso tacto, usando un lenguaje tan
convincente que no se le notaban los defectos. Él será el político más prominente de
la revolución cuyo reflejo se ve ya en la transitoria monarquía de Alfonso. Hoy está
asociado con demócratas de varias clases para combatir al enemigo común; mañana, cuando
caiga el trono, cuando los teóricos se disputen el poder, cuando la gran cuestión que
hoy mueve a Francia toque a España, Martos estará a la cabeza de los oportunistas, que
son los vecinos más cercanos del radicalismo. ¡Sólo Dios sabe cuántos partidos habrá
entonces en España! Cada uno tendrá su líder ilustre: las fuerzas sociales nacen de
diversos intereses y de diversos prejuicios, los cuales, junto a los de cada persona,
deciden de antemano la lucha de los partidos.
Sagasta está a la cabeza de un partido moderado e inteligente que se pliega a los
dictados del poder. Esa postura no asusta a los que se adhieren a una monarquía con el
espinazo roto, todavía con la esperanza de conservar sus riquezas en peligro. Todas las
clases sociales tienen sus estadistas: los militares, que ayer fueron cadetes y que hoy
presumen de sus éxitos, y del miedo mismo que inspiran al pueblo, los militares que no
quieren perder su autoridad en un gobierno republicano y civil, tienen al mariscal
Serrano. Para el simple y glorioso partido que purificó a Europa con aires de libertad en
1812, para los liberales intuitivos que aman la libertad mejor que la comprenden, para los
niños pues son niños, sin que importe cuántos años tienen que fueron
derrotados en su inicio infantil y heroico, a quien hoy siguen los campesinos y los
tenderos que aún permanecen en el umbral del siglo XIX, para esos liberales hay un Ruiz
Zorrilla. Para la república espartana, filosófica y monumental está Salmerón, el
hombre de acero. Para la república imposible, tremenda, destructiva, renovadora y
socialista, está el hombre de mármol, Pi y Margall. Y para la república literaria,
elegante, coqueta, tranquila, brillante y conservadora, está el hombre de cera: Castelar.
En su momento, Castelar puede conseguir el equilibrio de los elementos opuestos y apoyar
sólo lo que por sí mismo haya logrado establecerse, pero su caballerosidad literaria y
su gracia casi femenina han de suavizar la cólera y disminuir o evitar muchas
catástrofes. Castelar es el Serrano de la mente. Como confía en el futuro poder, espera
la hora propicia, y oculta su impaciencia con la excusa de un pensamiento conservador.
Martos, su formidable adversario, no tiene la imaginación de Castelar, pero es más
hábil que él; es menos elocuente, pero tiene más tacto. Castelar y Martos formarán una
alianza conveniente en la contienda venidera. Castelar ha de compartir su triunfo con
Sagasta, pero Martos sería más útil para la libertad.
Los hijos de las clases pobres llegarán inevitablemente al poder. Esos oradores y
líderes de partido, como los de la monarquía reinante, son hombres del pueblo. Entre
ellos sólo hay dos que puedan ser ministros y mártires: Salmerón y Pi y Margall. Las
miradas de algunas mujeres llegan hasta el alma: los ojos de Salmerón la conmueven. La
mente tiene sus Napoleones: Salmerón es uno de ellos. Como mano de médico sus ojos
analizan, separan y examinan todo lo que está a su alcance. Con una sola mirada descubre
el contenido y la profundidad de cualquier hombre. Para ser imponente sólo necesita
hablar. El primer Cánovas sintió la presencia de Castelar en las Cortes, pero hubiera
sido aplastado por la cuidada elocuencia de Salmerón. Es el trueno del Sinaí. Hay que
haberlo visto en su cátedra en la Universidad, una cátedra que no abandonó ni en los
días en que era jefe de la nación. Aunque es honrado y famoso, nunca tiene más de una
docena de alumnos en su clase. Entra en el aula erguido y severo, con ojos de iluminado.
Las palabras de este profesor de filosofía caen al principio lentas, dolorosas y pesadas,
como fluyen las aguas de un arroyuelo, pero luego crece la corriente bajo la fuerza de su
pensamiento hasta que corre amplia, libre y vigorosa como el agua de un potente río.
Aunque pegado al estilo oratorio de la universidad, sus ideas tienen tanto peso, y su
concepto de lo humano es tan comprensivo y amplio, que su estilo, afectado y molesto en
otros, llega a parecer en este gran pensador sincero y natural. Como es de hierro, no se
dobla. Al igual que él, su republicanismo es limpio y austero. Cuando no quiso firmar la
pena de muerte de tres ciudadanos, abandonó el poder en medio de la crítica de los
envidiosos y del aplauso de los fuertes. Castelar vive tranquilo en un barrio elegante de
Madrid; Salmerón vive exiliado y pobre en París. Es un hombre que merece la gloria. Sin
duda es el más vigoroso de los españoles. Alemán en la filosofía, es sajón en su
método expositivo; en su sobriedad y su madurez, y en la elocuencia y el entusiasmo es un
latino.
Pi Margall es otro apóstol de España. Es un buen viejo de barba poblada y ancha
cabeza. Usa un lenguaje simple y profundo. Todas las tormentas de la época se esconden
tras su aparente calma. No se le puede convencer de nada: él es un gran convencido.
Seguro conocedor de la historia, la escribe de manera admirable. Es un perito en los
sentimientos, y en la filosofía un sabio. De lo único que se siente orgulloso es de su
modestia. Es un apasionado de la reforma social: con apuro clama por lograr la dicha de
los infelices, y no oculta su opinión de que eso sólo se ha de lograr poniendo las manos
de la destrucción y la violencia en los sistemas políticos imperantes. Cree que cuando
el pueblo mata en lo político debe matar de manera completa. Su república es una virgen
con un libro en la mano y una pica en la otra. Una república así inspira más respeto
para su apóstol que para el programa.
Castelar tiene solamente que esperar y prever. Convencido de que andará sobre las
ruinas, espera el paso de la tormenta. El país, ya de tendencia republicana, será
república de nuevo; y su primer presidente debería serlo el buen mariscal Serrano, que
ha sido casi rey, que es amigo e hijo de nobles y que tiene una infusión de sangre real
en las venas. Un gobierno militar y conservador podría calmar los temores de la nobleza y
de los ricos, controlar las impaciencias del pueblo y acostumbrar a los militares a los
modos republicanos. Cuando se establezca sobre esas bases el gobierno, cuando los
monstruos sean vencidos y se desprecie a los antiguos domadores, Castelar avanzará
orgulloso, magnífico y sereno, con el apoyo del partido conservador y de la Europa
republicana que lo adora, para tomar las riendas del poder. Es posible que eso sea sólo
un sueño glorioso, ya que no se debe subestimar la fuerza de los monstruos.
Es interesante observar a Sagasta. Sus frases son látigos. Cuando habla en la Cámara
nadie se siente seguro, pues pocos escapan de sus azotes. Su lengua desgarra como si fuera
una fusta de Rusia. Aunque nacido del pueblo, sirve a los reyes, o parece que los sirve,
aunque en realidad solamente sirve al pueblo. Él ayudó a poner en el trono a Alfonso,
pero ayudará también a destronarlo. Se ríe de todo, hasta de sí mismo. Es buen orador
aunque el sarcasmo le quita brillo a su palabra. Después de volver locos a muchos,
morirá con la irónica pregunta del emperador Augusto en sus labios: "¿Habré
actuado bien en la comedia?" Actúa bien, sí, pero se le ha descubierto el
artificio. Los reyes ya no confían en él. Como navega con dos velas, es posible que un
día llegue al poder, lo que sería ventajoso para el país. Es un mago de la astucia, y
un digno adversario de Cánovas del Castillo. Sagasta sueña son ser Thiers; Cánovas con
ser Bismarck; Pi Margall con ser Proudhon; y todos sueñan con ser Gambetta.
No hay adversarios más fraternos que los españoles. Sus polémicas, aunque violentas,
son amistosas. Se hacen los más terribles reproches pero éstos no estorban sus
relaciones personales. Las bajas pasiones jamás deforman sus caracteres nobles. Casi
todos tienen una madre común, la pobreza, y un vínculo que los une, la inteligencia.
Como verdaderos españoles se sienten orgullosos del talento de sus adversarios. Es raro
que en sus discusiones asome la despreciable cabeza del odio.
*
Pero, ¿puede un pueblo que ama la sangre de la corrida de toros, que lleva a la esposa
y a la hija a ese espectáculo cruel de arena roja, que llena el aire de gritos por la
agonía del toro moribundo, puede un pueblo así convertirse en un pueblo industrioso y
pacífico? ¿Puede verse con tanta frecuencia la sangre sin que se le entre a uno por los
ojos? Esa sociedad de toros, ¿no hace toros a los hombres? ¡Ay, alegres damas, nobles y
ociosos jóvenes, pobres obreras deshonradas, toreros salvajes, autores imitativos,
oradores brillantes, gitanos de ojos negros y labios que queman, mujeres que mueren de
tedio, hombres inteligentes y perezosos, quiera el cielo cerrar para siempre las plazas de
toros y callar a los cantantes borrachos y vulgares! ¡Quiera el cielo que el hambre de
lujo les sea reducido a los españoles a fuerza de amor al trabajo, que las obras
científicas sean tan valiosas como su encantadora poesía, que usen la inteligencia de
acuerdo con los dones que recibieron de la Naturaleza! ¡Ojalá que pronto alumbre el día
en que ninguno de sus hombres independientes y orgullosos llegue al hogar en busca del
reposo del vivir, y oiga las palabras de una mujer que hace poco exclamó al ver en la
plaza a un toro partir en dos un caballo muerto: "¡Jesú, qué toro tan
divino!"
Un republicano español
The Sun, 19 de septiembre de 1880