NOTA
El gusto romántico puso de moda la figura de quien se mantenía al margen de la
sociedad, del rebelde ante los convencionalismos, del trovador, del pirata, del bandido.
Los gitanos, por su exotismo y su manera de vivir, su amor a la libertad, y perseguidos
por la justicia, cuadraban en el espíritu del siglo XIX, a su vez insumiso e
indisciplinado.
Desde su entrada en España a mediados del siglo XV, procedentes de la India, las
autoridades de todos los tiempos se propusieron integrar a los gitanos a la sociedad, sin
jamás lograrlo. Desde los Reyes Católicos hasta bien entrada la época moderna se
dictaron pragmáticas, decretos y disposiciones a fin de obligarlos a fijar residencia,
adquirir un oficio y renunciar a sus modos de vida y a sus creencias. El teatro español
del romanticismo, desde sus inicios, le dio categoría al gitano, como en El trovador,
de García Gutiérrez y en el Don Álvaro, del Duque de Rivas, obras que
inmortalizó Verdi en óperas; y en la novela, desde Fernán Caballero a Pérez Galdós; y
en los cuadros de costumbres, como en las Escenas Andaluzas de Estébanez
Calderón. Y no menos influyeron en el aprecio de la época por los gitanos los viajeros
franceses en España: entre otros, Prosper Mérimée, Theophile Gautier, Gustave Doré,
Alexandre Dumas; y los pintores que gustaron del tema: Edouard Manet, August Renoir,
Camille Corot, Eugène Delacroix.
De la cantera del Siglo de Oro, tan de moda en el siglo XIX, podría haber sacado
Martí rasgos de los gitanos tal como los describe en la crónica que sigue; de ellos
había dicho Cervantes en la primera de sus Novelas Ejemplares, en La
gitanilla, cuando hablaba un viejo en la boda de Preciosa justificando la manera de
vivir de su tribu: "... La libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni
a muchas ceremonias... [cuando hay adulterio] nosotros somos los jueces y los verdugos de
nuestras esposas o amigas; con la misma facilidad las matamos y las enterramos por las
montañas y desiertos como si fueran animales nocivos... Pocas cosas tenemos que no sean
comunes a todos, excepto la mujer o la amiga... Somos señores de los campos, de los
sembrados, de las selvas de los ríos; los montes nos ofrecen leña de balde; los
árboles, frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos,
peces; y los vedados, caza; sombra las peñas, aire fresco las quiebras y casas las
cuevas... Del sí al no hacemos diferencias cuando nos conviene. No hay águila, ni
ninguna otra ave de rapiña que más pronto se abalance a la presa que se le ofrece que
nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señale; y, finalmente,
tenemos muchas habilidades que feliz fin nos prometen, porque en la cárcel cantamos, en
el potro callamos, de día trabajamos y de noche hurtamos... No nos fatiga el temor de
perder la honra ni nos desvela la ambición de acrecentarla... Por dorados techos y
suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos..."
Pero mucho del saber de Martí sobre los gitanos era de su propia cosecha: el
impresionante duelo colectivo, que narra en esta crónica, con su secuela de sangre en la
plaza de toros, y los heridos llegando con sus mujeres al hospital, es algo que presenció
en sus días de estudiante, como lo confiesa al decir: "Five years ago we witnessed
such a scene at the hospital in Zaragoza". En 1883 Martí publicó en La
Ofrenda de Oro, de Nueva York, un artículo titulado "Entre flamencos" que es
paralelo a éste sobre "The European Gypsy", y, años más tarde, en El
Partido Liberal, de México, otro, en el que habla de "La bailarina sevillana
Carmencita": en ambos aparecen los temas y los personajes que esboza
aquí, y los tres trabajos anuncian la culminación lírica que logra en "La
bailarina española", de los Versos Sencillos. En el escrito de 1883 describe
el baile, la música, los personajes y las costumbres de los gitanos; se preguntaba en un
pasaje: "¿Quién no ha ido al teatro de la Bolsa [en Madrid] a ver... incitar y
encender a la Roteña...?" (28, 170)en "The Spanish Volcano" ya
había hablado de la "superb and shameless danseuse Rotena", y aquí, en
"The European Gypsy", recuerda el "Theatre de la Bolsa". En "La
bailarina sevillana Carmencita", que es parte de una de sus "Cartas
de Nueva York", publicada el 16 de julio de 1890 en ese periódico mexicano, tampoco
recogida en ninguna colección de sus obras, escribe de la bailarina: "... Párase
brazo en jarras, y a la oreja la gorra torera. Saluda de lado, como quien cita al toro...
se oye el taconeo, el barrido, el punteo de aquel pie de cisne que borda en las tablas. Y
cuando se va, desganada y perezosa, parece que se ha ido un rayo de sol..."; y
en el número X de los Versos Sencillos:
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero![...]
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones. [...]
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro (16, 80-82).
Pero en "The European Gypsy" se encuentra la semilla de cuanto vino después;
dice de la mujer: "She dances the fascinating fandango with slow and skillful
motions of the hips, the eyes fixed, the arms extended as though unrolling garlands
of roses, the bosom heaving apparently with mad desires, and the small heels gliding or
stamping on the sonorous board. She discloses her charms with a rapid motion, and conceals
them with another no less rapid. She twirls and whirls, throwing her glances like harpoons
and her arms like a net. When a spectator closes his eyes he sees golden showers, and he
feels a warm and voluptuous breeze. The songs will ring in his ears for days, and he will
hear them in his dreams".
En su artículo sobre "El Cristo de Munkacsy" Martí repite mucho de lo que
narra en "The European Gypsy": "La gente de esas tierras de Hungría, de
ojo negro y tenaz, adora la naturaleza, la pasión desnuda, el hogar franco, el campo
alegre y libre: en música son Liszt... aman de modo que queman... Parecen
príncipes todos aquellos vagabundos que se disfrazan, por capricho, de mendigos..."
(15, 344)
En "The European Gypsy" Martí menciona la leyenda del violinista gitano Jean
"Bihary", enamorado de María Teresa, emperatriz de Alemania y reina de Hungría
tema de particular interés para la mente romántica: "The Hungarians
preserve in a museum the portrait and the violin of a great Tzingane, Bihary, who died
nearly blind, forgotten and wondering through the streets. In his youth he had been an
artist of great talent and reputation. At one time he cast a covetous eye on the beautiful
Empress Maria Theresa. She applauded him with her white hands, and with her generous heart
forgave his folly". Antes había mencionado esa leyenda en "Los estudiantes
españoles", del 28 de febrero de 1880, uno de los "Seis artículos desconocidos
de Martí en The Hour", aún tampoco en ninguna colección de sus obras:
"Mas [el guitarrista] es célebre, y su vehemencia recuerda al gitano húngaro
Bihary, el osado cortesano de la emperatriz María Teresa..."; y por último en
"Entre flamencos": "El mismo Bihary, que amó a la reina María Luisa [sic],
y fue músico grande y gran gitano..." (28, 167) Y un detalle curioso, un lapsus
calami: cuando Martí firma ese artículo de 1883 le pone de fecha "Madrid,
1881", cuando se sabe que a fines de 1879 ya no estaba en España: tendría en mente
más cerca los trabajos en los dos periódicos neoyorquinos antes citados.
Martí dejó constancia de su general interés y simpatía por los gitanos en un
escrito publicado en Buenos Aires, en La Nación, el 20 de septiembre de 1885;
hablaba de la tristeza que uno siente por vivir en Nueva York, en particular ese día ante
la deportación de un grupo de gitanos que le recuerdan, por el colorido de sus trajes, un
cuadro de su admirado Albert Pasini, el pintor italiano; dijo allí: "... Ver pasar
unos infelices gitanos que el municipio cruel devuelve a Europa de donde acaban de venir;
verlos pasar, los pequeñuelos con sus ojos de amor; los chalanes con su chaqueta
alamarada; las mozas con sus pañuelos amarillos, entre los policías espaldudos que los
llevan a oír su sentencia de reembarque a la casa municipal" (10, 283).
En uno de sus Cuadernos de Apuntes, en el número 8, hay un glosario con las palabras
extranjeras que emplea en "El gitano europeo": "Galoubchikpaloma...
Balalaikala guitarra rusa... Quinjalpuñal" (21, 236, 240); y ahí
mismo se encuentra otra prueba mayor de la paternidad martiana de esta crónica: en ese
mismo Cuaderno aparece la frase que pone aquí en boca de la gitana a quien interrogan las
autoridades sobre su familia: "Mon pére [sic] est une corbeau, et ma
mére [sic] est un pie" (21, 240), que en inglés tradujeron: "My father
is a crow, my mother a magpie", y que en el español queda: "Mi padre es un
cuervo y mi madre una urraca".
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Grabado de Gustave Doré,
“Bailarina gitana cerca de Sevilla”, para el libro de Théophile
Gautier Voyage en Espagne. “No es posible olvidar los ojos
de una gitana. Su mirada se entra en la carne, va recta al
corazón y allí se queda. Baila el fascinante fandango con un
movimiento cuidado y suave de las caderas, saltándole el
pecho como esclavo loco de deseo. Con un súbito gesto enseña
sus encantos, y con otro igual los esconde, y durante muchos días
se quedan en los oídos las canciones, y se vuelven a escuchar
cuando uno sueña”.
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EL GITANO EUROPEO
Su vida, sus costumbres y su influjo en los países de Europa.
Una raza brillante y pobre vaga por los caminos de Europa, animándolos con sus trajes
de colores y conmoviendo consus cantos las grandes ciudades. Viven de amor y libertad. Son
los zíngaros, los zingaris, los gitanis, los zinganos, los zigeuners, los gitanos, los
gypsies, los egipcianos y los bohemios. Estos nombres indican de dónde provienen y su
relación estrecha con las razas del sur. Donde es caliente el sol, crecen las flores, la
vegetación es exuberante y caen frutas de los árboles, allí florece y prospera el
gitano. Su casa es un carro desvencijado; su ley, en España, una navaja, y el kinjal en
Rusia: una daga afilada y pequeña. Su ropa son trapos, y su ley la naturaleza. Mata a la
infiel esposa, y si una mujer cede a las tentaciones del mundo que le es ajeno, tiene que
morir. Sus agudos ojos negros, sus labios de lujuria, su nariz recta, su tallado mentón,
su tez morena y la abundante cabellera no deben corromperse con sangre extraña. Los
chinos no hablan de las costumbres ni de las leyes de su país: les es fácil el silencio
porque están lejos de sus hogares. Pero el gitano, a pesar de ser vicioso y amanerado,
débil y malicioso, nacido en los barrios pobres de las grandes ciudades, que sabe su
idioma y comercia con sus habitantes, se apega a su pereza árabe sin
jamás decir palabra de las leyes que lo rigen ni hablar de los dioses que venera o del
singular código de honor que observa. Para un gitano el robo no es una deshonra. Los más
respetables miembros de la tribu visitan al ladrón en la cárcel. Si en el bosque o en
una calle oscura se salen de sus vainas las dagas y se clavan en el corazón de un
contendiente enfurecido, al ruido del cuerpo que cae sigue el silencio del entierro del
muerto, y la caravana continúa su camino. ¿Qué es la vida para que tanto importe?
No se debe de hablar con ligereza de esta raza extravagante. Es la bella y salvaje
naturaleza que vive cara a cara con la otra naturaleza convencional y deforme. El gitano
no sabe de conceptos abstractos de libertad: para él la libertad es un instinto: la
tierra pertenece al hombre, y el hombre tiene derecho a la tierra: es ésa la esencia de
su religión. El árbol da frutas, comamos su fruta; la mujer tiene besos, arranquémosle
los besos; el sol es caliente, calentémonos al sol: he ahí su credo. El verdadero gitano
es un hombre primitivo que se siente enjaulado en la ciudad: es una viva protesta de la
naturaleza contra la humanidad actual que cree degenerada. No se parece al bárbaro del
norte que lucha con los osos, cava su hogar en la nieve, mata animales salvajes para
alimento y corta los árboles para que les sirvan de leña. El gitano es el hombre
inquieto del sur, bello como Apolo, elegante como una mujer, y ágil como un ciervo. Mata
a su compañera con la navaja o con un abrazo fuerte. Siempre es niño, no envejece nunca.
Respira la libertad natural. En todas partes de Europa es el mismo: un origen común les
da a todos rasgos semejantes. El zingano ruso ama la luz del sol, vaga por los caminos
vestido de harapos y toca la guitarra con la misma indiferencia y gracia que el gitano de
España. Sus bailes voluptuosos y frenéticos, su música lánguida y radiante, sus
trampas, sus peleas, su apatía y su mirada lúcida son iguales en las estepas negras de
Kiev que en la campiña dorada de Sevilla. Su madre es la tierra; su amor, el placer; y la
libertad su religión. Si le dan un
palacio vuelve a su choza. Simula obedecer las leyes del lugar donde nace y, si no las
cumple, se somete al castigo prescrito, pero en su mundo no hay más ley que el código
simple de la tribu, y del jefe es la única autoridad que respeta. Cuando el frío o el
hambre lo empujan a la ciudad, se queda en los barrios míseros donde los extraños corren
peligro. Vive a la intemperie, y las mujeres se peinan en la calle, visten a sus niños y
les hacen el amor a los jóvenes. Si el hambre apremia a un gitano, se levanta despacio,
maldice, mira celoso a su mujer de ojos negros, prueba el muelle que saca el acero de la
navaja, toma varios pañuelos rojos y azules y, cubierta la cabeza con uno que se anuda en
la garganta y cuya puntas le ondean en la espalda, echa a andar con su viejo mulo
desdentado. La venta de animales y de pañuelos es un trabajo fácil. Jamás el gitano ara
la tierra o levanta un martillo. Considera el trabajo una deshonra y sólo hace lo
indispensable para ganarse la vida. Si roba no es por amor al dinero, sino para huir de la
fatiga de ganarlo. Como la ciudad le resulta una cárcel, ama el campo donde puede
respirar libre y ser feliz: allí no paga albergue ni le preguntan a dónde va: las
estrellas son su luz, el sol le da fuego a sus huesos, y es regalada y abundosa la comida.
Allí no pide más que agua al arroyo, castañas al árbol, leche a la vaca perdida, y una
rosa para adornar el pelo de su amada. Y acostado y mirando al cielo canta por horas.
Cuando el arroyo se seca, las flores se marchitan y los árboles dejan de dar fruto, es
que se acerca el invierno, y una vida curiosa y fantástica se le ofrece al gitano. En
Rusia la alegre tropa vuelve a tocar la balalaica, su sonora guitarra. Por una taza de
té, un poco de mala cerveza o un plato de harina, el gitano canta sus melodías salvajes,
raras y tristes. Y bailan agitados y locos hasta que les hierve la sangre a los campesinos
medio borrachos que los observan. Bailan las mismas danzas a la orilla del Dnieper, en la
plaza de Pest, en las fiestas de Novograd y en las ferias de Sevilla. En Viena, Marsella y
Madrid, sus canciones son iguales: siempre la música sensual y febril que refleja el
curso de sus amores: en un momento un grito de placer, y en otro un lánguido suspiro que
se apaga. Bien hizo Liszt en escribir música sobre la de los gitanos: nada como ella ha
podido expresar de manera tan acabada el carácter de la raza. El gitano vive para amar.
El amor es la gran pasión que altera las otras pasiones, si no es que a todas las
origina. La pasión sin freno, el amor sin límites y la comunión con la naturaleza se
reflejan en esa música que fluye del gitano como el agua de un manantial y que brilla
como una llamarada.
No es posible olvidar los ojos de una gitana: su mirada se entra en la carne, va recta
al corazón y allí se queda. Bajo la piel oscura de una zíngara la sangre hierve, y sus
ojos relucen bajo largas y bien dibujadas cejas. Con un rizo junto a los ojos se cubre la
oreja, y fija con un largo alfiler de plata el moño tras el cuello. Como María
Antonieta, lleva un pañuelo de seda sobre el pecho, amarrado en las puntas tras su
esbelto talle para que le queden descubiertos los brazos y parte del seno. Su voz es
fresca y sincera, y logra expresar su llanto, sus suspiros y sus halagos. Baila el
fascinante fandango con un movimiento cuidado y suave de las caderas, con la mirada fija,
los brazos extendidos como si estuviera poniendo guirnaldas de flores, saltándole el
pecho como esclavo loco de deseo, mientras sus tacones repican y golpean el sonoro
tablado. Con un súbito gesto enseña sus encantos, y con otro igual los esconde. Se
vuelve, gira, y son flechas sus miradas, y red de pescador sus brazos. Y cuando uno cierra
los ojos se ve como una lluvia de oro y se siente la caricia de una brisa sensual y
cálida. Y durante muchos días se quedan en los oídos las canciones, y se vuelven a
escuchar cuando uno sueña.
Los gitanos dejan su huella en el mundo. Su aprecio por lo natural, su amor al placer y
su rebelde sensualidad, debilitan, corrompen y excitan los gustos de los pueblos de
imaginación viva y carácter romántico. Los húngaros conservan en un museo el retrato y
el violín del gran zingano Bihary, que murió en la calle casi ciego, olvidado y
vagabundo. Cuando era joven fue un artista de talento y de nombre, y en una ocasión
llegó a mirar con deseos a la bella emperatriz María Teresa. Sus blancas manos lo
aplaudieron, y su corazón generoso le perdonó a Bihary la atrevida mirada.
En España los gitanos se ganan el favor de la gente, y entran en las mansiones de la
nobleza y en los palacios de los reyes como flamencos, producto de la mezcla de algunos de
ellos con las clases pobres. Los flamencos tienen un teatro en Madrid. Los hombres se
vuelven locos por verlos: van a los cafés a oír las historias de sus aventuras, los
adoran, y se sienten atraídos por sus mujeres y sus hijas, cantan y comentan sus
canciones y gastan con ellos el jornal de la semana mientras tiemblan de frío ante el
hogar sin fuego la esposa y los hijos. El flamenco da fiestas en la casa del rico, a las
que sólo unos pocos son invitados. Elegantes condesas bailan el fandango, y sin pudor ni
miedo las damas jóvenes cantan las canciones picantes de los gitanos. El veneno les entra
en la sangre y todos se vuelven gitanos. En el teatro uno, borracho, que canta
malagueñas, es aplaudido por los dandis más encumbrados y las más encantadoras
marquesas de Madrid, que allá van vestidas con lujo, y con sus hijos, a ver desde los
palcos aquellos bailes provocadores. La alta nobleza sube al escenario, y extraños
curiosos, toreros, vagos, pícaros, niños y niñas respiran el sensual veneno. Así es el
Teatro de la Bolsa.
La mujer del gitano no tiene más que un deseo, el de su marido; un solo interés,
hacerlo feliz; un único sueño, sacarlo de la cárcel donde está preso. Si lo condenaron
por robar, ella robará para llevarle dinero, y si cae presa, los hijos robarán para
ayudar a los padres. Las mujeres venden flores y recogen trapos; los hombres, músicos en
el campo, en las ciudades no tienen rival vendiendo caballos: solamente un gitano puede
hacer de una bestia inútil uno de raza: lo pelan, lo engordan y, con medios que ellos
nada más conocen, le infunden una falsa vitalidad con la que trotan alegres hasta que el
mago se aleja de su lado. El gitano sólo piensa en robarse otro caballo cuando ya no
tiene dinero, o le falta ropa a la mujer y pasan hambre sus hijos.
La peleas de los gitanos son frecuentes. Si la causa es justa, su rey preside el duelo.
Si no hay motivo válido, se le avisa al rey gitano, viene, suelta la cadena de plata que
lleva al cinto y lanza al aire la cuchilla, símbolo de su autoridad: al instante se
detiene la pelea. A veces hay celos: los jefes se odian: se forman partidos: se preparan
para la lucha. Frente a un público horrorizado, al empezar la corrida de toros, antes de
que lo pueda impedir la policía, saltan a la arena los grupos hostiles. Brillan los
aceros, se oyen gemidos, las cuchilladas se suceden como relámpagos, las mujeres llaman a
los suyos para que entren en la riña, y surgen pistolas, navajas, puñales, tijeras y
otras armas que se usan con absoluta libertad. Al fin llega la policía, pero diez minutos
han sido suficientes para sembrar de víctimas la plaza. La multitud asustada admira el
valor del combate, y sigue luego al carro lleno de muertos, y en el hospital visita a los
heridos. Cuando van a morir, los gladiadores besan a sus mujeres, las cuales permanecen
junto a ellos hasta el fin. Los hombres que se están muriendo sienten orgullo de la mujer
que queda viva, y ellas se sienten orgullosas del marido que muere. Hace cinco años vimos
esa escena en un hospital de Zaragoza. En España, después de la matanza, las mujeres
reposan junto al fuego oyendo la guitarra.
En Hungría llaman "Eva" a la gitana; en España, "Concha"; en
Rusia, "Galoubchick". Si las autoridades, que siempre las vigilan, les preguntan
por su familia, ellas contestan con una sonrisa: "Mi padre es un cuervo y mi madre
una urraca". Y si quieren confundir al gendarme se sientan a la puerta de una cabaña
de Austria, o de una isba rusa y tocan con furia o con suave armonía un lasan,
una frushka o una zarda. Y si ven que aún dudan de sus palabras, empiezan a tocar
la marcha de Rakoczi, que es "La Marsellesa" de los bravos magiares. En medio
del hambre, un beso consuela al gitano. Si la desgracia los hiere, la música enjuga sus
lágrimas. Nadie sabe de sus jefes, de sus hábitos, ni de sus leyes secretas que sólo
están escritas en la memoria, y cuando se les pregunta sobre estos asuntos, guardan
silencio y sonríen. Y mueren como han vivido, como vinieron al mundo: en los bosques, en
las calles, con sus trapos, cantando, riendo, amando: orgullosos y libres.
The Sun, 26 de septiembre de 1880.