I
) LA CORTE DE ESPAÑA
NOTA
Deportado por conspirar en La Habana llegó Martí a Santander el 11 de octubre de
1879. Allí logró permiso de las autoridades para ir a Madrid. Iba a quedarse en España
el tiempo necesario para preparar su viaje a Nueva York a fin de unirse al general Calixto
García, jefe de la insurrección de Cuba con la que estaba comprometido, la cual
culminaría en la Guerra Chiquita.
En la capital española había una actividad inusitada: el rey Alfonso XII, viudo desde
el año anterior, se iba a casar con la archiduquesa de Austria, María Cristina de
Habsburgo. De varias ciudades de Europa llegaron delegaciones para la boda, y numerosos
invitados y curiosos llenaban las calles, los hoteles y establecimientos de Madrid. Los
teatros presentaban sus mejores funciones, y en la plaza de toros se daban las mejores
corridas. Martí aprovechó su estancia para atender un asunto relacionado con el bufete
de Miguel F. Viondi, de La Habana, donde trabajaba cuando lo arrestaron.
Según su "Cuaderno de Apuntes", en los dos meses escasos que estuvo en
Madrid, entre otras actividades, Martí fue a ver al guitarrista Francisco Tárrega;
escribió: "He oído tocar la guitarra, hasta el punto de hacer, en el instrumento de
las rondeñas y la jácara, la Marcha fúnebre de Thalberg. La oí a
Tárrega..." (21, 111) Fue a la ópera, a "La Africana" de Meyerbeer, y
oyó al tenor Julián Gayarre, quien le hizo exclamar: "¡Qué frasear, y qué atacar
notas agudas...!" (21, 113); y el 5 de diciembre fue a escuchar a la cantante sueca
Christine Nilsson: "He ido esta noche a Fausto... La novedad era la Nilsson [quien]
en pública carta acaba de llamar [a Gayarre] el primer tenor de Europa" (21, 124).
Visitó el Museo de Madrid y la Academia de San Fernando para ver, entre otros, cuadros de
Goya, Valeriano Bécquer, Fortuny y Pablo Gonzalvo, su amigo de Zaragoza y pensó
junto a una de sus pinturas: "No me viera el conserje, y para perpetuo deleite de mis
ojos me llevaba del cuadro una de esas figurillas de guerrero" (15, 142).
En relación con el asunto legal que le habían encargado en La Habana fue a la casa
del diputado Cristino Martos, y más hablaron de Cuba que del pleito pendiente. Luego pudo
comprobar que, en su discurso en el Congreso, Martos repitió lo que Martí le había
dicho la noche de su visita. Pero extrañaba al hijo y la mujer. De ella recibió carta
con reproches por su abandono, y Martí confiesa en esos Apuntes: "Cien puñales
clavados en mi pecho no me causarían el dolor que esta primera carta me ha causado.
¡Ciega, ciega para mí!"( 21, 124) Y otro día escribe: "Al subir a mi casa [en
la calle Tetuán 20-21] vi a un niño que me recordó el mío. Lo acaricié, me incliné a
besarlo. El niño sonreía, y la madre me dijo brutalmente: ¡Vaya, vaya, siñuritu!
¿Está bunito, eh? ¡Ea! ¡Pus vaya para arriba! Y yo en tanto tenía llenos de
ardentísimas lágrimas los ojos y de suave perfume el corazón" (21, 114).
En carta del 18 de noviembre, desconsolado le escribe a Viondi:
Aunque afanosamente lo busco, no he hallado esta vez aquí nada que admirar; como no
veo en teatros ni ateneos nada que baste a un espíritu ávido de ciencia noble y sólida,
de arte grandioso y puro..., empleo el largo tiempo en echar de mí aquello que para nada
ha de servirme, y en fortalecer lo que de bueno tenga. Estudio inglés, con fervor tenaz.
Y reúno cuidadosamente todos aquellos datos que puedan serme útiles para la obra que
desde hace años intento (20, 272).
Y sobre lo que ocupa la atención de todos en Madrid, la boda de Alfonso y María
Cristina, que tuvo lugar el 29 de noviembre, como resumen de lo que luego será tema para
alguna de las crónicas que forman esta colección, anota:
Matrimonio del rey. Viejas carrozas: palafrenos viejos. Nada ha dado a esta fiesta el
arte moderno. Parecía, más que regia fiesta, en verdad fastuosa, mascarada. Nada dice a
esta época eso que no fue el espíritu sino la vestidura de otra época. Parecía que en
las carrozas iban seres de este mundo que se asomaban por las ventanas de otro. Cadáveres
galvanizados. Gusanos vivos en cuerpo muerto (21, 119).
Un juicio en términos parecidos hará sobre la aristocracia en "A Spanish
Queens Career":
The great houses gave signs of a weak foundation. Agony and death could be detected in
this cold and measured procession in those creaking coaches, made of old worm-eaten
ebony, flaky veneering, and tarnished gold. The richly plumed steeds suggested gay notes
in a requiem for the dead... You could hardly believe that real men would seat themselves
up in such coffins. The ancient and sickly customs of the past cannot be reconciled with
the institutions of the present age.
Pero a pesar de la tenacidad con la que estudiaba inglés, su escritura le salía torpe
y a veces ininteligible, como se aprecia en esta transcripción literal de un Apunte cuyo
asunto luego aparecerá en una de estas crónicas de The Sun:
More than one hundred of Arabian, English and Spanish horses came behind. Richly plumes
horses draw the ancient, high raised carriages; that white plumes announces the Queen
Elizabeth [Isabel II] and her elegant daughters, but the haughty and unpretty Princess of
Asturias [la infanta María Isabel Francisca] was not there. She is the queen daughter; so
powerful in political and domestic affairs and the king her brother, and Elizabeth her
mother. She never smiles; she is intelligent, indeed, and its unprettiness would not be
for a thinking man a fault; but popular saloon stories among public opinion (22, 162).
Y ahí se interrumpe el fragmento. Fue por esa dificultad con el idioma que en Nueva
York Charles A. Dana, director de The Sun, deseoso de ayudarlo y de aprovechar su talento,
le pidió que escribiera en francés, lengua que Martí conocía mucho mejor, para él
traducirlo al inglés. Partes del apunte anterior, por ejemplo, aparecieron luego en el
periódico en la correcta prosa de Dana: es también de "A Spanish Queens
Career". Dice así:
There were the same plumed horses [que estuvieron en la boda del rey con María de las
Mercedes]... The procession came at last, with all its pomp and splendor... The fifty
horses of the monarch pranced proudly... When the carriage of Queen Isabella [Isabel II]
rolled by, the crowd became excited, restless and undulating. Surrounded... she was by her
daughters dressed in white... Nobody would dispute with her the first place. Her haughty
daughter [María Isabel]... would be completely blotted out. The young King is only the
son; the Queen is the mother... The flexible and quick intelligence of the great lady
alone makes one forget the heavy human machine in which it is lodged... Stories were
circulated in salons concerning certain freaks of her heart...
Martí estaba en libertad bajo fianza un diputado en Santander la prestó para
que le permitieran salir de la cárcel, pero, aun con esa limitación, Martí cruzó
la frontera con Francia y ya estaba en París el 18 de diciembre, en la fiesta del
Hipódromo, donde conoció a Sarah Bernhardt. Al igual que en Madrid, reunió datos en la
capital francesa sobre política, escritores y artistas que también le iban a servir para
sus escritos en The Sun, uno de los cuales, "Republican Frances National
Holiday" ("La fiesta nacional de Francia republicana") también se recoge
aquí. El 3 de enero ya estaba en Nueva York.
En 1868 la llamada "Revolución de Septiembre" produjo el destronamiento de
Isabel II, la reina de España. Su censurable conducta privada que califica uno de
sus biógrafos como "libidinosas veleidades" y pública en el manejo
del poder y de los tesoros de la nación, junto a la torpe política de sus
ministros, llevaron al levantamiento armado que la obligó a refugiarse en Francia. Cuando
tenía 16 años se había casado con su primo el duque de Cádiz, y tuvo varios hijos
(casi todos, parece, bastardos), entre ellos el futuro Alfonso XII. Con la esperanza de
salvar la monarquía, en 1870 la reina abdicó la corona en París a favor de su hijo, el
cual fue declarado rey de España cinco años más tarde. Esa Restauración, entre otros
motivos, se debió al fracaso de la República, a la impopularidad del "rey
efímero" (Amadeo Iº de Saboya), a la actividad política de Antonio Cánovas del
Castillo y a la presión militar del general Arsenio Martínez Campos.
A principios de 1878 Alfonso XII se casó en Madrid con su prima María de las Mercedes
de Orleáns, hija del duque de Montpensier, muy querida por los españoles, pero murió a
mediados de ese mismo año. Se produjo entonces el segundo matrimonio del rey, y fue éste
con la archiduquesa de Austria, María Cristina de Habsburgo. Para estar presente en la
boda del hijo, esta vez se le permitió a Isabel volver a España.
Las crónicas que siguen en buena parte se refieren a ese enlace real y a los
personajes que de una u otra manera se movieron alrededor del acontecimiento. La boda de
Alfonso y María Cristina tuvo lugar en la basílica de Atocha el 29 de noviembre de 1879.
Hacía ya un mes que Martí estaba en Madrid, por su segunda deportación y, el día antes
de la boda, le escribió una carta a Miguel F. Viondi, en La Habana, donde le cuenta mucho
de lo que luego en Nueva York le iba a servir para estos trabajos sobre la monarquía, la
política y las costumbres españolas; en esa carta del 28 de noviembre le dice al amigo
en Cuba:"Todavía ando por Madrid [donde] moja la lluvia tenaz las banderolas, y el
público silencioso y las airadas nubes reciben con visible ceño el dispendioso enlace
del rey. Viéndola tan pronto olvidada, se comienza a querer aquella mísera y lánguida
Mercedes. Por estas bodas se han suspendido los tajos y mandobles que con indecible furia
se venían asestando y diz que continúan asestándoselo en la sombra los
diputados de la mayoría, recortando con singular esmero los nonatos proyectos de
reformas. Por cierto que, llevado de la curiosidad de oír a Martos fui a la sesión
última de Cortes..." (20, 273) Y días más tarde, a principios de diciembre, vuelve
Martí en carta al mismo destinatario, y le escribe: "¿Le he dicho que ha habido
fiestas en Madrid? Regias bodas, de Borbón y Austria; caras de Corte asomadas por entre
las ventanas de ébano u oro de coches vetustos, como gusanos aún vivos que se asoman por
entre los agujeros de un cadáver mondado?... Y toros, con caballeros en plaza, caballeros
rejoneadores... y recepciones en Palacio, donde han besado reverentemente la mano a Isabel
los que la echaron de su trono en 1868..." (20, 277)
Además del fragmento en el deficiente inglés de Martí, que se transcribió al
principio de este trabajo, el cual ya permite asegurar que es suya la crónica que sigue,
habla Martí también en ella de "Mme Edmond Adam" comparándola con la
española "Mme Buchental", como en varios trabajos suyos entre 1880 y 1882, en
particular uno para La Opinión Nacional, de Caracas, del 18 de marzo de 1882, donde
repite la comparación que aquí aparece; allá dijo: "París tiene a la señora de
Edmond Adam, y Madrid a la señora Buchental, que no va a la zaga de la dama francesa en
elegancia, riqueza e ingenio" (14, 441). Igual que en su "Cuaderno de
Apuntes", repite aquí que la cantante Christine Nilsson llama a Julián Gayarre
"the greatest tenor in the world". En La Opinión Nacional, en un artículo del
28 de diciembre de 1881, sigue muy cerca lo que dice en éste sobre "la vieja
basílica de Atocha, donde yace el arrogante Prim, bajo su vestido de hierro de Eibar, con
incrustaciones de plata y de oro" (14, 269). Su visita a fines de 1879 a París, en
la fiesta del Hipódromo de que le habla en carta a Miguel F. Viondi el 8 de enero de
1880, donde conoció a Sarah Bernhardt, le permite afirmar lo que aquí cuenta sobre unas
"danseuses, with unusual developments, and dresses hardly clean... that failed to be
successful in the feast of Paris-Murcia". Opina aquí que el rey tiene que ir
"to the bull fights to see a genuine monarch", y en "El centenario de
Calderón", publicado en Caracas el 23 de junio de 1881, vuelve a la comparación
entre el trono de Alfonso XII y el del torero al decir: "Más vacila el trono del rey
que el del torero" (15, 119-120).
|

|
Alfonso y María Cristina el
día de su boda, según un grabado de la Ilustración Española y Americana. "Alfonso XII contrajo
matrimonio por segunda vez un sábado. A pesar de los presagios
de los demócratas, el día de la boda fue brillante: la
tormenta se escondió bajo la superficie. Las calles y balcones
de Madrid estaban bañados de luz. Al fin apareció el cortejo
con toda su pompa y esplendor. Era una espectáculo grandioso,
un esfuerzo, una prueba, un reto. La princesa llevaba la corona
con gracia. Se había transformado. Era como una paloma
resplandeciente, lánguida y tierna".
|
LA CORTE DE ESPAÑA
Alfonso XII y sus cortesanos. Mercedes: la reina muerta. La basílica de Atocha.
Costumbres españolas: toros y gitanos. Los cafés y los teatros de Madrid. Una absurda
monarquía.
¿Es algo más que un anciano este joven rey? ¿No está su trono restaurado a punto de
derrumbarse para siempre? El murmullo sordo del pueblo; la incapacidad de las clases
altas, reducida su altura por la entrada en ellas de militares y plebeyos enriquecidos; el
instinto antimonárquico de las naciones modernas, fortalecido por el odio que los nuevos
ricos sienten por los que siempre lo han sido; la presente caricatura en la pompa de los
Borbones, admirada sólo por las mentes vulgares; las miradas reveladoras que a cada paso
intercambian los dirigentes conservadores; y la atrevida y persistente lucha que inspira
la valentía del miedo, ¿no son síntomas de la enfermedad mortal que corroe las raíces
de la monarquía? Una lucha de esa naturaleza sólo es posible al borde del abismo: el
temor a la tormenta es lo que lleva a buscar refugio.
La corte española come, se divierte y brilla. El rey se exhibe como un jinete
perfecto. Las grandes damas llevan con gracia sus coronas nobiliarias. Todos se regocijan
en la Granja y disfrutan los días de fiesta en Aranjuez; murmuran de escándalos; sienten
lástima por la reina Mercedes, la difunta esposa del rey; miran con odio a la hermana de
Alfonso mientras serviles le besan la mano; estudian a la austriaca, ahora reina, sin
lograr reducir su simple orgullo; acusan a uno u otro ministro de ser un protector
demasiado fiel del monarca; y dicen que los duques ayudan a matar a los esposos que se
resisten a que sus mujeres sean amantes de los duques. La reina madre tiene su partido, y
otro tiene la hermana del rey, e igual que ellas la reina consorte, y aun la que está
muerta, aunque ya con menos partidarios que los otros; pero el mismo día que la princesa
María Cristina se casó con ese elegante joven a quien siempre con una sonrisa llaman
"el rey", se dijo una misa en honor de aquella infeliz Mercedes tan amada por el
pueblo.
*
¿Por qué la quería la gente, propensa por lo general a despreciar y a odiar a sus
soberanos? Porque veía en sus ojos esas hermosas cualidades que son extrañas en los
palacios. Tenía blanca el alma, sin mancha y sin amarguras, y los ojos llenos de vida, y
movimientos llenos de gracia. Nunca hubiera llegado al coraje de María Molina o de Isabel
la Católica. Ella era una de esas palomas creadas para dar idea de los colores suaves,
para agradar la vista y para morir: la corte devoró a la paloma. Ella, tan ajena a las
ambiciones cortesanas, se ganó el odio de quienes por ellas se mueven. Como ofensa
sintieron los que no poseen esas virtudes su nobleza de espíritu, su serenidad y su
candor. Parecía haber nacido sólo para respirar aire puro y para vivir bajo un cielo
azul. Su cara angelical, imán de amor y simpatía, era también la de una sufrida esposa,
de una gentil inválida, de una violeta de Parma agonizando lejos de sus amigos favoritos,
los naranjos de Sevilla. Su fragante espíritu se ahogó en ese ambiente en el que la
visible pobreza y la vanidad ofendida aún estimulan la ambición, los apetitos y las
pasiones de los que andan apurados para abrirse camino antes de que la tormenta se lo
cierre para siempre. Se podría decir que la reina Mercedes era, como en realidad fue, una
bandera clavada en la arena política por los partidarios de su padre y de los frustrados
aspirantes al poder real. Ella se convirtió en la señal para que la historia de España
volviera a septiembre de 1868, cuando los que luego arreglaron su matrimonio de
conveniencia trataron por todos los medios de llevar a su padre al trono, ¡y a qué
costo!
Cuando Mercedes iba de paseo las multitudes se aglomeraban en los lugares públicos.
Más que con los sombreros la saludaban con las miradas. Para las madres ella era una
hija; para los jóvenes, una hermana. Una especie de aureola envolvía la sencillez y la
bondad de sus facciones. Es cierto que el infortunio halla siempre refugio en el corazón
del pueblo, y es que hay una fraternidad entre los infelices: los débiles se apoyan unos
a otros: es formidable el conjuro de los ojos tristes y del silencio. En política suele
ganar el amor lo que perdió la fuerza. ¿Estaba triste la joven reina? Se iluminaban sus
ojos con el brillo de las lágrimas, pero, ¿llegó a gemir en algún momento? ¿Venía
del corazón a sus labios la sonrisa? Lánguida y cada vez más débil Mercedes se iba
muriendo. La gente decía muchas cosas: hablaba de la rudeza del rey y de la hermana de
éste, esa viuda altiva que trataba de destruir de manera brutal la autoridad de su prima;
y también de la sumisión de una a la crueldad de la otra. Hablaba la gente de los
sufrimientos de la esposa, de las aventuras galantes de Alfonso, del pesar de la mujer
engañada, de la eterna acusación que le hacían en el palacio de ser una provinciana; y
de la frase que a menudo le decía la hermana del monarca: "Aquí la reina soy yo, y
tú solamente eres la reina consorte". La palidez de Mercedes parecía justificar
esos comentarios. Si las expresiones de la cara reflejan los sentimientos, lo que de ella
se decía era cierto. Una indiferencia cortés y desdeñosa era usual en el rey, y una
severidad hostil estaba siempre en el rostro de su cuñada mientras que una especie de
nube cubría el de la reina Mercedes. ¿Murió de los males del vivir? ¿Murió de
fiebres? ¿Murió, según la calumnia de unos cuantos, por alguno de los expedientes
usados en las tragedias antiguas? ¿Fue víctima de la culpable vanidad del médico de
cabecera, un hombre de ciencia que no quiso ceder a otro el honor de firmar el certificado
de defunción? Sea uno u otro el motivo, la reina Mercedes murió, y poco después murió
su hermana, también destinada al rey, quien luego se iba a casar en segundas nupcias con
una princesa austriaca.
*
"La princesa Cristina era su verdadero amor", decían los que poco antes
habían pintado con todos los colores del epitalamio el amor del rey por la hija de
Montpensier. Pero, ¿de dónde le vino ese amor? Cuando el rey estuvo en Viena era aún un
niño. Pero a los catorce años una niña de palacio, si no fue criada en el exilio, ya es
una mujer. Sólo un mago fuera capaz de convertir en Alejando Magno o en Louis Égalité
a un joven como Alfonso, que monta con maestría caballos de raza y los maneja con
habilidad. El rey tiene mano segura: cabalgando a su lado o al pasear en coche con él se
puede confiar en su destreza. Casi todas las tardes sale de paseo con la rubia María
Cristina. Ella se recuesta en un rincón del coche y sonríe en silencio. Los accidentes y
las circunstancias del vivir dan a los ojos una expresión que revela la naturaleza y los
hábitos de la persona, y así parece que esta joven ha sido reina desde hace mucho
tiempo, mientras que el rey da la impresión de acabar de subir al trono.
Los sábados van a la Salve. Precedida de elegantes nobles montados en magníficos
caballos negros, la familia del rey cruza la calle del Arenal donde el buen rey Amadeo por
poco fue asesinado; luego, la carrera de San Jerónimo, que va a las Cortes; y el largo
paseo del Prado, repleto de fuentes y figuras mitológicas. La multitud no se congrega
para ver a un hombre a quien no considera su soberano. Los menos frívolos, movidos por la
curiosidad o el deseo de encontrar defectos, llenan las calles para ver pasar el
espléndido cortejo. En esa ocasión el rey no guía el coche, y mira las cabezas que a su
paso se descubren. Aquí y allá un monárquico respetuoso lo saluda con una reverencia
como la que hacen los chinos. En esos días de fiestas, las mujeres que venden castañas y
los pilluelos de la calle, a quienes se le paga su entusiasmo, gritan a toda voz
"¡Viva el rey!"o como le oí a una pobre anciana, buena cumplidora del
encargo: "¡Viva su majestad Alfonso XII, rey de España para toda la nación!"
En los días de Salve rodean la Basílica Real de Atocha grupos pintorescos de
españoles con sus risas sonoras y sus trajes elegantes de colores vivos. Es la iglesia
más vieja y miserable de España, una nación de iglesias. Del techo todavía penden
girones de banderas, recuerdos de pasados tiempos los tempi passati de que
hablaba el rey Víctor Manuel. Pero, ¡qué viejas son esas banderas victoriosas! ¡qué
antigua esa basílica milenaria de los reyes! ¡qué rancia la pompa cortesana, y qué
difícil debe de ser para los políticos crear una monarquía nueva en cuna de esas
ruinas! Todo la nave sombría, la basílica carcomida, los alrededores inútiles y
la estéril llanura tiene como olor a sudario. Debe de ser aquello muy frío para
que esos jóvenes tengan que abrigarse con mantas tan viejas.
Allí, en la iglesia de Atocha, están los restos del general Prim, el hombre de brazo
fuerte, de valiente mirada y de cabeza de estadista. Allí descansa, bajo su estatua,
hecha como él, de hierro, y adornada de plata y oro, como si el escultor hubiera querido
simbolizar con esos metales los rasgos magníficos que en algún momento caracterizaron a
ese soldado que fue también conquistador de reyes. Ante esa maravillosa estatua
creación de la fábrica de Eibar, donde se hacen las más bellas armas de fuego y
las más famosas espadas del mundo, y que es visita obligada de cuantos aman el arte
se arrodillan, aunque de mala gana, los que también lo hacen ante Isabel II, a quien Prim
echó de España, ya que Alfonso, como rey del siglo XIX, no permite que sus súbditos
doblen ante él la rodilla.
Hace un mes, o poco más, que la Corte celebró el anuncio oficial del próximo
nacimiento del príncipe de Asturias, por lo que fue a Atocha a rezar. Con ricos tapices y
cortinas cubrieron la estatua de hierro, pero fue precaución inútil: cubren los restos
del general, pero el espíritu que animó al hombre, hecho tempestad, ruge a la puerta de
la basílica: su espada se ve brillar en las nubes.
*
Pero los días de toros son los de verdadero festival. "¡El rey, el rey!"
grita la gente en la calle. "¡Tiene que ir a la corrida para ver en el torero
quién es el verdadero monarca!" ¡Qué multitud, qué ruido! Parece en esos días
pólvora el polvo de las calles, en las que está todo el pueblo. Se siente el olor de las
batallas. Las corridas deben ser buenas para formar soldados, pero ¿son lecciones de
coraje o de crueldad? En esas tardes, cuando el cielo de verano está manchado de sangre,
los españoles hablan mejor, y sus mujeres son más hermosas. Se creería que todos acaban
de despertarse y que unos a otros se saludan: la poca fraternidad que se encuentra fuera
de la plaza existe completa en ella: es una reflexión triste, pero ante la muerte se
sienten hermanos, aunque uno a otro se nieguen cuando viven en paz.
Es cierto que estas fiestas tan gustadas por los hijos del Tajo son como un castigo
para los extranjeros. La archiduquesa Isabel, la madre de María Cristina, al llegar el
primer día a la plaza de toros, no hizo nada por ocultar su disgusto cuando empezó a
correr la sangre, y abandonó el palco real. Al día siguiente, cuando fueron a la plaza
las señoras con sus diamantes y los caballeros con sus condecoraciones que brillaban bajo
el sol, la archiduquesa, en un sencillo coche visitó el Museo del Prado; y mientras su
pobre hija, cumpliendo el deber de reina simulaba sonrisas y escondía tras el nácar del
abanico su disgusto por el espectáculo, la madre admiraba "Los borrachos" de
Velázquez y el "Pasmo de Sicilia", de Rafael.
En esos días los invitados de Austria vieron extrañas muestras de las costumbres del
país, una de las cuales vale la pena reseñar aquí. En los cafés sombríos, llenos de
humo de puros y cigarrillos, en esos salones enfermos que hay en todas las grandes
ciudades en los que el peso de la honradez y las tentaciones del vicio hacen pensar en el
crimen que facilita el éxito posible; entre los vapores del vino y el amor de las
mujeres, se baila y se canta de manera singular, algo andaluz, algo bohemia y algo árabe.
Es el baile de la sensualidad, es el canto de lo licencioso y del indomable orgullo de la
raza. Es la mujer primitiva que vive a la luz del sol. Es el Adán de Espronceda en su
filosófica elevación, es el ardor tempestuoso de Sancho Saldaña, esa otra obra
del poeta, bajo el perfume con que el genio disfraza a sus monstruos. Es un jubileo
desenfrenado de bajas pasiones. Es un canto melodioso de apetitos. Todo el encanto que
tienen las casas de los gitanos en el barrio de Triana, en Sevilla, o en los suburbios de
Málaga, y en las oscuras casas de Zaragoza, se vuelve repugnante cuando la poesía
lánguida de los vasallos de Hasán se transforma en provocaciones atrevidas de las
mujeres de mal vivir. Ésa es la gente que visita tales lugares, en los que hay hermosas
mujeres que son presentadas al rey en el silencio de la noche. Dicen que es muy afable con
ellas. Tenemos noticia sobre este asunto por una bella cantante.
Hay en Madrid un director de teatro que sabe cómo complacer al rey. A puertas cerradas
prepara una fiesta. Las mujeres bailan con la mayor indecencia. A fuerza de costumbre les
resulta imposible bailar de otra manera. Los hombres cantan coplas, unas profundas y otras
ingeniosas o llenas de dulce melancolía, y a veces sazonadas con vulgaridades. Se
refrescan con jerez y con manzanilla. El rey bebe y choca su copa con la de los cantantes
de chaquetilla negra, y con la de las mujeres vestidas de hilo y mantos rojos. Bromea con
ellos en el lenguaje procaz de la plebe, y hasta elogia el instinto de burla que tienen
ante los extranjeros. Al día siguiente los flamencos, como llaman a los gitanos,
suponiéndolos a todos oriundos de Flandes, declaran que no hay rey mejor que Alfonso. Es
una lástima que su madre, la reina Isabel; que su tío, el duque de Montpensier; y que el
pueblo español no piensen lo mismo. Esas bailarinas de conducta insólita y de ropaje mal
lavado son las que no pudieron triunfar en la fiesta "París-Murcia".
*
Después del matrimonio del rey, durante los primeros meses, por todas partes se veía
la pareja. Calderón fue más aclamado que Cervantes en el Teatro Español, el hogar
sagrado del arte nacional, lo que en París es La Comédie Française. Los reyes
iban algunas veces a la Comedia, el gracioso teatrillo de Madrid, a donde van las mujeres
con elegantes vestidos de noche. Es un lugar de citas discretas. Nadie deja de ir allí
donde los abanicos de las damas y los sombreros de los hombres son los verdaderos actores.
Hay, sin embargo, en ese teatro muy buenos comediantes que imitan el estilo simple y
distinguido de los franceses. Allí está Mario, muy bien vestido; la Tabau, como se la
llama en el lenguaje de la farándula, quien lleva con gracia el escote bajo y actúa con
el mayor decoro; la Valverde, una mujer de voz muy fuerte que siempre hace reír. A ese
lugar, especie de palacio, iban los reyes en aquellos días felices cuando sus vidas
tenían el efímero perfume de los naranjales.
Una tarde, bien lo recuerdo, la reina, que es atractiva, logró hacerse bella. Un deber
tiene la belleza: agradar. Ella quiso agradar. Disfruta de talento verdadero quien sabe
adaptar su naturaleza a las necesidades de la política. Cristina ha aprendido el difícil
arte del maquillaje. Ella no sigue las modas, las modas la siguen a ella. Prefiere lo que
mejor le queda. Su cutis es algo rojizo producto de su origen austriaco, al que
debería renunciar la mujer que pretende ser reina de los españoles. Le gustan los
colores pálidos, el créme légère, el rosado Pompadour y el bello azul celeste.
Le gustan los corsages grandes y los vestidos sencillos, y su peinado es simple. En
sus rubias trenzas siembra flores blancas y a veces diamantes: las flores, enriquecidas
con piedras preciosas, parecen tener gotas de rocío: son su adorno favorito, siempre
natural, siempre bello. No es que desprecie la toilette, al contrario, se ve que la
entiende: la manera mejor de atraer la atención es no buscarla.
Cuando esos niños malcriados que son los reyes no van a aplaudir a los dramaturgos o a
los toreros, se les ve en su palco del gran Teatro de Oriente. Allá van a escuchar a
Gayarre, de quien se sienten con razón orgullosos; este pequeño y fornido español,
amable y modesto, tiene la voz de Bubini aunque no la maravillosa habilidad de Tamberlik,
el Moisés del canto, ni el poder magistral de Nicolini, ni la voz de acero de Stagno,
pero cuando uno lo escucha se olvidan todas las penas. Nilsson lo llama "el más
grande tenor del mundo". El rey lo aplaude siempre, y cuando vuelve a la escena para
recibir más aplausos, lo que sucede ocho o diez veces todas las noches, hace dos
reverencias, una para el rey, y otra para una dama en el palco debajo del monarca. La
mujer es Madame Buchental, quien sabe escuchar y conversar. No es mujer ostentosa, y en
eso se parece a Madame Edmond Adam, de París. La alta sociedad intelectual está siempre
junto a ella. Es la única mujer que aplaude en el teatro. Uno puede tener la seguridad de
encontrar en su casa la conversación más amistosa, la de aquellos que acaban de batirse
con sus palabras en la tribuna. En la casa de Madame Buchental el realismo y el idealismo,
el prejuicio y el libre pensamiento, el arte académico y el revolucionario se dan la
mano. A ella no le molesta ese homenaje interesado que resta valor a la amistad social. Se
la quiere y se la respeta; es buena y rica. Echegaray, Castelar, Núñez de Arce,
Campoamor y los jefes de todas las escuelas, las cabezas de todos los partidos, toman en
su mesa la buena sopa de la amistad.
El rey entra en el teatro a las nueve de la noche. La orquesta no toca entonces la
Marcha Real, sino cuando se va. Condenó a garrote a Otero y a Oliva, y con amenazas y
persecuciones, ayudado por la mano misteriosa de la realeza europea, destruye las ideas
modernas en la lucha definitiva de los pueblos contra sus reyes: los obreros son
perseguidos, los periódicos cerrados, se llama crimen a la república, se intenta
destruir la libertad del hombre, y el lenguaje que se usa en el Parlamento es un látigo,
pero, a pesar de todo esto, tiene el rey que dar la apariencia de ser un pequeño
demócrata, presumir ser un hombre de mundo, beber vino español con los cantantes, mandar
a sus ministros a que visiten a los matadores heridos en la plaza y oír solamente una vez
cada noche la Marcha Real.
*
Mucho se puede decir de la Corte de España. A finales del año pasado se planteó un
grave problema: si la ropa de la reina debía ir a manos de una lavandera austriaca o de
una lavandera española. Y se concluyó que lastimaría la dignidad nacional en lo más
profundo si no se le daba la tarea a una española. En este grave asunto la hermana del
rey, como era de esperarse, defendió los derechos de España.
En la calle los pilluelos se burlan de las señoras con sus altos y ladeados sombreros
de plumas que imitan el que Makart, el pintor de Viena diseñó para Cristina, y le gritan
"¡Anda, austriaca!" En las tiendas el retrato de Martínez Campos, el león
político del día, se encuentra junto al del matador Frascuelo, el más popular de
España, que se arrodilla con los brazos cruzados ante el toro y se echa a sus patas para
despertar el entusiasmo del público.
Vale la pena conocer a este pueblo que tiene vigor y gracia sin inmerecida felicidad.
Padece de sus propios males. La tormenta amenaza desde el horizonte: son éstos los
elementos que la componen: la reina madre, la cual, a pesar de todo sigue siendo la reina;
la Virgen de la Paloma, que desde hace unos meses se ha convertido en un personaje
político; el olor a pólvora que se respira; los lentos y amenazadores movimientos de la
democracia española; las próximas fiestas por el nacimiento del heredero real, que no
será nunca rey; el matrimonio en el que Cristina estuvo tan encantadora y donde la reina
Isabel lloró mucho, y se lamentó la muerte de Mercedes; y el renombre de dos héroes de
los toros, Frascuelo y Lagartijo, más de una vez agraciados en la plaza desde los palcos
con el lindo zapato de una condesa. Todo eso que merece un próximo artículo.
The Sun, 27 de junio de 1880. |