Nunca fue más viva la preocupación de
Martí por la clase
obrera que cuando llega a México, procedente de Nueva York, y encuentra a su familia en
la mayor pobreza. Sus padres y hermanas llevaban varios meses en aquella ciudad, y Mariano
Martí sólo había podido ejercer de sastre con la ayuda de su mujer y de sus cinco
hijas. A principios de 1875 había muerto, víctima de una afección cardiaca, Ana,
Mariana Matilde, la hermana preferida de Martí, dolor que deja huella en su vida y en sus
versos. Esa pena aún irrita más su sensibilidad ante el infortunio. Pudo vencerlo con el
auxilio del patriota y poeta Pedro Santacilla -que había sido secretario particular de
Benito Juárez, y su yerno-, quien lo recomendó a la Revista Universal,
publicación que apoyaba el gobierno reformista de Lerdo de Tejada. Martí debió comenzar
allí de humilde empleado. Su llegada a México es el 8 de febrero, nada suyo se imprime
hasta el 7 de marzo, y a partir de esa fecha, hasta el 21, la Revista sólo le
publica tres artículos y dos poesías. Es imposible que fuera ésa su única actividad en
la imprenta, y fuente de ingresos para la numerosa familia.
El oficio no le era desconocido: había redactado en la Habana sus hojas
revolucionarias de 1869; en Madrid sus dos primeros folletos, y colaboró en algún
periódico, y otra vez en Cádiz y Sevilla. Más tarde, cuando por segunda vez llega a
Nueva York, también en días de pobreza, quiere recurrir al mismo empleo para subsistir:
le dice en carta a Miguel F. Viondi: "Una imprenta amiga puede ser para mí un gran
recurso. Puedo ser en ella, para abrigar del frío a mi pequeñuelo, desde corrector de
pruebas hasta autor de libros"; y en seguida añade su credencial mexicana: "En
el almanaque de México de 1879 anda un juicio sobre mí como hombre de imprenta.".(1) Al iniciarse en aquella ocupación, con el escaso
jornal de un obrero no especializado, es cuando confirma su compromiso con "los
pobres de la tierra." Aprendió entonces, en la única escuela, el lenguaje del
apóstol de los desamparados. Su primera colaboración en la Revista Universal son
unos versos que tituló "Mis padres duermen," que reflejan su desesperación y
amargura:
Es hora de pensar. Pensar espanta,
cuando se tiene el alma en la garganta.
¡Oh, sueño de los pobres,
los ignorados héroes de la vida,
los que han sólo en la ruta sin medida
cielo negro, sol puesto, aguas salobres! (XVII, 42).
El dramaturgo mexicano José Peón Contreras, amigo de Martí desde aquellos días
difíciles, los recordaba en estas estrofas de 1903:
Después vinieron pavorosas, frías,
las lentas y sombrías
horas del infortunio y la pobreza,
cuando se llena el alma de temores,
y el pecho de rencores
y de lúgubres sombras la cabeza. [
]
Te vi unas largas noches de vigilia,
tornar a la familia
la vista, henchido de filial ternura,
pidiendo a Dios en caluroso ruego,
o para ella el sosiego,
o para ti la muerte o la locura.(2)
Tan comprometida estaba con el gobierno la empresa en que trabajaba Martí que, a la
caída del lerdismo, cuando triunfa Porfirio Díaz con la revolución de Tuxtepec, fue
preciso borrar el rótulo de la puerta del taller para evitar los excesos del pueblo
enardecido por los militares. Pero Martí, a pesar de serle tan necesario el empleo, no
dejó que ningún interés le obligara a disimular lo que él consideró injusticia o
desidia oficial, y, aunque por esa posición hubo de atemperar su defensa del obrero en
las luchas contra los capitalistas mexicanos, no es tan infrecuente o velada como para que
no podamos conocer su pensamiento sobre los problemas laborales: "El que no ama a un
pueblo no le dice sus vicios," advierte en uno de sus escritos de la época, "lo
lisonjea, lo adula. Merece gratitud el que observa el mal, lo indica y lo combate"
(VI, 332). Y él se aplica a la obra: cuando el Ayuntamiento desatiende los barrios
pobres, ataca al gobierno: "Es que la muerte vestida de miseria está siempre sentada
en los umbrales de las casas .... y este pueblo nuestro, tan débil ya por su hambre, su
pereza y sus vicios, todavía sufre más con los estragos de esa muerte vagabunda, que
vive errante y amenazadora en todas las pesadas ondulaciones de la atmósfera" (VI,
322).
En México Martí se movió entre escritores y artistas; de ello se conservan varios
testimonios. También estuvo en contacto con los círculos de obreros, aunque, como es
natural, de estas relaciones queda menos recuerdo. Sabemos que fue representante por
Chihuahua en un congreso laboral; que estuvo presente en las funciones a beneficio de los
meseros; que procuró la solidaridad de los gremios en una huelga de sombrereros y apoyó
la de los estudiantes, y su unión con los trabajadores, "el compás y el
martillo," dice; que defendió El Proletario, la publicación obrera, cuando
el proteccionismo encarecía el papel. De todas estas actividades hay noticias en sus
escritos, pero es muy probable que una revisión de la prensa de aquellos días revele
otras semejantes. Vio Martí, con alegría, nacer entre los mexicanos la conciencia del
proletariado:
Es hermoso fenómeno el que se observa ahora en las clases obreras, que por su propia
fuerza se levantan de la abyección descuidada al trabajo redentor e inteligente: eran
antes instrumentos trabajadores: ahora son hombres que se conocen y se estiman.... Así
nuestros obreros se levantan de masa guiada a clase consciente: saben ahora lo que son, y
de ellos mismos les viene su influencia salvadora (VI, 265).
No concibió Martí acabar la explotación del hombre suprimiendo la sociedad de clases
que origina el desquiciamiento. Su política de justicia y de equilibrio -no ajena a
grupos socialistas europeos de entonces, y de pensadores mexicanos de la Reforma- podía
llevar al mismo destino sin el peligro de reemplazar en el poder, como luego advirtió en
Patria, a "los autoritarios arrellenados por los autoritarios hambrientos" (I,
336). Desde 1875 medita sobre el problema y elogia al líder Castillo Velasco porque su
periódico "tiende a explicar a la clase obrera la verdadera igualdad. Se dice a los
obreros que su libertad consiste en ejercer un dominio vengativo sobre sus patronos;
Castillo Velasco va a explicarles que ser hombre es algo más que ser siervo de aduladores
de oficio; va a predicarles con su hermosa palabra la doctrina de la digna
conciliación" (VI, 346). Y el mismo año: "El derecho del obrero no puede ser
nunca el odio al capital: es la armonía, la conciliación, el acercamiento común del uno
al otro" (VI, 275).
Pero no por esa prédica deja de señalar el peligro que supone la injusticia, las
consecuencias que pueden derivarse de la ira por el abuso y la miseria: ve la masa
irredenta de indígenas y previene: "La avalancha crece, y el valle está tranquilo.
Los pastores prudentes deben huir el mal con que los amenaza la montaña" (VI, 328).
Y ante las dificultades que confrontan los mineros:
Se ciernen sobre México gravísimos males; la escasez aprieta; las industrias no se
desarrollan; los artefactos extranjeros llenan el mercado; el país no descubre fuerzas
nuevas y descuida las que tiene; la vida apura, y el deber dice ya alto que esa
indiferencia a lo esencial y muy urgente, comienza a ser -no ya perniciosa, que eso lo es
siempre- sino incomprensible y culpable (VI, 309).
Y para los grandes pecados de aquella sociedad propone remedios radicales: los pobres
"tienen hambre, redímaseles el hambre. No sea vana la enseñanza del demócrata
romano; ábranse al pueblo los graneros, cuando el pueblo no tiene granos en su
hogar" (VI, 284) -solución que recuerda un cuarteto de "Magdalena,"
publicado en la Revista Universal el 21 de marzo de 1875:
Nadie jamás inculpe a los sedientos
sin calmar con el agua sus afanes:
nadie inculpe jamás a los hambrientos
sino acabando de ofrecerles panes (XVII, 54).
Al amparo de la justicia y de la razón, Martí explora todos los caminos para lograr
el equilibrio necesario. En un punto, sin embargo, detiene su búsqueda, ante los
programas importados por el capricho, la pereza o la mala fe de los políticos y de los
dirigentes obreros. Esta es una constante de su pensamiento que nunca se ha destacado lo
suficiente. "La imitación servil," advierte desde entonces, "extravía en
economía como en literatura y en política" (VI, 335). Y, también en 1875:
Tienen en cada país especial historia el capital y el trabajo: peculiares son de cada
país ciertos disturbios entre ellos, con naturaleza exclusiva y propia, distinta de la
que en tierra extraña por distintas causas tenga. A propia historia, soluciones propias.
A vida nuestra, leyes nuestras. No se ate servilmente el economista mexicano a la regla,
dudosa aun en el mismo país que la inspiró (VI, 311-312).
La única prevención de Martí respecto a las reivindicaciones laborales en los
Estados Unidos proviene de su rechazo de ciertas medidas, no porque signifiquen una
alteración del orden establecido, y menos porque lastimen los privilegios de los
monopolios capitalistas, sino porque son fórmulas concebidas para otros conflictos,
producto de otras circunstancias, y para vencer resistencias distintas de las que
confrontaba el obrero norteamericano en las últimas décadas del siglo pasado. Si Martí
condena en 1886 los "medios de fuerza," y alaba a los Caballeros del Trabajo que
repudian la violencia, es porque ésta viene de Europa con los inmigrantes, "aquellos
hombres nacidos en países cuya organización despótica da mayor gravedad y color
distinto a los mismos males que aquí los hábitos de libertad hacen llevaderos" (XI,
58). El día del trabajo asiste al desfile pacífico de los gremios de Nueva York, y ve
"el odio mordiéndose los puños, arrinconado" (X, 89). Por eso propone la
creación de un partido obrero que esté "libre de ligas con los revolucionarios
europeos" (XI, 188), y censura a los que "no han entendido que la política
científica no está en aplicar a un pueblo, siquiera sea con buena voluntad,
instituciones nacidas de otros antecedentes y naturaleza, y desacreditadas por ineficaces
donde parecían más salvadoras; sino en dirigir hacia lo posible el país con sus
elementos reales" (IV, 248). Desde 1875 recrimina el extranjerismo en las costumbres
de los jóvenes que se apartaban de la realidad mexicana: "Es una juventud que tiene
algo de simia," porque "hace todo lo que en otras tierras hacen" (VI, 331).
Y previendo que la inmigración en México, como ya ha visto en los Estados Unidos,
signifique la importación de hombres que reaccionarán en desacuerdo con el país, dice
en la Revista Universal: "¿No fuera urgente buscar un medio de aprovecharse
de la inmigración de brazos, sin haber de temer la inmigración de costumbres de una raza
extraña, y de las inteligencias desesperadas y perturbadoras que forman en todos los
países la masa de inmigrantes?" (VI, 205). Martí lleva esta preocupación hasta el
final de su vida: en 1894, al saber que Fermín Valdés Domínguez prepara un mitin obrero
en Cayo Hueso para celebrar el Primero de Mayo, le previene:
Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: -el de las lecturas
extranjerízantes, confusas e incompletas- y el de la soberbia y la rabia disimulada de
los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener
hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados....
Pero esas reservas frente a los procedimientos no le impidieron su dedicación a la
"excelsa justicia," y así termina recomendando al amigo no comprometerla
"por los modos equivocados o excesivos de pedirla," no renunciar nunca a ella, y
entronizarla en los gobiernos de la tierra, "porque los errores de su forma no
autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa" (III, 168).
En un artículo que publicó Martí a principios de 1876, en la Revista
Universal, dejó una especie de poética, con notable influencia del romanticismo, que
explica sus creaciones de aquellos años. Propone lo original y lo espontáneo como
imprescindible al verso; niega el valor de la rima y toda sujeción a los metros
tradicionales:
Es ley ya que termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre
iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se
parezcan a los de otros: se hacen porque se enciende en el poeta una llama de fulgor
espléndido, y enardecido con su calor, allá brota en rimas en tanto que de su alma brota
amor. Que todo, hasta el dolor mismo, debe ser y parecer amor en el poeta. La voluntad no
debe preceder a la composición poética: ésta debe brotar, debe aprovecharse su momento,
debe asírsela en el instante de la brotación; lo demás fuera sujetar el humo a formas
(VI, 368).
Y agrega como para dar razón del poema no recogido que motiva este trabajo, "De
noche, en la imprenta," donde la inspiración es su dolor: "En el poeta debe
haber una gran potencia observadora. Se llama ahora poeta subjetivo, y hay sobrada razón
para llamarle así, al que pinta su propio ser, toma en sí mismo el motivo -sujeto-
de sus inspiraciones, y no procura que del exterior -objeto- vengan las
inspiraciones a su alma: no es el cristal de un lago, es un tronco robusto que de sí
brota ramas y follaje" (VI, 368).
No eran esas ideas de Martí sobre la poesía todo lo novedosas que él pudo creer,
pero explican esta composición y sus otros "endecasílabos hirsutos," también
"nacidos de grandes miedos." Había dicho en 1875: "Lo informe es lo más
bello; lo incorrecto es la verdad" (VI, 248). Y desde una de sus primeras crónicas
en la Revista Universal anunciaba: "Yo amo lo incorrecto y desordenado, porque
así están los árboles del bosque, y así corren las aguas de los ríos, y así crecen
en sus plácidas orillas las flores y los musgos húmedos por el beso enamorado de las
aguas.(3)
Quien presentó los versos que aquí interesan, en La Opinión Nacional, de
Caracas, donde se reprodujeron en 1875, no vio en ellos otro mérito que la independencia
en la composición y la autenticidad del sentimiento obrero. Creyendo que se trataba de un
poeta mexicano, escribió esta nota:
"De noche, en la imprenta" Este título llevan los siguientes versos del
poeta mexicano José Martí. A pesar de que no carecen de defectos literarios, y del
colorido fuertemente romántico que los distingue, reproducimos estos versos en que el
poeta ha sabido interpretar el ímprobo y rudo afán de los obreros de la prensa,
verdaderos mártires que luchando siempre por las ideas más sublimes y sacrificándose
por el progreso humano sólo recogen al fin de su carrera el puñal del odio y el veneno
de la miseria. A pesar de todo, esos versos serán leídos con agrado. Helos aquí:
Y los transcribe como ahora se copian, salvo la ortografía moderna:
Hay en la casa del trabajo un ruido
que me parece un fúnebre silencio.
Trabajan; hacen libros:-se diría
que están haciendo para un hombre féretro.
Es de noche; la luz enrojecida
alumbra la fatiga del obrero;
parecen estas luces vacilantes
las lámparas fugaces de San Telmo,
y es que está muerto el corazón, y entonces
todo parece solitario y muerto.
Es la labor de imprenta misteriosa:
propaganda de espíritus, abiertos
al Error que nos prueba, y a la Gloria,
y a todo lo que brinda al alma un cielo,
cuando el deber con honradez se cumple,
cuando el amor se reproduce inmenso.
Es la imprenta la vida, y me parece
este taller un vasto cementerio.
Es que el Cadáver se sentó a mi lado,
y la mano me oprime con sus huesos,
y me hiela el amor con que amaría
y hasta el cerebro mismo con que pienso.
Es que la muerte, de miseria en. forma,
comió a mi mesa y se acostó en mi lecho.
Hay hombres en torno; pero el alma
fugitiva del mundo, va tan lejos
que en esta lucha por asirla al poste
de mí se escapa y sin el alma quedo.
Hay luces, y en mí sombras; claridades
en todo, en mi dolor graves misterios;
despierto estoy, mas dormiré muy pronto,
porque al arrullo del dolor me duermo.
La frente inclino sobre la ancha mesa
para extinguir la luz, la mano extiendo,
y la extingo, y la sombra no apercibo
porque apagada en mí toda luz llevo.
Duermo de pie: la vida es muchas veces
esta luz apagada y este sueño.
Los ojos se me cierran, de la frente
vencidos al afán y rudo peso.
Trabaja el impresor haciendo un libro;
trabajo yo en la vida haciendo un muerto.
Vivir es comerciar; alienta todo
por los útiles cambios y el comercio:
me dan pan, yo doy el alma: si ya he dado
cuanto tengo que dar ¿por qué no muero?
Si de mi vida sin pan imagen formo,
si verla aun puede de mi juicio el resto,
¿por qué negarme, oh rey de la tiniebla,
lo que para soñar tengo derecho?
Es de noche: la luz enrojecida
huye y vacila como fatuo fuego:
cirios de muerte me imagino en torno:
escucho el misterioso cuchicheo
que en la alcoba feliz del moribundo
es el primer sudario del enfermo,
y todo vaga en redor, en danza
confusa, extraña, y sordo movimiento.
Parécenme esas manos que se mueven
manos que clavan enlutado féretro;
ésos, los que trabajan, comitiva
ceremoniosa y funeraria veo.
Y es que en el colmo de la vida asisto
vivo cadáver a mi propio entierro.
Mi corazón deposité en la tumba:
llevo una herida que me cruza el pecho;
sangre me brota; quien a mí se acerque
en los bordes leerá como yo leo:
"Mordido aquí de la miseria un día
quedó este vivo desgarrado y muerto,
porque el diente fatal de la miseria lleva
en la punta matador veneno."
Cuando encuentres un vil, para y pregunta
si la miseria le mordió en el pecho,
y si el caso es verdad, sigue y perdona:
culpa no tiene, -¡le alcanzó el veneno!
José Martí
Al salir publicados estos versos en Caracas, en La Opinión Nacional, el 20 de
diciembre de 1875, Martí llevaba algo más de diez meses en México; pero el espíritu y
el tema de la composición la acercan a sus comienzos difíciles como empleado de
imprenta. Ya en esa fecha ha triunfado: tiene un puesto importante en la Revista
Universal, amigos influyentes; se le reconoce como escritor original; disfruta de la
amistad y los favores de Rosario de la Peña, de las más bellas y admiradas mujeres de
México; y ya le aplauden en el Teatro Principal su proverbio "Amor con amor se
paga." Pero dejó este testimonio poético, hasta ahora olvidado, de aquellos días
de sufrimientos y de angustia.