A fines de enero de 1895 salió Martí de Nueva York en el
vapor inglés "Athos," hacia Port-au-Prince, con escala en Fortune Island. Lo
acompañaban Mayía Rodríguez, Enrique Collazo y Manuel Mantilla: iban a reunirse con
Máximo Gómez en Santo Domingo para allí arreglar el viaje a Cuba que se había
frustrado en Fernandina. Era el 30 de enero, el último día que estuvo Martí en Nueva
York.(1) A las ocho y media de la mañana fue a casa de
la familia Baralt, a despedirse, pero con tanto que hacer, se quedó sólo unos minutos, y
recordaba Blanca Z. de Baralt que, en la precipitación, olvidó el abrigo y "se fue
a la calle en ese día glacial, sin notarlo."(2)
Desde su regreso de Jacksonville se había refugiado en casa de Ramón L. Miranda, en el
número 116, Oeste, de la calle 64. Allí vivió hasta ese día 30, oculto, evitando la
tenaz persecución de la policía y el espionaje español. Su partida la describió el
sobrino del doctor Miranda, residente entonces en la misma casa:
Para eludir el Apóstol la vigilancia de que era objeto, tanto por nuestros adversarios
corno por los detectives del gobierno americano, a solicitud de la Legación de España en
Washington, Martí y Gonzalo de Quesada ocuparon un carruaje cerrado que, situado en la
acera de nuestra casa, les esperaba, y, con las debidas precauciones para no ser
descubiertos, no se detuvieron en ningún lado y ambos se dirigieron al muelle donde
estaba atracado el vapor que debía conducirlo a la República Dominicana.(3)
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La Pinkerton
Detective Agency, en último piso de los números 57, 59 y
61de Braodway. Estuvo contratada por el gobierno español para
que sus espías informaran sobre las actividades del exilio
cubano.
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Desde finales de 1891 los representantes de España habían aumentado su vigilancia de
los cubanos: vieron los trabajos de los emigrados y contrataron espías para estar al
tanto de su activídad.(4) De ellos dijo Marti a poco de
fundarse el Partido, desde Patria: "Aquí han estado, clavados en nuestro
higado; viviendo en aparente pobreza; saliendo de pronto de ella a viajes a Cuba y por las
emigraciones sin objeto patente, en cuanto asomaba la tendencia de unir o acometer."(5) Y la siguiente semana, también desde el periódico,
denunciaba al gobierno español que había lanzado a sus agentes "por aulas y
talleres y caminos y visitas y salones."(6) Por eso
se prepararon con la mayor reserva las expediciones del "Baracoa," del
"Lagonda" y del "Amadís," como lo prueban estas palabras de Martí al
general Gómez, en carta del 3 de noviembre de 1894: "De mi boca nadie sabe detalle
alguno, ni el que va con mi barco sabrá de los otros barcos que van; ni Maceo mismo, a
estas horas, sabe, fuera de lo suyo, a pesar de su natural impaciencía."(7) Pero Fernandina no fue un triunfo del servicio secreto
de España, sino el resultado de la indiscreción de un veterano del 68. Cuando el
gobierno de Madrid supo la importancia de la conspiración, exigió a sus funcionarios en
el extranjero una defensa más efectiva de los intereses de España. Hasta ese momento
habían demostrado gran incompetencia: la adversidad de los cubanos había estorbado sus
planes; se imponía entonces impedir, por todos los medios, el desembarco en Cuba de los
jefes de la insurrección.(8)
Martí llegó a Cabo Haitiano el 5 de febrero, y salió hacia Montecristi el 6, donde
lo esperaba Máximo Gómez. Todo ese mes lo consumió en gestiones para recaudar fondos y
buscar transporte a Cuba. Los cónsules españoles en Haití y Santo Domingo fueron
avisados, y éste alertó a los vicecónsules de Montecristi y Puerto Plata, quienes
contrataron confidentes y delatores en los territorios a su cargo. El 19 de febrero
escribe Martí a Gonzalo de Quesada, sobre sus movimientos para confundir a los espías:
"Acaso yo, para despistar -sin miramiento por mi cuerpo-, me eche al camino otra vez,
luego de asegurado lo que pende aún, para una visita a la capital: cinco días a
caballo."(9) No realizó ese viaje a la ciudad de
Santo Domingo, pero sí fue por tierra hasta Cabo Haitiano, a casa de Ulpiano Dellundé,
para conseguir armas: de Montecristi a Dajabón; luego, Ouanaminthe, Fort Liberté, Trou,
a pasar la noche en el Cabo, y al día siguiente volver por mar al punto de partida. Al
cónsul en Port-au-Prince se le instruyó sobre la visita de Martí, con precisas
recomendaciones para que el gobierno haitiano le negara la entrada; se entrevistó
entonces con las autoridades, y enseguida escribió al Gobernador General de Cuba:
El Sr. Ministro en frases muy expresivas para España me manifestó que sería
complacido en todo cuanto al asunto de referencia deseara, autorizándome no sólo a verle
en el Ministerio, sino también en su casa particular tantas cuantas veces me fueran
necesarias. Hasta la fecha el Sr. Martí no ha penetrado en esta República, y dadas las
buenas relaciones que entre los Sres. Ministros y este Consulado existen, y las medidas
que se han tomado, espero que el expresado Sr. no entrará en este territorio."(10)
Se había logrado burlar la vigilancia: cuando el cónsul envió estas líneas a la
Habana, hacia tres días que Martí estaba de regreso en Montecristi.
Los falsos rumores que circulaban los cubanos surtieron efecto: por ellos se originó
una pugna entre los cónsules de España: M. de J. Quintana, desde Santo Domingo, enviaba
a Cuba cuanta información recibía de sus agentes y de Ulises Heureaux, quien protestaba
de lealtad a Madrid mientras protegía a los revolucionarios. P. Ortiz de Zugasti, en
Port-au-Prince, menos hábil que Quintana, daba crédito a cualquier rumor, y trataba de
desprestigiar a sus colegas en la isla para ganar estimación de sus superiores. En cierta
ocasión se dijo que Gómez había salido hacia Cuba, y por excesivo celo preguntó a la
autoridad en Montecristi sobre el asunto; y dijo al general Calleja:
Teniendo conocimiento que tanto en esa isla como aquí se decía que el citado Gómez
había desembarcado en la costa de Cuba, telegrafié al Gobernador de Montecristi
pidiéndole me dijera dónde se encontraba el citado cabecilla de la pasada revolución
cubana, y habiéndome contestado que se hallaba en la ya citada ciudad de Montecristi,
creí oportuno, por lo que pudiera importar el aviso, noticiárselo. A V. E. extrañará
que haya hecho investigación en punto que, por no ser de mi distrito, corresponde a otro
consulado, pero dada la proximidad de Sto. Domingo a esta República y mi vehemente deseo
de coadyuvar por todos los medios posibles a que no prospere el movimiento revolucionario
últimamente iniciado en esa isla, no escatimo medio para averiguar la verdad de los
hechos.(11)
Pero Ortiz de Zugasti no sabía que el gobernador dominicano en Montecristi, Manuel
Andrés Pichardo, era el mejor aliado de los cubanos: por él recibieron Martí y Gómez
los dos mil pesos en oro con los que el presidente Heureaux ayudó a los expedicionarios.
Mientras tanto los españoles utilizaban en Nueva York los Servicios de una agencia
privada de detectives que había logrado interceptar los cables de los revolucionarios. A
principios de marzo escribe el cónsul de Nueva York al embajador de España en Washington
sobre la actividad de sus agentes:
Tengo el honor de remitir a V. E. el report que acaba de enviarme la agencia
Pinkerton que, cumpliendo con habilidad y reserva mis instrucciones, ha conseguido obtener
copia exacta de los telegramas recibidos y expedidos por Martí, los cuales se insertan en
el reporte... ; por noticias particulares adquiridas por conducto fidedigno parece que
Martí, que se fue con Collazo, debe estar a estas fechas por Santiago de Cuba, internado
en Sierra Tarquino [sic]. Hasta que V. E. no disponga lo contrario, siguen
prestando diariamente servicio de estricta vigilancia sobre Quesada y la Sra. Carmen
Mantilla (Carmita) dos agentes de Pinkerton, por si pueden descubrirse nuevas noticias del
paradero exacto de Martí y Collazo.(12)
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Al llegar Martí a
Santo Domingo para entrevistarse con el general Gómez, por la
vigilancia de los diplomáticos de España en el lugar, y para
que no los molestaran, ni a sus acompañantes las autoridades
del país, obtuvieron un pasaporte en Santiago de los
Caballeros.
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Como los dirigentes cubanos en Nueva York se sabían vigilados, trataron de difundir
rumores falsos para proteger sus planes. En una oportunidad esa táctica tuvo fatales
consecuencias: por una información que con esos fines divulgó Gonzalo de Quesada se
produjo el trágico viaje de Martí a Cuba. Se había acordado en Santo Domingo su regreso
a Nueva York, pero llegaron a Montecristi las nuevas de su desembarco, y se sintió
obligado a hacer cierta la inoportuna noticia. En una carta del 22 de agosto de 1895
Máximo Gómez contaba a Estrada Palma lo que había sucedido:
... Martí, aunque no es tiempo de juzgar, empezó a torcerse y fracasar desde
Fernandina hasta caer en Boca de Dos Ríos. Seis días antes de embarcarnos lo había yo
decidido a quedarse, pero un aviso publicado imprudentemente en Patria lo hizo
volver atrás, y ya a mí no me fue posible convencerlo y nos echamos a la mar. Pudiera
decirse que los amigos de Martí, que alocados lo endiosaban, lo empujaron a ocupar un
lugar que no era el suyo y donde pereció sin beneficio para la patria y sin gloria para
él.(13)
Una semana más tarde vuelve sobre el asunto en carta a Benjamin Guerra:
... en Montecristi sostuvimos una lucha yo y Paquito [Borrero], para hacer desistir a
Martí de su venida a Cuba, debiendo correr a Nueva York, para que aprovechando él afuera
nuestro empuje de dentro se sacara gran provecho. Martí, al fin vencido por mis razones,
ve claro en el asunto y se resuelve a quedarse. Desgraciadamente había que esperar vapor,
pues no lo había en puerto, y dos o tres días después de ya cerrada la maleta, nos
llega la correspondencia y periódicos de Nueva York. "Mire, General" -me dice
Martí muy impresionado, alargándome el periódico Patria. Se anunciaba allí sin
datos ni premeditación "que ya Martí había pisado las playas de Cuba."
"Después de esto, General, yo no puedo presentarme en Nueva York" -añadió
él. Inútil es decirle lo inútil que fueron mis observaciones para convencerlo de nuevo
.(14)
El asunto se había iniciado en Nueva York. Al recibir Gonzalo de Quesada el aviso del
alzamiento en Cuba, para despistar a los agentes de España, dijo a la prensa que Martí
había partido con Gómez hacia Veracruz. El New York Herald publicó un largo
artículo sobre el levantamiento, y en él se decía:
Cipher dispatches received here yesterday by members of the Cuban revolutionary party,
to whom the date set for the uprising has been known since February 9, told that the
revolution had been begun.
José Martí, twice banished from Cuban soil because of his hate of Spanish domination,
and General Máximo Gómez, who commanded the eastern wing of the Cuban rebels in the
revolution of 1868, left New York two weeks ago for Vera Cruz .... This movement will be
known as the Martí revolution.
Y más adelante aclaraba sobre el viaje de Martí a Veracruz: "Generals Gómez and
Marti were expected to land on the south coast [de Cuba], but there is some uncertainty
about their exact destination, as they were forced to move with great caution, and had
gone to Vera Cruz for the purpose of deceiving the Spanish authorities, who were expecting
trouble from another quarter, if at all."(15)
Al mismo tiempo que Quesada dio esta información en Nueva York, dirigió un telegrama
a Fernando Figueredo, en Tampa, en el que decía: "La revolución estalló el
domingo. Toda la isla en armas. Martí y Gómez han salido rumbo a México." Pero
Figueredo, a su vez, por el mismo motivo que Quesada, y para alentar a las emigraciones,
quiso alterar el asunto, y al hacer público el telegrama lo dio así el periódico Cuba:
"A última hora. Nuestro digno amigo Fernando Figueredo recibió el telegrama
siguiente: 'Aseguro movimiento. Martí, Gómez y Collazo en Cuba.' Gonzalo de Quesada.(16)
La noticia causó entre los emigrados la mayor alegría. El periódico que reprodujo el
cable cambiado por Figueredo hizo esta reseña:
Apenas se recibió el telegrama, que el señor Quesada, secretario del Partido
Revolucionario Cubano, envió a esta localidad anunciando el pronunciamiento en Cuba y el
desembarco de una expedición de patriotas en la cual iban entre otros jefes, oficiales y
soldados de la libertad, el general Máximo Gómez y el jefe de nuestro partido señor
Martí, cuando el entusiasmo de nuestros compatriotas y amigos se hizo patente, y los
vivas, las aclamaciones, las banderas, los petardos, y toda clase de expansiones del
patriotismo, significaron, una vez más, la fe profunda e inextinguible de los que
trabajan por la realización de nuestras nobles aspiraciones."(17)
Al día siguiente el Herald se hacia eco en Nueva York de los sucesos de
Tampa, y en un extenso trabajo sobre la guerra de Cuba insertaba este cable:
Tampa, Fla., Feb. 26, 1895.-Colonel Fernando Figueredo, head of the Cuban revolutionary
party here, is in full sympathy with the New York and Cuban leaders, and is well
acquainted with their plans. He says: Martí left New York by the last Santo Domingo
steamer about January 22, and he and General Gómez have landed in Cuba from Santo Domingo
with a small band of leaders. The sentiment in Cuba was for Gómez. With him for leader
the soldiers will be at hand. The Spaniards have been watching Gómez closely, and the
warship 'Nueva España,' which was here recently, was sent to Santo Domingo for the
purpose.(18)
En Cayo Hueso también se celebró un gran mitin con motivo de la guerra y del supuesto
desembarco. Decía el Herald del 28:
Key West, Fla., Feb. 27, 1895. The Cuban flag virtually floats over this city. When The
Sun rose this morning the tricolor fluttered over every Cuban residence having a
flagstaff. This was to commemorate the uprising in Cuba and the reported landing of
Generals Martí and Gómez on Cuban soil.
Neither event, however, surprised them, as they had been in constant communication with
outside leaders, and the colony had been anxiously awaiting the tidings for several days.(19)
Las otras colonias de emigrados respondieron de la misma manera: Filadelfia, Chicago,
Nueva Orleans, en todas las ciudades donde había cubanos se celebraron grandes actos y se
activaron las recaudaciones para ayudar a los patriotas que ya luchaban en Cuba.
Se comprende la decisión de Martí en Montecristi: las noticias eran falsas, pero el
entusiasmo era sincero. Por otra parte, no le faltaban deseos de ir con Gómez a Cuba -él
tenía su labor que hacer en el manejo de la guerra-, pero no le alcanzaban las razones
para justificar la empresa; entonces las encontró, en aquellos periódicos que llegaron a
sus manos.(20)
Así se determinó que Enrique Collazo y Manuel Mantilla regresaran a Nueva York, donde
el primero debía organizar una expedición al occidente de Cuba. El 18 de marzo salieron
de Santo Domingo, y el mismo día de su llegada escribía el cónsul español a su
embajador en Washington:
El agente Rafael me entregó el parte que a él le envía el agente Cortina, y
considerando importante la noticia, me he apresurado a dirigir a V. E. el siguiente
telegrama en cifra: "Según dice agente Cortina, Collazo y Mantilla, entenado de
Martí, llegaron hoy vapor de Santo Domingo; V. E. disponga si agente M. [John G. Meehan]
vigilancia ambos." Persona de mi absoluta confianza, haré que vean a aquéllos, pues
sé que al primero lo conoce personalmente y creo conseguiré vuelva a la casa donde vive
la Sra. de Mantilla y donde supongo que el segundo se alojará.(21)
Y tres días después le envía otra carta con un nuevo "parte" de sus
agentes, y comenta: "Por él verá V. E. que se vigila a Collazo, el que según
telegrama que acabo de transmitir a V. E. ha venido para organizar una expedición.(22) Se intensificó el espionaje para hacer imposible, con
la ayuda del gobierno de los Estados Unidos, el primer gran embarque de hombres y armas de
la Guerra del 95.(23)
En Port-au-Prince el cónsul Ortiz de Zugasti continuaba su polémica con Quintana: a
pesar de la evidencia de la visita de Martí a Cap Haitien, y confundido por los rumores y
las noticias que publicaba la prensa, aún el 27 de marzo decía a las autoridades de
Cuba:
... desde que hubo la sospecha de que Martí podría hallarse en la República
Dominicana, seguramente para conferencia con Máximo Gómez, envié dos hombres de
confianza a la frontera dominicana: uno a Ouanaminthe y el otro a Trou, con objeto de que
si éste intentara frecuentar [sic] en Haití dándome aviso y obtener su
apresamiento.... Desde que se inició el movimiento revolucionario han llegado aquí,
procedentes de Santiago de Cuba, quince cubanos... [quienes] aseguran igualmente que
Máximo Gómez, Flor Crombet, Maceo, Martí y Serafín Sánchez están ya en Cuba.... Me
dice uno de ellos, por persona que le merece crédito, que cuando Martí estuvo aquí,
hace dos años, en una conferencia que tuvo con el presidente Hippolyte, éste le ofreció
que cuando llegara el momento oportuno le prestaría su apoyo..., [pero] me extrañaría
puesto que este presidente ha demostrado en todos sus actos no querer comprometer su país
en empresas arriesgadas; pero dada la vigilancia que poseo, dudo mucho que pueda hacer
algo en este sentido sin que yo lo averigüe.(24)
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Recibo del espía
Charles Strong que denunció la expedición de Montecristi.
Por su informe recibió del cónsul de España, "$10,
diez pesos" (éste y el anterior documento son del libro
de Emilio Rodríguez Demorizi, Martí en Santo Domingo, publicado en La Habana en 1953).
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A fines de marzo los agentes españoles en Santo Domingo sabían que la salida de
Gómez y Martí era inminente: sólo faltaban ajustes menores respecto a la goleta y al
capitán. Embarcaron el primero de abril, y ese mismo día fueron delatados: (25) el vicecónsul de Montecristi avisó a Quintana, en la
ciudad de Santo Domingo, y éste comunicó la noticia a Cuba y a su colega en
Port-au-Prince; pero Ortiz de Zugasti aún da otra prueba de su incompetencia: como
todavía cree que no tenían fundamento los informes de Quintana, de principios de marzo,
considera también falsos éstos de abril. Molesto porque se le obliga a acudir de nuevo
al gobierno haitiano, escribe a Cuba, al general Calleja:
Exmo. Sor. Muy señor mío:
Los informes equivocados y por consiguiente faltos de fundamento que el Sor. Quintana,
cónsul de España en Santo Domingo, viene dando a V. E., y de los que tengo conocimiento
por sus cablegramas fechas 8 de marzo próximo pasado y 2 de abril del corriente, me
obligan, por lo que pudiera importar el día de mañana, y con objeto de esclarecer
hechos, a molestar la atención de V. E.... Con fecha dos del que cursa me dice V. E. por
medio de cifra, y también díceme Quintana: "Máximo Gómez y Martí salieron Norte
Haití donde espéralos buque inglés dirección Isla de Cuba." Al instante de
recibir su cablegrama me personé ante el Sor. Ministro de Relaciones Exteriores de aquí,
y obtuve de él lo siguiente, que expresé a V. E. en telegrama del referido día dos que
a la letra dice así: "Gobor. Gral. Habana. Gestionado este Gbno. ordenó ver
arrestar Máximo Gómez y Martí si llegan Haiti, Zugasti." Ahora bien, Exmo. Sor.,
ni Martí salió de Santo Domingo para esta frontera el día ocho del citado marzo, ni
Máximo Gómez tampoco se ha movido de Montecristi en la fecha que dice el Sor. Quintana,
y con objeto de que V. E. esté completamente persuadido de cuanto le he expresado, paso a
exponerle todos los datos que he adquirido en apoyo de lo que manifiesto anteriormente.
Por conversación tenida con Don Francisco García, sobrecargo de la goleta dominicana
"Albertina P.," que llegó ayer a este puerto procedente de Montecristi, supe
que tanto el citado Gómez como D. José Martí se encontraban paseando por el parque de
aquella ciudad la noche del día cuatro de los corrientes, noticia que coincide en un todo
con las recibidas de los agentes que tengo en la frontera norte de esta república. De las
confidencias tenidas con el citado García, no puedo dudar porque no sólo es, según me
ha manifestado, buen amigo de Máximo Gómez, y por tanto lo conoce perfectamente, sino
porque iguales manifestaciones que aquí hizo, públicamente, a todos los cubanos de
aquí, residentes que por su conducto trataron de averiguar el verdadero paradero del Sor.
Gómez, y más que todo por haberme autorizado, a indicaciones mías, a hacer uso
oficialmente de las noticias que me daba. Por otra parte, el periódico que en Santo
Domingo se publica bajo el título de Listín Diario, en su número correspondiente
al día tres del actual, en suelto que le incluyo, da cuenta de la ausencia del territorio
dominicano de los Sres. Martí y Gómez suponiendo hayan partido para las costas de Cuba,
noticia no justificada dado que D. Máximo estuvo hablando con García el cuatro por la
tarde, habiéndole entregado éste último al primero correspondencia de la casa John
Palonnais [Poloney], que recibió de la de los Sres. Jiménez y Cia.(26) De todo lo expuesto se deduce, E. G., que las
confidencias de Santo Domingo no son todo lo exactas que debieran serlo, y como no es
posible estar molestando a cada momento a este Gbno. con noticias que luego resultan
inexactas, me permito dirigirme a V. E. por este medio a fin de que, teniendo en cuenta
mis indicaciones, dicte las órdenes más necesarias para que en lo sucesivo se obre en
cuestiones de tanta importancia con la prudencia y tacto necesarios, pues sería muy
sensible que por dudas que pudieran justificar los hechos antes mencionados, se mirara con
indiferencia por este Gbno. cualquier petición que partiera de este consulado.(27)
Pero el cable de Quintana, a pesar de las reservas de Ortiz de Zugasti, activó la
vigilancia. Los barcos de guerra españoles patrullaban las rutas por donde se pensó
vendría la expedición. De haberse consumado los planes con que salió de Montecristi la
goleta "Brothers," es probable que habría sido apresada, pero la traición del
capitán demoró oportunamente los acontecimientos. Abandonados los expedicionarios en la
isla de Inagua, lograron contratar un carguero alemán para que los dejara cerca de Cuba,
pero antes debían hacer escala en el Cabo. Así tuvieron que permanecer en territorio
haitiano aún cuatro días. Escondidos en casa de Dellundé y de sus amigos, esperaron la
salida del "Nordstrand," pero un encuentro inoportuno hizo que llegara a oídos
de un espía la presencia de Gómez. Ortiz de Zugasti recibió la noticia y alarmado
pidió confirmación a su vicecónsul en aquella ciudad, el inglés Frank Dutton, también
agente consular de su país. Por fortuna éste era amigo del doctor Dellundé, y al
preguntarle si era cierto que Martí y Gómez habían desembarcado, le respondió:
"Al amigo Frank, le diría que sí; pero al Vice Cónsul de España le digo que
anoche el doctor Dellundé les proporcionó dos magníficos caballos en los cuales, a
estas horas, habrán pasado la frontera.- Entonces el inglés contestó por cable al
consulado español en Port-au-Prince: "Martí y Gómez embarcaron ayer tarde pero a
estas horas estarán en la República Dominicana."(28)
Una carta de Ulpiano Dellundé a Tomás Estrada Palma, el 2 de enero de 1896, da cuenta de
quien delató la presencia de Gómez en Cabo Haitiano y habla de su gratitud a Dutton:
"Este noble inglés presentó su dimisión de cónsul al siguiente día de la salida
de ntros. jefes diciéndole al gobierno de España que su carácter no le permitía
guardar por más tpo. un consulado en que debía rebajar su dignidad al triste empleo de
espía."(29)
A la torpeza de Ortiz de Zugasti se unía la mala suerte. Al saber que los
expedicionarios estaban en Cabo Haitiano no se limitó a comunicarse con Dutton, sino que
pidió al gobierno de Port-au-Prince el encarcelamiento de Martí y de Gómez, por lo que
enseguida se dictaron las órdenes de arresto. Pero ni en esta gestión iba a tener
éxito: en 1898 J. M. Gutiérrez contó lo sucedido:
Durante la residencia de nuestros jefes en el Cabo, se recibió un telegrama del
Ministro de Justicia dirigido al general Nord-Alexis, delegado del gobierno en los
Departamentos del N. y N. 0., para que redujese a prisión a los señores Martí y Gómez,
pero afortunadamente un joven portorriqueño, aprendiz de telegrafista, se enteró del
asunto, dándole conocimiento de ello al doctor Dellundé, y reservando en su poder sin
entregar el telegrama durante cuarenta y ocho horas. Este buen joven se llama José Arán,
hijo de adopción de los esposos Dellundé .(30)
Abrumado por sus desaciertos e infortunios, el cónsul en Port-au-Prince se vio en la
necesidad de explicar a sus superiores lo que para él resultaba inexplicable: la actitud
del vicecónsul en el Cabo, y la informalidad del gobierno de Haití. Ya todo el mundo
sabía que Martí y Gómez habían desembarcado en la provincia de Oriente; entonces, con
más concreta informacion, dice al Gobernador General en Cuba: "Por confidencias
obtenidas he sabido que Máximo Gómez y Martí, el primero bajo el supuesto nombre de
Pedro Díaz, y el segundo del de Marcos Raya, acompañados de un criado nombrado Francisco
Ramos [Marcos del Rosario], desembarcaron en la repetida Ciudad del Cabo procedentes de
Montecristi,(31) que se alojaron ocultamente en casa de
un médico filibustero llamado Deyundé [sic], y que partieron para Jamaica en el
vapor alemán 'Nordstrand."' Y para justificar sus errores, por los que se salvó el
viaje de Martí, Gómez y sus cuatro compañeros, recurre a este insólito razonamiento:
Varias veces he solicitado de su Gbno. Gral. [en Cuba] y del Ministerio de Estado [en
Madrid] me enviaran sus barcos de guerra, y sin saber por qué he visto con pena que mi
petición no ha sido atendida cuando deba suponerse algún objeto importante me obligaba a
solicitarlo.... A este Gbno., lo mismo que al de Santo Domingo, no se les maneja ni se
consigue nada de ellos sino por el terror, y día llegará, para mí no lejano, en que la
nación española tenga que hacer a este Gbno., por su política ambigua, una formal
reclamación .(32)
Esto escribía el 18 de mayo el funcionario español que con más tenacidad en aquella
isla había perseguido a Martí. Atemperó su celo la incompetencia. Al día siguiente se
iba a producir la tragedia de Dos Ríos: los espías de España no pudieron estorbar la
cita del héroe con su destino.