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continuación
A las pocas horas se cumplió la sentencia. Nadie supo explicar cómo
lograron salvarse algunos pliegos de los que lleno en sus últimos
momentos. Los que iniciaban y concluían la carta de Julián Pérez
se perdieron: por eso nunca se pudo precisar a quién iba
dirigida. Lo que se conservó decía así:
“...Yo
sé sus regaños, callados,
después de mi viaje. ¡Y tanto que le dimos, de toda nuestra
alma, y callado él! ¡Qué engaño es éste y qué alma tan
encallecida la suya, que el tributo y la honra de nuestro afecto
no ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de
carta y de periódico que llena al día! “
Hay afectos de tan delicada
honestidad que
no saben disimular el más leve roce, ni aunque nazca del
cumplimiento de un deber. Por eso le escribo ahora, para que me
perdone, para que comprenda mi silencio, hijo de las
circunstancias y no de la ingratitud. Le he tenido presente
mientras emprendía este viaje, y en lo que hasta hoy he hecho. No
me ha faltado agradecimiento ni afecto —bien sabe Vd. cuánto lo
quiero, y á los suyos, y lo que su amistad representa para mis
momentos tristes, y cuánto debo á su generosidad y ternura—
pero tenía que venir en silencio, aun para Vd. que es mi hermano
y sabe todo lo mío, y empezar de nuevo sin que nadie adivinara mi
empeño, porque, como aquél otro que ocupó buena parte de mi
vida, en éste tenía —por tratarse de peores enemigos y cien
veces más peligrosa ambición— que actuar como indirectamente,
para que el fin propuesto no se lastimara. Así llegué á esta
ciudad, con nombre que no me hace más que lo necesariamente hipócrita, y busqué almas enseñando la
mía, y tuve respuesta. Cada corazón que vio la luz es hoy un
foco de luz, y son muchos los que brillan en ira contra la
humillación. Ya se lo dije: sé
desaparecer, pero no me resignaba á ver morir la patria, ni
á que sus hijos, por el terror y la barbarie, dejaran de portarse
como hijos, ni que hermanos, por el odio, no lo... [siguen tres
palabras ilegibles] “Cuba
llegará á ser libre, un
pueblo libre, en el trabajo abierto á todos, enclavado á las
bocas del universo rico e industrial, sustituirá, sin obstáculo,
y con
ventaja, después de una guerra inspirada en la más pura abnegación
y mantenida conforme á ella, al pueblo avergonzado donde el
bienestar sólo se obtiene á cambio de la complicidad expresa ó
tácita con la tiranía de extranjeros menesterosos que lo
desangran y corrompen. Entonces será, en verdad, hora
de empezar á morir, pero ahora quedaré esperando que venga
el día que no conocerá fin, con la libertad y los bienes que
trae aparejados, y vivo, aunque no lo quiera el enemigo, junto á
los que en ella llevan puesto el espíritu. Hemos andado buena
parte del camino. La razón
es nuestro escudo; la lanza, la que recogimos de la mano de
nuestros muertos. Ni alardes pueriles, ni promesas vanas, ni odios
de clase ni pujos de autoridad, ni ceguera de opinión, ni política
de pueblo ha de esperarse de nosotros, sino política de cimiento
y abrazo, por donde el ignorante temible se eleve á la justicia
por la cultura, y el culto soberbio acate arrepentido la
fraternidad del hombre y de un cabo á otro de la Isla sables y
libros juntos, juntos los de la sierra y los del puerto, se oiga,
por sobre los recelos desarraigados para siempre, la palabra
creadora, la palabra ¡hermano!"
“Ha sido necesario desatar
una guerra para destruir el error, porque aquí, con abono
extranjero, cundía la mala yerba, y muchos se confundieron. No
porque cambien los tiempos los hombres dejarán de serlo, y se han
de rendir, como animal indefenso, al capricho de una suposición
criminal que los hace rebaño de bestias. Yerra el que aliado a la
ignominia pone fe en el porvenir, como si las aves, porque a ello
se obligaran, pudieran nadar los ríos, ó las montañas pasear el
cielo como nubes caprichosas. Yerra aquél que con piedra pretende
atrincherar la maldad contra el aire limpio de las ideas, porque
éstas han de penetrar sus oquedades, y sabrán ahogar con su
pureza al monstruo que teme la luz. Yerra quien construye con
barro podrido de odio casa para su soberbia, porque en la noche
las paredes le arrancarán, para alimento el corazón; y los que
por error recostaron el cansancio en almohada de odio, y no
quisieron despertar, se sacarán los ojos mientras el amor se
corona con las palmas de la gloria. Yerra quien no sabe, ó no
quiere comprender, que el gobierno de todos, con sus limitaciones
naturales, es la forma mejor de evitar la tiranía de uno. Yerra
quien afirma que la dignidad humana está amenazada por la
libertad, y no sabe que es ella misma; que el hombre libre en el
abuso es sólo la sombra negra del hombre libre en la piedad, y
que no es lo apropiado perseguir las sombras sino alzar el sol de
la virtud para que ellas agonicen bajo las plantas de los
buenos."
“De justicia está hecho el
hombre libre, y de libertad la justicia. Con el impulso de un
siglo nos nacieron las alas, luego la ambición exigió su lugar
en el banquete; y así, en carrera voraz, hemos ido con el ala
rota en el pecado o con la piedra al cuello en el exceso. Ahora
viene la legión de apóstoles que no venden el alma por el trigo
ni por la promesa del pan el derecho a ser hombres. En el apuro de
la codicia no florece la equidad, y en el estupor del miedo no da
su fruto el árbol de la vida. Justicia que no pague el precio del
espíritu; libertad que no pague el precio del hambre. Del error
de ayer y del error de hoy saldrá firme y entera la patria nueva.
Ya fructifican nuestras
miserias, que los errores son una utilísima semilla. Ya ha cesado
la infancia candorosa, para abrir paso a la juventud fuerte y enérgica.
La intuición se ha convertido ya en inteligencia; los niños de
la revolución se han hecho hombres, de todas las
revoluciones, de todos los hombres. Ni más Judas del oro ni Judas
del terror. Saben a humillación el silencio de la fortuna y el
ruido de las cadenas. El cubano las rompe y huye de la quietud
infame, y rompe el silencio con la palabra nueva. De savia y de
luz hemos de vivir…”
Las gotas de lluvia se habían hinchado y reventaban contra el
ventanal. Fidel, desde una silla del centro, atendía al
crecimiento de aquella tormenta que sólo tenía minutos de
nacida. Cuando el ruido del trueno anunció toda su fuerza, se
levantó para servirse un vaso de bebida que tragó hasta el
fondo. Se quedó pensativo. Rompió el vaso y hubo otra mancha en
la pared y más cristales en el suelo. Regresó al asiento como
para reanudar su contemplación. Mientras estiraba el cuerpo y se
le cerraban los ojos, empezó a escuchar voces que gritaban a una:
“¡Ju-lián, Ju-lián, Ju-lián!” Sin cambiar de posición
balbuceó con voz de borracho: “¡Está bueno ya, está bueno
ya!… Pero los gritos siguieron: “¡Ju-lián, Ju-lián!” Hizo
un esfuerzo y logró levantarse; entonces chilló: “¡Está
bueno ya, coño, está bueno ya!” Las voces le respondieron con
mayor fuerza: “¡Ju-lián, Ju-lián!» Tambaleándose buscó su
ametralladora y disparó contra los muebles y el techo que
conservaban huellas de igual castigo. Sintió silencio. Fue a la
botella con el arma en los brazos, y la bebida le mojó las barbas
y el pecho al precipitarse sin caber toda en su boca abierta.
Eructó. Mirando los impactos de su última ráfaga, secó el
rostro en la manga. Con dos manotazos barrió los objetos de la
mesa y en ella se arrojó a dormir.
—Ya son las dos. Hace diez
horas que está ahí sin moverse— dijo uno de los ayudantes que
contemplaba a Fidel.
—No puede seguir tomando así
—añadió otro de barbita recortada—. La bebida lo pone peor.
—Lo de esta noche ha sido
horrible —comentó un tercero, pálido y lampiño, mirando en
derredor—. Ha gritado como un loco mientras dormía…
—Esa gente debe estar al
llegar y la bronca va a ser segura —agregó el que había
hablado primero… Voy a despertarlo aunque me insulte…¡Fidel,
Fidel! —llamó sacudiéndole el brazo.
Sólo después de mucha
insistencia empezó a salir del sueño.
—¡Fidel, despierta ya, haz
un esfuerzo!
Sin levantar la cabeza ni abrir
los ojos, preguntó casi dormido: —¿Qué carajo pasa?
—La comisión viene ahora,
Fidel, tienes que cooperar; contrólate. ¡ No podemos seguir así…
—¡Váyanse al carajo y déjenme
dormir!
—¡Fidel, esa gente ha estado
en Oriente y vienen sólo para...
—¡Que se vayan también al carajo, chico! —interrumpió incorporándose
violento ante la insistencia— ¡Ya me tienen muy jodido con
tanta bobería!
Todos enmudecieron. Fidel
bostezó mientras apretaba con las manos su dolor de cabeza. Se
quejó un momento antes de recostar la frente sobre las rodillas.
Con tono distinto del anterior, casi en voz baja, preguntó: “¿Ya
lo mataron?”
Ninguno se atrevió a contestar
pero movieron la cabeza y se miraron con agotada esperanza en los
ojos. Fidel insistió en seguida:
—He preguntado que si ya lo
mataron. —Ahora marcaba las sílabas—. ¿Me oyen?
—¿A quién, Fidel? —dijo
uno con voz de cansancio y miedo.
—A quién va a ser, imbécil,
a ése, a Julián Pérez . ¿Lo mataron anoche?
—Ayer no hubo fusilamientos,
Fidel —dijo el de la barbita—. Ayer fue 19 de mayo y se
suspendieron las ejecuciones para tranquilizar a la gente .
—¿19 de mayo? —rugió tirándose
de la mesa— ¿Cómo no me lo avisaron? ¿Para qué sirven
ustedes? ¿No ven que hicimos mal en fusilarlo ese día?
—Fidel —repitió el otro—
te digo que ayer no hubo fusilamientos .
—Pero yo lo mandé a matar,
yo firmé la sentencia y nadie me advirtió de la fecha…
Deliraba. Otra vez volvía a su obsesión de Julián Pérez. Algunas
semanas antes habían empezado a notarle síntomas extraños: se
abstraía y hablaba de un personaje llamado Julián Pérez al que
atribuía la insurrección contra el gobierno; después reanudaba
sus actividades y parecía normal. Pero en los últimos días las
crisis se hicieron más frecuentes y no salía de aquel salón ni
recibía a nadie. Dejaron de contar con él para aplastar a los
enemigos de la revolución.
Cien veces había ordenado que
se registrara una casa con el número 115 de la calle Industria,
que arrestaran a todos sus ocupantes y que de ellos se averiguara
el paradero de su “jefe.” La última salida de Fidel había
sido, precisamente, a ese lugar, pues quiso dirigir en persona una
investigación. Fue empeño inútil: sólo se logró terrible
castigo para los asustados vecinos que nada sabían de aquello. Ni
señal de Julián Pérez. “¡Ese miserable tiene la culpa de
todo!” insistía entonces en violento acceso. “¡El ha agitado
al pueblo y ha hecho que la gente se rebele contra mí! ¡Todo lo
que dicen, los que nos combaten, y todo lo que hacen, se lo enseñó
él! ¡Hay que matarlo antes de que sea tarde!” En otra ocasión,
agobiado por la impotencia y para lograr su propósito, ordenó a
sus mejores hombres: “¡Búsquenlo en la universidad, en los
institutos y en las escuelas; él es amigo de los estudiantes!”
En otra: “¡Búsquenlo en el campo, él es amigo de los
campesinos!” Y cuando se le ocurrió que podría esconderse
entre los obreros, quiso matar a todos los que se apellidaban Pérez
en las industrias del país.
Lo cierto era que había estallado una rebelión popular. Sin saberse cómo,
en pocos días se formaron grupos de insurrección que fueron
aumentando en fuerza y número. Contra ellos se ensayaron todas
las medidas: al principio, la propaganda, las promesas; luego la
represión brutal, el terror; pero aumentaban los sabotajes, los
incendios en los almacenes, en las escuelas, en los cañaverales.
Buena parte del mismo ejército del régimen, y de las milicias,
ayudaban la contrarrevolución que cundía por todos lados. La
situación era muy difícil para el gobierno y Fidel la achacaba a
Julián Pérez.
Sus más allegados trataron de convencerlo de que
no había nadie entre los jefes de la insurrección que se llamara
así, que era incierto que ese Julián Pérez hubiera hablado en
un mitin de la Universidad, que nada se sabía de sus prédicas,
ni de su ejecución, ni de la carta, que según él, había dejado
antes de morir y circulaba por el pueblo. Pero Fidel hablaba
convencido de que era verdad todo lo que su imaginación enferma
le había dictado. Y cuando notaba que nadie creía la
extravagante historia, su desesperación crecía, disparaba la
metralleta y se emborrachaba hasta caer exhausto. Ante la
imposibilidad de hacerlo volver a su juicio, alguno de los más
impacientes pensó en matarlo: “No tiene remedio, está loco,
cada día está peor”; y con su muerte lograrían conmover al
pueblo y explicar su ausencia del escenario público… Pero nadie
se atrevía: “¡Hay que esperar!” aconsejaban los más
prudentes.
Poco tiempo antes uno de sus ministros se atrevió
a decirle que había realizado un estudio del levantamiento en el
país, y que podía asegurarle que los rebeldes no sabían nada de
Julián Pérez, que se movían por un hambre inexplicable de
libertad; y cuando añadió que el nuevo espíritu de lucha le
recordaba el que ellos mismos tuvieron contra Batista, Fidel sacó
la pistola y la descargó sobre el imprudente. Por eso los
ayudantes que habían ido a despertar a Fidel aquella tarde del 20
de mayo, temblaban ante la posibilidad de un nuevo arrebato de
locura.
—Díganle a esa gente que no
venga a verme sin haber confirmado lo que les he dicho de Julián
Pérez, porque los voy a matar en cuanto entren por esa puerta. ¡Estoy
cansado de que me crean loco y no acaben con las ideas de ese
hombre! ¡Estúpidos, yo solo tuve que hacer la revolución y
ahora soy el único que puede ver cómo se va a destruir! ¡Están
ciegos! No saben hablar más que de la CIA, de infiltrados y
gusanos, y no se dan cuenta de dónde viene ahora el mal. ¡Julián
Pérez nos acaba y nadie lo ve, ni saben que existe! ¡Y es él,
es él quien ha armado todo esto!
Se alejó hasta un rincón y
siguió hablando consigo mismo. —¡Comunistas, teorizantes,
cretinos, que lo saben todo, que se creen que tienen a Dios cogido
por los tarros. Y no saben nada; yo digo que no saben nada. Mucha
teoría y palos; así es como gobiernan, pero cuando viene un
poeta y le habla de libertad al pueblo, nadie les hace más caso.
—Y en medio de una carcajada gritó— ¡Los van a barrer como
si fueran basura! .
Entonces se volvió hacia los
ayudantes que lo escuchaban atónitos sin saber qué hacer, y les
dijo con ironía:
—¡Díganles a los señores del Comité Central que nos den la solución
para este enredo, que nos digan cómo se les mete en la cabeza
ahora, a la gente, sus dogmas, la economía dirigida, las comunas
y sus planes ridículos que hasta yo había creído, cómo los
convencemos para que depongan sus armas y vuelvan a sernos fieles!
¡ Que vayan al campo y les digan sus discursos a los campesinos
para que vean cómo les cortan el pescuezo en cuanto los vean!
Y después de meditar un minuto, volviendo sobre
sí mismo, añadió: —¡Qué lástima que cuando me di cuenta ya
era demasiado tarde! La culpa la tengo yo por haberles hecho caso,
a los “sabios” que me rodearon al principio; al Che, sobre
todos, que hablaba mucho de teoría marxista pero que nunca
comprendió al pueblo. Me decía que Cuba se iba a convertir en un
modelo de países socialistas, que tuviera fe porque todo iba a
salir bien; y mira la mierda que hemos hecho, que un hombre, un
solo hombre, se sale de la tumba y nos organiza una guerra delante
de las narices y no lo podemos vencer. Y ¿qué les promete ese
hombre, qué les ofrece? ¡Nada, sólo les exige obediencia a una
torpe doctrina de amor! Les predica una guerra contra nosotros, y
se lanzan a la muerte sin importarles el sacrificio. Y mueren
porque se afixian sin libertad, esa estúpida libertad que condena
al hombre a la esclavitud; pero quieren hablar de lo que les da la
gana y pensar según su capricho; quieren tener el derecho a
equivocarse, a ser oprimidos. ¡Están condenados a ser libres! ¡Malditos
sean! ¡Y que no puedan soportar nuestras reglas por el prurito
imbécil de decir sus cuatro tonterías y decidir con sus estúpidos
cerebros lo que es mejor para sus vidas! ¡Y nosotros se lo hemos
dado todo, todo; les hemos abierto las puertas de la vida, los
hemos hecho hombres cuando eran esclavos, y ahora quieren volver a
esa especie de albedrío ingenuo que les satisface su vanidad! ¡
Nosotros tenemos la razón! ¿Qué pueden tener ellos que nos
vencen? —Y alzando los brazos gritó— ¡Ay, Julián Pérez,
Julián Pérez, eres el ser más mentiroso de la tierra, el más
embustero que ha aparecido jamás en la Historia, ya que nadie
sabrá descubrir tus falsedades porque están hechas de pedazos de
hombre, del hombre que es miserable, cobarde y débil!
Fidel quedó callado un rato
sin percatarse de la desesperación y el temor de sus ayudantes.
De pronto empezó a escuchar de nuevo la multitud que gritaba: “¡Ju-lián,
Ju-lián!” Abrió los ojos con espanto y cargó la
ametralladora. Las voces parecían acercarse, suspendió la
respiración y disparó contra el ventanal. Sus ayudantes huyeron
espantados y cerraron con llave la puerta desde el exterior. Fidel
no logró acallar los gritos. Le sonaron más cerca y volvió a
disparar entre los vidrios rotos.
—¡Imbéciles— chilló
entonces —¡Julián Pérez es un hijo de puta, los lleva al
infierno aquel de . . . ¡Guardias, compañeros, disuelvan esa
manifestación; arresten a su dirigente, maten a Julián Pérez!—
Pero ni su guardia ni la multitud podían oírle. De
momento se hizo silencio. Miró a todas partes con ojos asustados
que iban en distinta dirección que la cara. Dio unos pasos hacia
atrás, hasta refugiarse en una esquina. Volvieron los gritos. Él
volvió a disparar.
—¡Me quieren matar! ¡JULIÁN,
JULIÁN! el suelo triste en
que se siembran lágrimas ¡Paredón para los traidores! ¡JULIÁN,
JULIÁN! dará árboles de lágrimas
¡Patria o muerte! ¡JULIÁN, JULIÁN! en
un pueblo no perdura sino lo que nace de él ¡Patria o
muerte, venceremos! ¡JULIÁN, JULIÁN! y
no lo que se importa de otro pueblo ¡Que me matan, traidores!
¡JULIÁN, JULIÁN!...
Corrió hacia la silla en el
centro del salón pero tropezó en e! camino. Las voces callaron.
No se atrevió a levantar todo el cuerpo que había caído contra
el vientre. Ayudándose con las manos y las rodillas recorrió el
trecho que le faltaba. Al llegar se sentó en el suelo y empezó a
gemir como niño espantado. Pasaron unos minutos y se puso a
canturrear una canción de cuna mientras se mecía cuidando la
ventana por la que entraba el miedo.
Por eso no pudo darse cuenta
cuando una docena de hombres forzaron la puerta, lo sorprendieron
de espaldas y vaciaron sus armas sobre él. Cayó de bruces sin
tiempo para volverse. Cuando cesó el fuego, uno de ellos, el que
parecía jefe, se adelantó hacia el cadáver y ordenó:
—Avisen a todos que el compañero
Fidel ha muerto a manos de los agentes del imperialismo yanqui y
combatiendo a los enemigos de la revolución. Preparen los
funerales más grandes que ha conocido Cuba. Ahora es un mártir.
Mañana empezamos a ganar la guerra.
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EPÍLOGO
Terminada de imprimir esta obra en el taller de
la Unidad Productora 08 del Instituto del Libro, en La Habana, por la justificada protesta de algunos
miembros del jurado que le otorgó el premio, se ha autorizado su
circulación al incluirse el escrito de los que votaron en contra
de "Julián Pérez. Se reproduce aquí seguido del articulo
que trata del mismo asunto, que apareció recientemente en Verde
Olivo, y de una carta aclaratoria del autor Benjamin Castillo.
CARTA A LA DIRECCIÓN DE LA CASA DE LAS AMÉRICAS
La Habana, 7 de febrero de 1971
Estimada compañera
Como miembros del jurado que otorgó los premios de este
año, hacemos constar nuestra formal protesta por haberse
seleccionado “Julián Pérez” como el mejor cuento de 1970.
Desde el principio nos opusimos y recomendamos fuera descalificada
la obra de Benjamín Castillo por considerarla denigrante para la
Revolución y su máximo líder, Fidel Castro, y sin ningún mérito
literario. Por inexplicable negligencia de algunos compañeros
encargados de distribuir los manuscritos, fueron éstos entregados
antes del juicio preliminar por el que se escoge el grupo más
notable de los trabajos recibidos para el premio. Desgraciadamente
varios miembros del jurado no han sabido descubrir en “Julián Pérez”
la miserable actitud de su autor y el ataque artero que con su
obra realiza contra la Revolución. Se había pedido al jurado, y
así se le comunicó a sus miembros, se considerasen en bien del
crédito de nuestra cultura aun aquellas obras que, alejadas del
proceso revolucionario, ofrecieran valores suficientes en su
composición, estilo y originalidad. Quizás con el deseo de mostrar la tolerancia del gobierno
hacia los escritores y para desacreditar las mentiras y calumnias
que circulan en el extranjero sobre la situación de los
intelectuales de nuestro país, algunos jueces del cuento
escogieron el “Julián Pérez” dejándose sorprender por el
tema. Nunca fue la intención de la CASA quebrar los estrictos
postulados con los que todo revolucionario está comprometido. La
falta de comunicación con unos, la mala interpretación de otros
y la aviesa intención de unos cuantos hizo que, a pesar de
nuestra obstinada oposición, saliera ganadora en el concurso la
obra de Benjamín Castillo. Por respeto al juicio de los que con
el mejor deseo cooperan con nuestra cultura y la defienden contra
los enemigos de Cuba, los directores de este concurso han
autorizado el premio y la publicación del libro, pero por el
derecho irrenunciable que tiene la Revolución de defenderse,
denunciamos ante la opinión pública nacional, como
contrarrevolucionaria, la obra de Benjamín Castillo, y hacemos
constar que sólo por disciplina firmamos el acta en que se premió
“Julián Pérez” y se autorizó su publicación.
Entendemos que este tipo de literatura no puede tolerarse en un país
como el nuestro entregado a la revolución socialista. Todo
relajamiento de los principios que sustentan nuestra sociedad debe
considerarse como una traición; por eso es inadmisible que un
escritor quiera convertir en arte, y disimular en la creación artística,
temas que desnudos de la retórica y de las mañas del oficio son
abiertamente contrarrevolucionarios. Oponer la figura de José
Martí a la de Fidel Castro es una infamia; presentarlos en pugna
ideológica es una burda tergiversación de la verdad histórica.
La Revolución que se inicia en el Moncada es martiana en su
esencia, en tanto que, superadas por el tiempo las concepciones
sociales del mártir de Dos Ríos, propone la liberación del país
y el establecimiento de una sociedad en que prospera el hombre sin
los denigrantes privilegios de una organización clasista. No
hubiera querido Martí ver en su patria otra revolución que la
nuestra ni, trasladado a nuestro momento histórico, hubiera
planteado otras soluciones ni objetivos que los de nuestra
revolución. Hacer que nazca de las palabras de Martí un
movimiento apoyado por una parte del pueblo, que combate y
destruye las conquistas de tantos años de luchas es una
canallada. Poner a Martí como el abanderado de un movimiento
contrarrevolucionario es un sacrilegio. Hace falta estar ciego
para no ver que el pueblo cubano sabe hoy muy bien dónde está la
verdad; es una ofensa hacerlo aparecer entregado, aunque sea en
ficción, a una actividad que pugna con la sinceridad de su
sacrificio y con la alta conciencia revolucionaria a la que ha
llegado. Y, además de una falta de respeto, es imperdonable
cobardía pintar la muerte de Fidel Castro a manos de sus propios
compañeros como fin de un estado y una actitud que todo el mundo
sabe es perfectamente incompatible con la realidad.
Ni aun las más grandes virtudes de estilo ni la
aplicación de las más felices técnicas narrativas pudieran
justificar una obra como “Julián Pérez,” pero ni siquiera méritos
de esa especie hay en este cuento. La narración de Benjamín
Castillo se desarrolla con desesperante lentitud y el autor deja
ver la mayor torpeza en la conducción del diálogo. La
falsificación del estilo de Martí es el fracaso mayor y el más
apropiado castigo para tal atrevimiento, así como los errores que
comete al confundir hechos de la historia. Los episodios, además,
se suceden arbitrariamente y nunca llegan a reflejar ni en el
plano real ni en el poético la circunstancia que los produce. Los
personajes son falsos, muñecos movidos por la ambición de
originalidad que nada dicen al lector. Desde el punto de vista
estrictamente artístico el cuento no es otra cosa que un
muestrario de la incapacidad del escritor y de su falta de dominio
en el género. Desde el punto de vista revolucionario, que es el
que debe interesar por encima de toda otra consideración a los
escritores cubanos, es el mayor atentado que se ha producido
contra la Revolución en el mundo de las letras, y como tal lo
denunciamos desde que de él tuvimos conocimiento y ahora que
dejamos constancia en esta carta de nuestra protesta por habérsele
concedido el premio.
Fraternalmente,
Luisa María Menéndez
Jaime Loriet
____________________
CONSIDERACIONES SOBRE LA LITERATURA Y LA CRITICA
Por Mauricio Segovia
(Este artículo apareció por vez primera en Verde
Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en su
edición de febrero de este año, y fue reproducido en el periódico
Granma, órgano oficial
del Comité Central del Partido Comunista Cubano, en su edición
del día 15)
Con frecuencia se ha comentado la general falta
de conciencia política de muchos de nuestros escritores. No se ha
estudiado a fondo el motivo por el cual nuestra literatura no
refleja la realidad nacional y no hace objeto de su interés la
epopeya del pueblo cubano enfrascado en la más heroica y valiente
lucha que han conocido las tierras de este continente. Alguna vez
escondido tras los fuegos de artificio de un estilo impenetrable y
rebuscado, más propio de un país capitalista con una cultura
decadente y burguesa, otras huyendo al pasado para encontrar temas
que ya no interesan y que están definitivamente agotados,
nuestros escritores se empeñan en malgastar su talento en obras
que nada aportan a la Revolución y algunas veces, diríamos, ni
siquiera la prestigian. Pero el gobierno revolucionario se propuso
desde un principio no interferir con los intelectuales y los
artistas en tanto que respetaran la Revolución. Quedaban así
abiertas a la libre expresión las puertas del arte; pero por ahí
también se empezaron a escapar los débiles y los que no entendían
la profunda transformación social que se realizaba en el país.
Si la obra literaria ha de servir como testimonio de nuestra época,
bien pobre ha de ser la opinión de la historia sobre estos años
en que millones de cubanos se han unido para hacer triunfar su
Revolución. Ni en la poesía, ni en el teatro, ni en las otras
formas literarias, se evidencia la magnitud de la lucha ni la
valentía de todo un pueblo que ha hecho el más noble juramento:
“PATRIA O MUERTE. VENCEREMOS.”
Contra la opinión de algunos que saben muy bien
que ciertos elementos están fatalmente condenados a no poder
incorporarse activamente al proceso, y que por su misma inercia e
indiferencia se convierten poco a poco en sus enemigos, se
recomendó a nuestros escritores el tratamiento de los temas de
actualidad, se les invitó a que participaran más activamente en
las labores revolucionarias para que pudieran llevar a sus obras
la rica experiencia que se vive en Cuba. Considerando que por
falta de la cabal comprensión del proceso algunos evitaban tratar
ciertos asuntos, temiendo que de ese experimento pudiera derivarse
—por la enfermiza sensibilidad de censores incompetentes y burócratas—
criticas que pusieran en duda su honradez, el gobierno les
recomendó, por medio de los organismos responsables, la inclusión
de temas más cercanos a la vida del país, asegurando que tendrían
el respeto de la opinión pública ya madura para enfrentarse con
las diversas vertientes que pueden legítimamente interpretar
nuestra realidad. También por esa puerta se ha adentrado la
traición. Hasta los más preocupados con el qué dirán, los que
miran más la opinión extranjera que nuestros propios intereses,
han reconocido el error de estimular una literatura que pueda
permitirse, desde un gabinete o desde la mesa de trabajo de un
escritor, el poner en duda los objetivos fundamentales del
gobierno. Cuando cientos de miles de cubanos trabajan en los
campos para ganar la batalla decisiva de la producción, unos
cuantos indolentes se atreven en la cómoda quietud de su profesión
hasta a enjuiciar sospechosamente algunos propósitos del
gobierno, haciéndole con el mayor descaro el juego a nuestros
enemigos. Eso es lo que se ha logrado por complacer a unas cuantas
vacas sagradas de la literatura extranjera, que hablan de la
Revolución porque saben que sus pueblos ansían una oportunidad
como la que se ha ganado Cuba, y que quedarían sin lectores, y
por lo tanto sin editoriales, si dejaran ver su falta de
solidaridad con el pueblo cubano. Esos seudorrevolucionarios y
seudointelectuales que no tienen escrúpulos en aceptar de manera
más o menos directa dineros de la CIA, que viven en las capitales
europeas, y también en los Estados Unidos, haciéndose pasar por
espíritus progresistas, que se califican de amigos nuestros para
usufructuar del prestigio de nuestra causa pero que hablan en
privado censurando las decisiones del gobierno revolucionario, ésos,
decimos, quedarán complacidos, porque no sentirán pudor cuando
les pregunten si en Cuba hay o no libertad de expresión.
Para que puedan decir que sí hemos bajado la
guardia, para que esos majaderos e hipócritas puedan andar con Dios
y con el diablo hemos dejado que aquí unos cuantos iguales a
ellos conspiren contra la Revolución. La honestidad, el
sacrificio y el heroísmo del pueblo cubano se han ganado la
admiración y la amistad de los intelectuales de más prestigio en
todo el mundo, de los estudiantes en todas las universidades, de
las clases obreras en todos los países que en todos los frentes
luchan contra el imperialismo. La revolución cubana puede
prescindir de ese puñado de hipócritas que tanto preocupa a
algunos aquí. Ya es hora que aquéllos se arranquen las máscaras
y vayan junto a sus amos, puesto que les falta el valor de andar
junto a sus compatriotas ya empeñados en la guerra decisiva de
liberación.
Los hemos complacido. Este año el concurso de la
Casa de las Américas se ha realizado a su gusto. Se eligieron
jurados no familiarizados con el momento que vive Cuba y ahora
pagamos las consecuencias. Ya tuvimos que padecer un lamentable
incidente con un librito de poesía y una obra de teatro que
sirvieron a la reacción internacional y a los gusanos para
escandalizar y calumniar a nuestro gobierno. Ahora es un cuento.
Ya sobrepasando las ambigüedades y las disimuladas imágenes de
aquel dudoso poeta, y las aproximaciones tan falsas como implícitas
que establecía aquel torpe drama entre situaciones que nada
tienen en común, un escritor ha tenido el descaro de presentar a
concurso una obra despreciable en que deja ver con el mayor
cinismo su posición francamente contrarrevolucionaria. Y eso no
es todo: el jurado le ha concedido el primer premio con derecho a
su publicación. Así, el pueblo, la Revolución, por unos ridículos
e imperdonables escrúpulos, se ve obligado a premiar a un
traidor, porque nada menos que eso es el autor de Julián
Pérez, el delincuente y contrarrevolucionario Benjamín
Castillo.
Ya había molestado a sus compañeros cierta
camaradería con los estudiantes checos emigrados en Londres, con
los que trabó amistad en reciente viaje. Además de su dudosa
conducta personal y sus relaciones con homosexuales ingleses, tuvo
la osadía de censurar la fraternal ayuda brindada por el pueblo
soviético a Checoslovaquia cuando estaba amenazada por las
fuerzas del imperialismo, la Alemania del Oeste y un grupo de
elementos revisionistas dentro del país. Engañado por su ambición
y por la generosidad con que se le trató aquí, este escritor que
en otros momentos parecía defender la Revolución ha abusado de
la tolerancia del gobierno al escribir un cuento repugnante, que
por la misma condición del concurso se ha leído en el
extranjero. Ya expulsado de la Unión de Jóvenes Comunistas y de
la Unión de Escritores y Artistas, Benjamín Castillo debe ser
juzgado e imponérsele el más severo castigo. Con él deben
castigarse, para escarmiento de los que puedan sentirse inclinados
a imitarlo, a todos los que de manera directa son responsables de
este asunto desagradable que tanto mal ha hecho, en particular al
viejo camaján Pedro Gálvez Estrada —cómplice de gobiernos que
en el pasado se caracterizaron por el robo y el gangsterismo—,
quien burlando la confianza en él depositada por el gobierno
revolucionario apuró la entrega a las prensas del Instituto del
Libro y prologó esa obra que con buen juicio condenaban sus compañeros.
Ya es hora que todos los intelectuales y artistas
de Cuba participen de una manera activa en las mismas luchas que
el pueblo. No puede permitirse esa disociación caprichosa de un
sector de la gran familia socialista, porque va sentando un
precedente nocivo para las nuevas generaciones de las que han de
surgir hombres y mujeres que tendrán del arte la misma idea que
del trabajo tiene nuestro pueblo. Hoy toda la nación debe mirar
por los ojos del proceso revolucionario; hoy todo tiene que
hacerse en función de la patria en estado de guerra contra un
enemigo que vigila y aprovecha nuestras debilidades y errores. Es
necesario tener escrúpulos sí, pero con la Revolución y, a la
larga, esa integridad ha de producir un bien superior a la
cultura, porque nos ha de librar de esa plaga peligrosa que
esconde en la libre expresión del artista complejos burgueses y
vicios que nada más que daño pueden hacer a nuestra revolución
socialista que se ha comprometido HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE.
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CARTA DE BENJAMÍN CASTILLO
AL SECRETARIO GENERAL DE LA UNIÓN
DE JÓVENES COMUNISTAS
22 de febrero
Compañero:
Antes de que se inicie el juicio en el que pienso
renunciar a toda defensa, he creído conveniente escribirle esta
carta, como supondrá, no para disculparme, sino con la esperanza
de que lo que aquí pongo en su conocimiento pueda desmentir a los
que ya empiezan a aprovecharse de mi situación para combatir el
gobierno revolucionario. En estos días de vergüenza para mí, al
verme convertido en traidor, sólo me ha confortado pensar que mi
error y mi castigo pueden servir de ejemplo a los que se dejan
llevar por la ambición y anteponen sus intereses a los de la
Revolución. Yo no quiero pensar en lo que pudiera disminuir mi
culpa porque por milagro del infortunado incidente he podido
recuperar la conciencia revolucionaria que sin darme cuenta había
ido perdiendo en el halago de mis éxitos como escritor. Yo creo
que mi deber hoy es encontrar en el castigo que se me imponga, sea
el que sea, no un accidente de mi mala fortuna sino una prueba de
la justicia sólida y necesaria de la Revolución. Yo no tendría
piedad con el acusado, si fuera miembro de un tribunal que juzgara
a un reo que hubiera cometido un delito como el que yo he
cometido; y no por falta de consideración humana, sino porque
creo que no tiene perdón el que frente al espectáculo de nuestra
patria que afirma resueltamente ante el mundo su derecho a la
libertad, se entretiene en satisfacer su capricho en un rapto de
irresponsable frivolidad, y hace por ello, como en mi caso, un daño
que se acrecienta más por la maldad de nuestros enemigos que por
el valor de quien lo realiza. Con estos antecedentes, paso a lo
que si motiva y justifica esta carta, y es el poner en su
conocimiento, tal como he de exponerlas en el juicio, todas las
faltas y mala conducta que me fueron llevando a escribir esa obra
por la que ahora me encuentro en tan merecida como vergonzosa
situación.
A principios de este año, en la última etapa de
nuestro viaje a Europa, conocí en Londres a un joven escritor
inglés que resultó ser muy amigo del novelista checo Alexie
Milavski, exilado en Inglaterra por escribir en contra de la Unión
Soviética, y que censuraba al gobierno cubano su apoyo a la
ocupación de su país por las fuerzas del pacto de Varsovia. Yo
admiraba la obra de Milavski y no supe resistir la tentación de
hacerle una visita con mi amigo, aprovechando algún momento de
los que debía pasar en la redacción de un periódico del partido
comunista de Londres. Me fue muy desagradable la entrevista pues
Milavski, rodeado de un grupo de estudiantes checos, que sin yo
saberlo habían también sido invitados a la entrevista, no salió
del tema político y nada quiso hablar de su obra de escritor que
era lo que allí me había llevado. Mi amigo comprendió la difícil
situación en que me encontraba y pudo disculparme para hacer lo más
breve aquella visita. Luego supe que Milavski recibía dinero de
la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos y que tenía
instrucciones de convencerme, y quizá sobornarme, para que
desertara y permaneciera en Londres. Yo no me di cuenta a tiempo
de la trampa que se me preparaba pues no sabía bien el idioma y
siempre se me hablaba de la conveniencia para mi carrera de vivir
en Inglaterra. En aquellos días se discutió mucho en Londres el
juicio seguido a dos intelectuales soviéticos que censuraron la
actitud de su gobierno por la cuestión checa, y mi amigo me
insistía en la necesidad de superar la excesiva vigilancia a que
someten a los escritores en países como Cuba. Para él, me dijo,
ya no tenía ningún valor, ni para los críticos europeos, la
literatura que hasta entonces me había interesado: la obra
comprometida con los mismos intereses de la revolución cubana. Yo
logré rebatir todos sus argumentos y cuando llegó el día del
regreso me di cuenta del peligro que había corrido, pero me sentí
tranquilo cuando rodeado de otros compañeros tomamos el avión
para Cuba. En la conversación con Milavski se me preguntó si había
leído el cuento en que Marx llegaba a la República Federal
Alemana y se sorprendía con los acontecimientos y la distorsión
de sus postulados por un gobierno que se llamaba marxista; algo
como lo que habla hecho Dostoievsky en Los
hermanos Karamasov con
Cristo y el Inquisidor de Sevilla. Mi amigo me pidió que pensara
en ese tema: presentar un patriota cubano en pugna con Fidel
Castro para poner en evidencia los defectos del gobierno cubano.
Yo siempre le argumentaba que nuestro más grande hombre histórico
en nada podía chocar con Fidel puesto que éste representaba la
concreción del mismo ideario. La idea, sin embargo, me pareció
interesante. Al llegar a la Habana me leí un par de biografías
de Martí y me familiaricé más con su obra. Yo no vi nada que
pugnara en su esencia con la Revolución. Mi amigo en Inglaterra
se atrevió a decir a Milavski que yo estaba escribiendo un cuento
sobre ese tema y se mostró muy interesado, según me decía en
sus cartas, en el desarrollo de mi proyecto. Me hacía gracia que
Milavski se ilusionara con un cuento que no iba a salir como él
quería. Pero me puse a trabajar y la cosa no resultaba como yo
había pensado; ahora comprendo que sin darme cuenta yo escribía
para complacer a Milavski y a aquel inglés, y que el cuento no se
podría publicar así. Tuve la debilidad de enviar el manuscrito a
Londres y me propusieron publicarlo en España o en Milán con un
seudónimo; yo le rogué al editor italiano interesado que lo
destruyera. Fue entonces que dos compañeros me pidieron un cuento
para el concurso de este año; en 1969 había gustado una narración
mía y quizás podría ganar ahora el premio. Yo no tenía nada
escrito después de mi viaje, excepción de “Julián Pérez.”
Me puse a trabajar sobre otros temas pero nada bueno me salió; me
obsesionaba la idea de aquel cuento. Muy cerca del último día
para presentar las obras, les conté a los compañeros que me habían
visitado la historia de “Julián Pérez.” Les presté la última
versión y quedaron entusiasmados porque en el fondo son enemigos
de la Revolución, ya que ese trabajo mío, a quien único puede
interesar, por más vueltas que se le dé y por más que se
disimule, es a los contra-revolucionarios. Por ellos supe que en
el concurso se estaban aceptando obras con mucha más liberalidad
que antes; me hablaron de un drama en el que se denunciaba el
dogmatismo de algunas figuras importantes del gobierno y que no se
le había puesto reparo de ninguna clase; se quería, me dijeron,
dar una impresión más favorable en el extranjero. Pensé en mi
amigo de Inglaterra y me pareció que quedaría muy mal si supiera
que mi cuento había sido aceptado en el concurso: lo que él
consideraba contra-revolucionario y que merecía publicación
clandestina se leería en Cuba sin dificultad; así vería de una
vez por todas que la situación de los escritores en Cuba no era
tan precaria como a él se la hacían ver. Todo esto no debe
esconder la intención con la que di los últimos retoques a
“Julián Pérez” y me dispuse a presentarlo. Pensé también
que quizás se formaría un grave escándalo, pero me complacía,
no sé por qué con tanta fuerza, la posible burla. El final ya se
sabe: manos poco escrupulosas hicieron todo lo posible para que la
maldad trascendiera. A algunos les gustó aquella idea absurda,
aquella traición mal disimulada, y aprovechándose cobardemente
de mi irresponsabilidad le dieron el premio.
Hace algunos años, cuando comenzaba mi carrera
literaria, mi único sueño era servir a la Revolución. Por eso
siempre censuré a todos los que negaban su concurso a la
edificación revolucionaria, a aquellos escritores enamorados de
su papel anticonformista que no entendían la nueva misión que le
corresponde al intelectual en nuestra patria. Creí vanamente que
mi juventud y mi origen humilde nunca me permitirían asumir esa
postura escéptica tan oportuna en el escritor liberal en una
sociedad capitalista. Me equivoqué: todo artista lleva dentro el
peligroso enemigo de su individualismo y de sus ambiciones
personales. La posición de rebeldía es un camino seguro porque
ha sido fuente de prestigio en muchas ocasiones, pero cuando las
circunstancias exigen la renuncia de esas actitudes, al
desaparecer las causas de la noble desobediencia, quien persiste
en ellas invierte los valores de sus actos y pasa de soldado de
avanzada a enemigo en la retaguardia, de héroe a traidor. Yo
escribí “Julián Pérez” confundiendo la valiente actitud de
ciertos escritores en otras sociedades con la cobarde de algunos
en los países socialistas que temen perder su notoriedad al
integrarse a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico.
¿Por qué la Revolución ha de tener reserva en prohibir obras
como ésta, en perseguir y castigar al escritor que sin el menor
respeto juega con temas que desprestigian al gobierno? ¿Puede
haber disculpa para quien hace objeto de burla a la Revolución y
a su máximo líder Fidel Castro, por complacer el mal gusto de la
crítica extranjera hambrienta de sensacionalismo y de espaldas a
la lucha contra los capitalistas y militares que desde el Vietnam
hasta el Brasil evidencia los esfuerzos heroicos de liberación
popular? ¿Con qué derecho se me puede hacer aparecer ahora como
víctima de la Revolución, yo que he sido sólo víctima de mí
mismo? ¿No es ridículo ese escrito que han presentado algunos
escritores y poetas extranjeros ante organizaciones, dicen que de
intelectuales, protestando al gobierno cubano por mi
encarcelamiento? No yo, cien escritores, mil, todos los escritores
del mundo y todas sus lenguas no valen lo que nuestra revolución
cargada de mártires y de victorias. No, yo no tengo nada de que
quejarme de la Revolución. Yo me quejo y acuso a los agentes de
los EEUU y a sus lacayos que van por el mundo sembrando cizaña,
comprando conciencias y fomentando ambiciones para hacer daño a
nuestra revolución socialista. Yo desprecio desde lo más
profundo de mi ser a todos los que hoy se solidarizan con mi
delito y en nombre de los derechos humanos se interesan por mi
suerte. Yo los desprecio porque nunca los vi tan conmovidos por el
destino de la humanidad como hoy por el destino de un delincuente.
Y para que no quede duda en esas mentes
suspicaces que todo lo ven a través del prisma de su miseria
moral, para todos los que no comprenden cómo la revolución
cubana llega a enajenar la voluntad de los que tienen el buen
juicio de no apartarse de ella, hago constar que esta carta no es
un acto de contrición política, la escribo con propia mano y
decisión y sin el menor deseo de que por ella se mejore mi
suerte. Por no saber cumplir en una oportunidad con mi deber nadie
me puede quitar el derecho a sentir lo que hoy siento, ni a
aplaudir el celo revolucionario de las autoridades y de mis
antiguos compañeros, que si bien hoy debo padecer su rigor sé
que es la única garantía para asegurar y perpetuar el estado
socialista que a tantos ha sacado de la miseria, de la ignominia y
de la servidumbre, y que sirve de ejemplo a otros países que podrán
encontrar en nuestra revolución una norma de conducta para
alcanzar la liberación de sus pueblos. ¡Patria o Muerte!
Benjamín Castillo
Dos días después de publicada esta carta al
Secretario General de la Unión de Jóvenes Comunistas, Benjamín
Castillo se cortó las venas de los brazos. En la pared del
calabozo dibujó con letras mayúsculas “VIVA JULIÁN PÉREZ”;
y al pie de su último escrito se echó a morir para que su cuerpo
sirviera de firma al tosco y breve testamento.
FIN
COLOFÓN
Este
cuento,
Julián Pérez por Benjamín Castillo,
escrito por Carlos Ripoll,
se terminó de imprimir en marzo de 1970,
por Las Américas Publishing Company,
152 East 23rd Street, New York
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