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EL
LIDERAZGO DE MARTÍ
Como anuncia su título, este libro de C. Neale
Ronning, José Martí and the
Emigré Colony of Key West. Leadership and State Foundation,
trata de los trabajos de Martí por la independencia de Cuba y de su
proyecto para el futuro del país, y quiere destacar los medios de
que se valió para unir y dirigir a los cubanos. El éxito de su
gestión política fue el resultado, según aquí se dice, de la
importancia que daba el líder a los problemas sociales y a su
promesa sobre cómo se iban a resolver en la República.
C. Neale Ronning hubiera podido ofrecer una visión más
completa nutriendo su análisis con dos libros que no menciona; el
de Ramón Infiesta, El
pensamiento político de Martí (1953) y el de Leonardo Griñán
Peralta, Martí, líder político (1953). No hubieran quedado tan disminuidas
las otras causas de su triunfo: el patriotismo, la virtud y el
talento; la ternura de su apostolado, su tolerancia y su desinterés.
Otros cubanos de entonces dieron mayor relieve que él a los
problemas sociales y muy pocos les hicieron caso, y hoy casi ni los
recuerda la historia. “Hay enfermedades sociales”, dijo Martí
en 1890, “que el médico no ha de irritar, si les busca la cura,
sino conllevar, y tratar con sabio engaño, como a los locos”. Y
hablaba nada menos que del problema negro en los Estados Unidos y de
la campaña de amorosa resolución --como la que él prefería para
los problemas sociales de Cuba-- emprendida por el periodista sureño
Henry Grady.
También se puede lamentar que este libro, ante
materia tan amplia y compleja, haya limitado las citas de Martí,
casi con exclusividad, a los cuatro primeros tomos de la Obras Completas (1963-1973), privando al lector de datos pertinentes
que se encuentran dispersos en los otros veinticuatro de esa colección.
Aunque lo biográfico aparece aquí apoyado en trabajos serios de
diversas épocas (Castellanos, Deulofeu, Gray, Mañach, Márquez
Sterling, Poyo y Trujillo), por estar reducido el análisis al este
escenario de Cayo Hueso, Ronning no llega a ofrecer cabal la imagen
del hombre, tan necesaria para entender al político: su formación
y viajes, las relaciones con su familia, las avenencias y disgustos
con sus amigos, sus labores profesionales.
Martí es la concreción del pensamiento cubano después
de los fracasos de la Guerra Grande (1868-1878) y de la Guerra
Chiquita (1880). Aunque con voluntad de elogio, es injusto no dar
importancia a los patriotas anteriores a él. A nadie más que a
Martí le disgustaría ver apreciada su obra sin el reconocimiento
de quienes lo precedieron. El libro de Ronning no destaca los
antecedentes del liderazgo martiano. La unidad que él logró ya
apunta en el Manifiesto del Comité Revolucionario de Nueva York,
creado por Calixto García al terminar la Guerra de los Diez Años.
Tanto había contribuido a los desastres cubanos la falta de unidad,
que era natural que los dirigentes dedicaran sus esfuerzos mejores
para lograrla: entre 1882 y 1885 Fernando Figueredo dictó una serie
de conferencia en Cayo Hueso (luego recogidas en el libro La
Revolución de Yara),
que daban el necesario relieve a los males que había producido la
desunión de sus compatriotas. En cuanto a resolver el vacío ideológico
de los conspiradores, Eusebio Hernández, desde Honduras, le escribía
en 1883 a Antonio Maceo: “Organización es lo que nos falta, y
para organizar se necesita unidad de acción y de pensamiento. Pero
como es preciso pensar primero para después obrar, resulta que ante
todo está la unidad de pensamiento”. Pero esa unidad de
pensamiento” exigía tener en cuenta, entre otros, los problemas
sociales que la impedían, y por eso Maceo le escribió al Dr.
Manuel M. Moreno, residente en el Cayo: “El reloj de los tiempos,
señalando la época de las soluciones, nos anuncia el día de
nuestra redención política y social”.
La unidad tan buscada requería un programa que la
explicara y un órgano rector que le diera fundamento, y el propio
Maceo le escribió en 1886 a José A. Rodríguez, entonces en Nueva
York, una carta que anunciaba ideas de Martí: proponía crear un
“Partido Independiente” donde habrían de caber “todos los
hombres, cualquiera que sea su modo de pensar y el juicio que formen
de las cosas”, el cual, por “votación libérrima” habría de
elegir “una genuina representación” para que “dirija”,
dice, “la opinión” de los emigrados. Por último, el plan para
que el grupo dirigente en el extranjero pudiera servir de “base
para la futura organización de un gobierno provisional en Cuba”,
fue de Máximo Gómez, por la “Junta Gubernativa” que
recomendaba su “Programa de San Pedro Sula”, en 1884, aún muy
lejos, desde luego, de la justificada aprensión de Martí por la
dictadura militar.
Buena parte, pues de lo que se necesitaba para
organizar la guerra, estaba listo: no por congraciarse con sus huéspedes,
sino porque era verdad, al ingresar Martí en la Liga Patriótica
Cubana, de Tampa, en 1891, dijo que allí “todo estaba hecho”.
Para un escritor extranjero era fácil, antes de
1959, confundirse con la interpretación del Martí pacato y burgués
que algunas veces se prefería en Cuba: ahora le es difícil no caer
en las trampas marxistas de los que quieren presentarlo como un
heraldo del régimen de La Habana. Ronning ha sabido sortear con
fortuna tales escollos de la bibliografía martiana, y por eso también
merece reconocimiento, como por la claridad de exposición en su
libro y por el aprecio de su tema. Aunque todo esté dicho, advirtió
Martí, “las cosas cada vez que son sinceras, son nuevas:
confirmar es crear”.
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